¡Quitarlos o inaugurarlos!

 Por: Juan Carlos Franco
Uno de los primeros temas a los que se refirió esta columna, por allá a comienzos de 2006, fue el de los 19 muy mal llamados “reductores de velocidad” de la Loma de los Balsos, arriba de la Transversal Superior. Argumentábamos en ese entonces que era la peor obra de ingeniería de que se tuviera noticia en Medellín: Costosa, inútil, redundante, destructora de automóviles, generadora de ruido 24 horas al día, y para colmo, en lugar reducir la velocidad ¡los conductores la aumentan!
Cada cierto tiempo aparece de nuevo el tema, especialmente en este periódico. La gente se queja y se queja pero nada pasa. Bueno, de acuerdo, pasan los años y los reductores (o mejor, “resonadores”) siguen ahí, cada día más eficaces en su labor de destruir automóviles. Pasan las administraciones municipales, pasan los concejos de Medellín, pasan las JAL de El Poblado y ahí siguen. Y seguirán hasta que alguien tome la iniciativa y lidere una solución.
Quiero retomar con fuerza el tema para ver si de una buena vez nos organizamos y rechazamos de manera categórica semejante esperpento, toda una afrenta del municipio a sus ciudadanos, además de un insulto a nuestra inteligencia. A ver si finalmente logramos conmover a la nueva administración municipal y en día no muy lejano nos resuelven el vergonzoso asuntito. O ya que está de moda, ¿acaso nos tocará convocar una marcha por Facebook llamada “No a los Resonadores”?
Para que la población de Medellín pueda subir y bajar de la vía a Las Palmas sin desbaratar poco a poco sus vehículos y sin afectar a las viviendas, oficinas e instituciones educativas (guarderías, sobretodo) ubicadas a lo largo de la loma con un molestísimo ruido que termina siendo la peor de las contaminaciones.
Está claro que demoler los resonadores (prohibido seguir llamándolos “reductores”) y volver a poner pavimento para volver al estado original sería aún más costoso de lo que fue construirlos: Parece ser un concreto de muy alta resistencia. Entonces queda la opción de simplemente cubrirlos con pavimento, sin destruirlos, formando unos como “policías acostados” muy suaves y tendidos, casi insignificantes, que permitan a un vehículo bajar a velocidad moderada y sin tener que frenar cada 30 metros.
Y, tal vez aún más importante, que también hagan reducir la velocidad de los vehículos que suben. Hay que ver las velocidades que ciertas camionetas alcanzan subiendo.
Si finalmente, que es lo más probable, ninguna autoridad se apersona del tema y nos tendremos que aguantar este portento de la ingeniería nacional por las próximas décadas, entonces hagamos lo que se hace en este país con toda obra que se respete: ¡Inaugurémosla! Que vengan pronto autoridades civiles, eclesiásticas y militares y cortemos la cinta con orgullo. Y a lo mejor se convierte en atracción turística, quién quita que podamos cobrar a los visitantes por conocer y experimentar este monumento a la mediocridad, obra única jamás vista en otras latitudes.
Ah, por supuesto, y así como se bautizan tantos puentes y vías principales, no nos quedaríamos atrás: Tanto arriba como abajo de la loma mandaríamos instalar unas sobrias placas honrando con elegante caligrafía a un reciente exalcalde antecesor de Fajardo bajo cuya administración se planificó y ejecutó la obra y sin cuya nunca bien ponderada visión de futuro nos habríamos privado de una obra de esta naturaleza.

franco.jc@vivirenelpoblado.com