Infiltrados, secreto a voces

       
     

    Confiar en alguien para que después resulte con un chorro de babas como esta no es para menos. Pero a todas estas, alguien se ha preguntado si alguna vez a algún aspirante a cargo público le han preguntado abiertamente, bajo la gravedad del juramento, si hace parte de grupos alzados en armas, si es terrorista, o si planea atentar contra la sociedad que lo está contratando. No, eso no se estila y no por algo muy propio de nuestra cultura: confiamos en la palabra del otro y preguntar cosas así serían contrarias a la Constitución, sería tanto como pedir una prueba de embarazo.

    Por esa misma discreción nuestra, nadie le pidió el título de abogado al nuevo Contralor, Julio César Turbay, para ejercer como tal durante 20 años, o por lo menos, para ocupar cargos que suponen este título, no el conocimiento de las artimañas para ejercer como tal.

    Nunca o por lo menos que se sepa, a nadie se le ha preguntado si cuando va trabajar para el Estado planea pedir sobornos. Por eso, por ejemplo, en la oficina de Megaproyectos del Departamento, ni el director ni el señor Villegas sabían que unos millones en un contrato podían ser interpretados como un soborno por el contratista o ser mal vistos por algunos mojigatos que se enteraran del negocio.

    Por eso lo de Freddy sorprende. Pero la verdad, no debería causarnos tanto asombro que esta gente tenga infiltrados en la Universidad y en las entidades del Estado. Lo que preocupa no es tanto la información que pudo haber sacado en estos tres meses que estuvo al servicio de los consumidores en las Epm, allá aseguran que todo Medellín tiene acceso a la misma información que los miembros de la Junta, y así será. A nosotros lo que nos asusta es la cantidad de Freddys que debe haber por ahí, en bancos, corporaciones, entidades autónomas, Congreso de la República, en todas partes.

    Si bien es cierto que los guerrilleros que custodian a los secuestrados producen miedo, es casi como tenerle miedo al “coco” frente al terror que pueden sembrar estos otros jojoyes viviendo como ciudadanos de bien, dando clases en la universidad, madrugando como todos y soportando los calores y tacos de Medellín.

    Por eso, pedir el polígrafo para separar las aguas, es tan inocente y tan ingenuo como exigirle a los guerrilleros que se dejen crecer la barba para distinguirlos. No hay pruebas de sangre que se puedan aplicar a los “malos” y aunque aún se oiga eso de que los buenos somos más, los malos tienen información, armas y objetivos, y usan las primeras para lograr lo segundo.

    Así pues, que el blindaje de la sociedad frente a la infiltración de las Farc, es tan endeble como el blindaje contra la mafia o el paramilitarismo o la corrupción. El blindaje solo puede ser individual, o colectivo teniendo todos un mismo objetivo, porque la paranoia Macartista que producen medidas como la propuesta por Jorge Vélez, solo conduce a cacerías de brujas inútiles, de las que ya hemos vivido mil veces y de las que tendríamos que esperar 20 años para esperar que una nueva Virginia Vallejo amante de algún Freddy nos cuente una nueva verdad en 2025.