Is the glass half empty or half full?

 
 
 
Is the glass half empty or half full?
 
 Un objeto o un detalle que por años han pasado inadvertidos, se convierten repentinamente en catalizadores de experiencias y pueden adquirir una posición central en nuestra vida 
   
 
 
 *Por Carlos Arturo Fernández U., miembro del Grupo de Investigación en Teoría e Historia del Arte en Colombia, de la Universidad de Antioquia. Profesor de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. 
 
 
 
Por Carlos Arturo Fernández U.
 
 La memoria es el tejido básico de la existencia y de todas las formas de creación y de producción humanas. Ya lo creían los griegos que la veían como la madre de las musas, es decir, de las ciencias, de las artes, de la poesía y de la historia; y con frecuencia aquellas diosas inspiradoras eran identificadas con el nombre genérico de “recuerdos”, lo que significa que la memoria no es una forma de estructuración abstracta y metafísica sino el reconocimiento de una trama vital. Creo que somos memoria y que todas las manifestaciones culturales, empezando por las artes visuales, son, en el fondo, manojos de recuerdos que, directa o indirectamente, de forma consciente o no, entrega el artista.
Aníbal Vallejo (Medellín, 1975) construye su obra a partir de recuerdos. “Is the glass half empty or half full?” es el nombre de una amplia serie que presentó en el Museo El Castillo en 2008, y es el mismo nombre que en la colección del MAMM recibe la obra donada por el artista. “Is the glass half empty or half full?”, de 2007, es una pintura en acrílico y bordado sobre tela, de 145 por 100 centímetros que, como toda la serie, hace patente la forma aleatoria como, con base en memorias, se construye la vida humana.
Nos movemos aquí en una especie de monólogo interior, como los desarrollados en el terreno literario, que no está sometido a una lógica racional y donde las cosas no tienen un significado evidente e incuestionable. La memoria no existe como un eterno presente sino que se activa en oleadas, a partir de detalles que muchas veces operan de manera fortuita. De hecho, como en la obra de Aníbal Vallejo, un objeto o un detalle que por años han pasado inadvertidos, se convierten repentinamente en catalizadores de experiencias y pueden adquirir una posición central en nuestra vida. Pero seguramente nada tiene una sola cara y, por eso, los recuerdos despiertan casi siempre, de manera simultánea, alegrías y terrores, que dependen de nosotros más que de las cosas externas, porque jamás sabemos si el vaso estaba medio vacío o medio lleno.
La pintura, en acrílicos planos, crea un ambiente de orden y de fácil reposo que, como ha indicado a veces el artista, recuerda las obras de David Hockney. Pero frente a ello, la careta que oculta el rostro del niño genera una sensación incierta. Y este anonimato de los rostros, que se repite casi siempre en los trabajos de Aníbal Vallejo, abre espacio a la duda, porque, en último término, no sabemos qué pasa realmente con las experiencias de las personas ni por cuál camino pueden guiarlas sus recuerdos.
Como es claro, un aspecto fundamental de la eficacia de estas obras está dado por la introducción de los bordados, con un aporte formal de trazo, de dibujo, de color y de textura. Pero, quizá, también estos bordados pueden leerse como la imagen de la trama vital que por medio de la obra, encarnación y presencia de memorias, va tejiendo el artista frente a nosotros.

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Hasta el 16 de abril, en el Museo Universitario de la Universidad de Antioquia puede visitarse la muestra “Código abierto”. De manera especial, conviene llamar la atención al espacio “Arte + acción + sanación” donde se presentan dos obras de Joseph Beuys y de María Teresa Hincapié, no expuestas antes entre nosotros.