¿Qué quiere que le responda?

     Por: Olga Clemencia Villegas de Estrada 
     
    Exceptuando asuntos legales, médicos o personales, no veo por qué a los demás les interesa tanto el tema de la edad ajena. Yo estoy muy contenta con los años que tengo, pero me parece innecesario andar por ahí respondiendo a la impertinencia de muchos sobre este asunto. Es que la pregunta, en muchos casos, no cobra importancia pero para muchas personas es preferible no hablar del tema. Cuando se indaga sobre edades, debe entenderse que no a todo el mundo le gusta y por lo tanto resulta de muy mal gusto cuestionar incisivamente sobre los años. Abstenerse de hacerlo, es un asunto de cuidar los límites con los otros.
    Y si de preguntas innecesarias hablamos, nada más incómodo para muchos que los insistentes requerimientos sobre valores y precios, que van desde cuánto valió una camisa hasta en cuánto vendieron la casa. Desde cuánto les cobró el abogado hasta cuánto les valió la clínica y la cirugía. Hay quienes incluso preguntan por cosas más simples pero no por ello menos íntimas: el valor de una matrícula, el costo del mercado, los salarios de los empleados o el costo de un viaje. A no ser que uno tenga injerencia sobre esas compras, o tenga participación para sufragar los gastos, no hay razón para averiguar esos detalles que bien pueden causar sensación de incomodidad y muchas veces respuestas desobligantes, francamente merecidas por el chismoso.
    ¿Por qué se separaron? ¿ por qué lo echaron del trabajo? ¿quién tuvo la culpa? Normalmente son preguntas que se hacen cuando uno más desprevenido está. De verdadero sopetón. Rapiditas, tal vez para que pasen inadvertidas. Pero incomodan, son innecesarias y necias. Como pretender conocer salarios, ganancias o utilidades. Vuelvo a decirlo, a no ser que uno tenga algo implicado en la pregunta o la confianza suficiente para inquirir sobre aquellos temas, lanzar ese tipo de interrogantes es en la mayoría de los casos de mala educación y simplemente obviarlos hace más amable la comunicación.
    Te veo muy gorda, te noto muy flaco, ¿qué son esas ojeras? Son, en fin, múltiples los comentarios innecesarios a los que se somete a diario a nuestros interlocutores. Para tener una buena conversación es preciso preservar la propia intimidad y con mayor razón la de los demás. Porque resulta que en muchas ocasiones no se trata de la curiosidad ajena, sino más bien de los comentarios propios. Si es cierto que muchas cosas no se preguntan, también lo es que muchas otras no se cuentan. El protagonismo desafortunado de algunos se basa en las historias que poco o nada aportan a la charla: lo mismo que se siente cuando se reciben preguntas irreverentes e irrelevantes, es lo que se siente cuando nos cuentan historias o nos ofrecen datos que no son de nuestra incumbencia. La conversación se torna sosa en muchos casos, pero en otros no pasa de resultar fanfarronería que francamente aburre y deteriora los que podrían haber sido gratos momentos de camaradería y amistad.
    “La prudencia que hace verdaderos sabios”. No es tan complicado, se trata de no intentar intimar más allá de lo debido y eso lo da el sentido común, que si bien para muchos es el menos común de los sentidos, la verdad es que para estos casos se basa en una clave simple: si no tiene nada bueno o importante que decir, mejor no diga nada. El tiempo se puede pasar perfectamente hablando de asuntos más banales, pero que a la postre terminan por generar la confianza o por lo menos la tranquilidad de una buena tenida y cuando las circunstancias lo ameriten o resulten pertinentes, con seguridad puede llegarse a informaciones más precisas y necesarias.
    El que hace preguntas quiere respuestas y por lo tanto se somete a ellas. Como aquel que cuenta cuentos, quien también se somete a comentarios, que a veces no son más que un largo silencio.