¡Un antropólogo para Palacio!

  Por: Juan Carlos Orrego  
 
Con monotonía insufrible, los Presidentes de nuestro país se repiten en las profesiones de abogado o economista, y parecen de cuento de hadas aquellos tiempos en que el primer cargo del país era ocupado por un maestro o un escritor; es inimaginable, por ejemplo, que Gabriel García Márquez o Fernando Vallejo puedan acomodarse en el Palacio de Nariño, por más que el uno parezca una promesa de integración latinoamericana y el otro tenga madera de tirano. Eso sí, es un poco más probable -solo un poco- que un antropólogo sea nuestro mandatario, habida cuenta de que hace década y media mi colega Vera Grabe fue candidata vicepresidencial; y lo digo con melancolía, ahora que los alegatos entre los indígenas y el Estado han puesto en evidencia que a nuestro Presidente le hace falta reforzar algunas lecciones de ciencias sociales.
Tres deslices de lesa antropología he guardado en el balance del antioqueño que rige nuestros destinos. El primero, la verdad, no se relaciona específicamente con las reuniones frustradas y marchas de las últimas semanas, y tiene que ver con un juicio general sobre costumbres ancestrales: interrogado por el hijo del ilustre Mario Vargas Llosa acerca del consumo indígena de hoja de coca, el Presidente asumió una vez más aquella compostura catequística que tanto le gusta y, mientras levantaba un dedo admonitorio, dijo que tras la convencional idea de la tradición se escondía la destrucción de incontables familias. Creerá el gobernante que los indígenas han jugado a la ruleta rusa durante los muchos siglos en que han hecho uso ritual de la coca, y le parecerá que la planta puede subyugar los corazones nativos con la misma lógica maléfica que lo hizo el alcohol traído por los colonizadores. Sin embargo, los vicios de nuestra civilización distan de ser universales (y los antropólogos lo saben desde hace más de un siglo).
Otro día supe que, con la idea de justificar el cambio de las reglas del juego en el uso de la tierra -ahora se habla de un sinfín de estatutos, códigos y leyes que convierten la posesión del suelo en un misterio indescifrable-, el mandatario acudió a cifras del Dane de acuerdo con las cuales allí, en las comarcas indias, la proporción de metros cúbicos por cabeza es holgada y digna de un país de Jauja a salvo del hambre. Pero las cifras son taimadas, y con mayor razón si tienen el sello del Dane, desde el cual se ha querido rebajar nuestro vergonzoso índice de desempleo con base en cambios de fórmulas matemáticas. Además, no se habita la tierra sólo para sembrarla o plantar cercas: es propio del hombre la expansión, y es su derecho disfrutar de un paisaje amplio en que las estrecheces no lo pongan cara a cara con su miseria. Pero la lección también es vieja: los estudiosos de lo humano supieron hace mucho tiempo que el hombre necesita la tierra para algo más que para arrancar de ella lo que le llenará el estómago.
Finalmente, el Presidente y sus colaboradores arribaron al consabido estribillo de que las protestas indígenas reciben el secreto aliento de la guerrilla. Que yo sepa, desde hace 500 años se vienen presentando tales revueltas, y con el genuino combustible de la sola frustración indígena. ¿Ignorará el Señor del Palacio de Nariño que en el siglo 18 los indios se levantaron en los Andes peruanos y en las breñas pastusas contra las arbitrariedades de la administración española, y ello sin la cualificada asesoría de ningún conspirador profesional? Desde que Colón se asomó a este continente, ser indio ha sido lo mismo que sangrar y llorar, y no puede ser menos natural que se levante para quejarse.
Sugiero que se suprima algún cargo de comisionado o viceministro y se abra la plaza de antropólogo palaciego. No faltarán hojas de vida de donde escoger, y las finanzas públicas no se descuadrarán con el austero sueldo que se acostumbra pagar a mis colegas.

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