Julio Posada

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Hace poco menos de una década, gracias a los oficios del cronista Pascual Gaviria, Julio Posada me recibió en la oficina que el periódico Vivir en El Poblado tenía a la vuelta del Parque Lleras. Yo pretendía ofrecer mi pluma de columnista sin tener otra experiencia que una página de Word con tres párrafos sobre vagabundos. No obstante, todo salió de perlas: lejos de la tensión que enrarece las relaciones entre quien puede pagar unos honorarios y quien quiere ganarlos, la entrevista fue una amena conversación sobre cualquier cosa, y a su término no solo había conseguido la inclusión en las páginas del periódico sino que había comprobado la exactitud de una frase de Pascual sobre el director: “El hombre es querido”.
La verdad es que, bien hechas las cuentas, debí tener más conversaciones con Julio a lo largo de estos años. Pero con él ocurría algo que solo explica un refrán de viejas: “Es más fácil coger un rayo de la cola”. Usualmente estaba atendiendo a otra persona en vivo o a través del teléfono, o algún compromiso lo había arrancado de la oficina. Sin embargo, cuando uno lograba dar en el blanco sabía que tenía a su disposición todo el tiempo de su interlocutor: una vez arrancaba la conversación, Posada se entregaba generosamente, y prestaba escaso interés a los rugidos del teléfono y los papelitos de sus angustiadas secretarias. Nunca vi en él la intención de sembrar el punto final, y es a mí a quien le queda la mala conciencia de haber cortado, por diligencias aplazables, vigorosas charlas en que descabezábamos títeres o intercambiábamos recuerdos semi nostálgicos de ciudadanos jóvenes.
No me engaño si pienso que tuve a Julio Posada entre mis más fieles lectores. Cuando, en diligencias de cuenta de cobro, me cruzaba con él en la sede del periódico, solía ofrecerme regocijadas reseñas de mis columnas en que, invariablemente, brillaba la complicidad. Hará cosa de un lustro que, por el mucho trabajo o la simple abulia, dejé pasar en blanco cinco ediciones del periódico; entonces Julio me “desenterró” de mi remota buhardilla universitaria y, tras una larga homilía de lector vicioso en pos de la nueva entrega de un folletín —más que de empresario celoso pasando revista a sus proyectos—, me convenció de ponerme otra vez frente al teclado. No abandonó su actitud de compinche ni siquiera la única vez que censuró una de mis frases: ante la ironía destemplada que dediqué a uno de los grandes anunciantes de Vivir en El Poblado, el director atribuyó toda la culpa de su decisión a quienes, en general, no saben leer periódicos y toman como pensamientos del editor las ocurrencias de los columnistas.
Entre las cosas que más aprecié de Julio Posada está la graciosa honestidad con que se declaraba enemigo de lugares comunes y frases hechas. Sobre todo recuerdo la vez que me compartió su opinión sobre aquel estribillo de que “nuestra sociedad ha perdido sus valores”; con su redonda expresión tranquila, tras el preludio de pequeñas frases entrecortadas que le eran características, dijo: “Cuando oigo eso no entiendo qué fue lo que se perdió ni quién lo dejó perder”. Doy por descontado que también tenía salidas agudas para tonterías del tipo “Maluco también es bueno”, “Perder es ganar un poco” y, por supuesto, discursos mucho más complejos del alegato social. Un columnista difícilmente podría encontrar un nicho idiosincrásico más provechoso para criarse en el oficio.
Como la única cosa más corta que la vida es una columna, es forzoso relegar muchas cosas por decir al limbo de los párrafos no escritos. Dejo un sentido agradecimiento a quien hizo posible buena parte de las páginas de mi anónima carrera literaria. Son pocos los que, sin exigir fidelidad a credos o colores específicos, abren las puertas de su casa y dejan que uno haga pereza en el sofá y coja sin recato los jarrones.

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