La bola

Medellín visto por sus escritores
La bola
Paloma Pérez Sastre


En los años 60 mi familia vivió en un apartamento en la Plazuela San Ignacio, frente al conjunto arquitectónico del siglo 19, conformado por el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, la iglesia y el claustro de San Ignacio. Casi todo estaba cerca, el colegio, los hilos y las telas de mi mamá, el teatro, los alumbrados… Pero lo mejor era que bastaba cruzar Ayacucho para llegar a la oficina de mi papá: un caserón con patios, fuente y baño de inmersión; una gozada de aire y espacio que contrastaba con la lobreguez de la vivienda.

Balaguer & Cía. Ltda. se llamaba la empresa distribuidora de productos importados. Shulton, Old Spice, Mexana, Pons y pastillas Penetro eran algunas de las marcas que impregnaban de aromas esa casa en la que yo, prácticamente, vivía.

Hace poco, mirando un folleto de la colección de réplicas en miniatura de carros viejos, una camioneta Chevrolet 1954 llenó todo mi campo imaginario y emocional. Era lo que se llamaba “una bola”, el mismo vehículo de las patrullas de Policía; entonces, no se decía “llegó la policía” sino “llegó la bola”. La de la oficina estaba pintada de naranja chillón con avisos publicitarios dibujados con primor a ambos lados. Un medallón con el retrato de una mujer parecida a María Félix promocionaba una brillantina: “Moroline, líquida o sólida, revela la belleza oculta de su cabello”.

Estuvo con nosotros veinte años, y es el escenario del recuerdo más arcaico de mi historia: estoy en brazos y, de repente, con gesto nervioso, me ponen en la concavidad destinada a los pies del pasajero del lado del chofer. Luego sabría: se trataba de la revuelta por la caída de Rojas Pinilla. Íbamos por La Playa y, en medio de la confusión, chocamos con el carro de adelante, con tan mala suerte que un hombre resultó atrapado entre los dos guardachoques y se fracturó las piernas.

En ella mercábamos en El Pedrero y paseábamos los domingos. Era un lugar rodante en el que yo recorría el Valle de Aburrá acompañando a los empleados en la entrega de pedidos los sábados y en vacaciones. Cuando nos pasamos para La América, participaba desde la silla de atrás en la ininterrumpida conversación de mi papá y Rosendo, el conductor. Ahí nació mi gusto por adivinar marcas y modelos de autos y la afición por la Sonora Matancera.

Rosendo andaba a veinte kilómetros por hora. Mi mamá dice que con él “estuvimos a punto de perder la noción del tiempo”. Y pensar que, desde el estreno de las fotomultas, me parece que a sesenta voy muy despacio.

Paloma Pérez Sastre, escritora, profesora U de A. Vive y trabaja en Medellín. Texto: “La bola”. Fecha: 2011. Fotógrafo: Harold Sandoval. s.f.