José Ignacio Vélez

José Ignacio Vélez
El objeto utilitario está ligado al espíritu, a la vida, a la cultura de los pueblos

Lo llamé por teléfono al llegar a El Carmen para que me indicara el camino de su casa. Me dijo que tomara la vía de El Canadá, que va hasta La Ceja, y que no me desviara; él me estaría esperando en algún lugar al borde de la carretera, luego iríamos hasta su casa en la vereda El Cerro. Lo vi de lejos: alto, delgado, firme, como los nativos del Golfo de Morrosquillo cuando palanquean en sus canoas, un arte en el que es experto, me lo dijo más tarde. No imaginé, en ese momento, que el encuentro con José Ignacio Vélez, el pintor, dibujante, diseñador y alfarero, el oficio que ama, me iba a llevar por los senderos del arte, la expresión, los materiales, hasta donde me llevó.
Su taller, donde pasa la mayor parte del día, desborda de proyectos y de historias. Temo haberlo interrumpido pero mi presencia no le molesta, trabaja en el homenaje –esculturas en arcillas de distintos colores y densidades– a su profesor Luis Fernando Mejía. “Luis gozaba con la figura humana”, dice. “Era un experto dibujante que gozaba poniendo cajas, canastas, jaulas, encima de sus personajes. Era el placer de la experiencia visual, de la fuerza del gesto, de la belleza del dibujo. Él ponía cajas y jaulas, yo voy a agregar a los personajes los objetos que amo, botellas, pocillos y objetos de uso habitual”.
José Ignacio continúa con su trabajo. La escultura, la tercera de la serie, gira entre él y yo a medida que pule, hace cortes, inserta arcilla de otro color, golpea con un mazo pequeño de madera, pule de nuevo. Tiene la destreza de alguien que ha pasado la vida en contacto con los materiales. Se lo pregunto. Me habla entonces de sus encuentros, de niño, con los nativos del Golfo de Morrosquillo, sobre todo con Santiago Zúñiga, tallador de totumos y, Primitivo, tallador de canoas con herramientas fabricadas por él. José Ignacio se emociona viéndolos trabajar, siente que ese es su mundo y a fuerza de machucones y cortadas aprende a manejar el machete, el hacha, el formón y todas las herramientas que su padre tenía y también manejaba con destreza. En aquellos años aprendió a palanquear la canoa en las aguas tranquilas del Golfo y descubrió su habilidad para el dibujo y la pintura. “Dibujaba todo el día”, cuenta mientras perfecciona la escultura; “mi madre pintaba al óleo y entonces yo tenía a mi disposición lienzos, pinceles, lápices”.
“Los profesores son cuestión de suerte”, agrega. “Profesores como Luis Fernando Mejía; o Aníbal Gil, que se sentaba en la sala de su casa a mirar mis dibujos cuando yo tenía once años; o Gustavo Jaramillo, que me dijo cuando me recibió a dibujar de catorce años ‘aquí están estas Playboy: mire buenas fotografías, mire luz, mire sombra, mire composición y dibuje. No mire más’”.
“Ya en la Universidad, con Patricia, mi esposa, la madre de María y Amelia, nuestras hijas, hicimos una tesis sobre el objeto espontáneo, de uso, el objeto del hombre que necesita hacer su colador y la mujer que necesita hacer su silla. En aquellos años, sabíamos que el contacto con Santiago y Primitivo, que me había alimentado de manera tan especial, era algo que no íbamos a encontrar en la Universidad ni en los espacios urbanos, era algo con otro sabor. Fue entonces cuando viajamos a Italia, Patricia a estudiar tejido y yo cerámica en Porta Romana, una reconocida escuela florentina. Un año después pasamos a “La Casa de los Picos”, en Segovia. Fueron años de grandes influencias, de maestros como los hermanos Cipolla, Stefano y Salvatore, o referentes como Nino Caruso. Fue una época de acercamiento a la obra de Giorgio Morandi; y la época también en que Arcadio Blasco me hizo ver -continúa José Ignacio-, que era posible crear una obra y dejarla tranquila, sin pensar en la necesidad de venderla; con Arcadio entendí que también es posible hacer teteras y jarras y venderlas si están bien hechas”.
Entonces regresan a Colombia y todo lo aprendido, lo experimentado y lo soñado comienza a tomar forma. Artesanías de Colombia les propone trabajar en un proyecto que adelanta en El Carmen de Viboral, aceptan, y desde 1985 viven en la región, en familia y en el campo, como quisieron desde siempre, haciendo lo que les gusta, trabajando con la gente, en contacto con las comunidades, investigando el objeto de uso, el objeto utilitario, el objeto que por su sencillez guarda en su interior los significados más profundos.
Mientras José Ignacio agrega, gira, trabaja la escultura homenaje a su profesor y recuerda el camino recorrido, el alfarero que descubrió en él a los doce años en Bellas Artes, cuando tuvo un pedazo de barro en sus manos y sintió una energía distinta recorrer su cuerpo, es hoy un artista, quizá en el momento más creativo de su carrera.