Inesperadamente, ¡se me apareció la felicidad!

Inesperadamente, ¡se me apareció la felicidad!
En mi desespero por encontrar una solución, ensayé a hacer arepas a base de polenta -tradicional o instantánea- pero no son lo mismo y en realidad confieso que como sustituto son bastante deficientes

Una de las frustraciones más grandes que tiene un paisa cuando se aleja de su terruño, es no contar diariamente con su ración de arepa para acompañar los consabidos tres golpes: desayuno, almuerzo y cena. La solución más fácil es mutar el gusto y la costumbre hacia el pan, que llena y sabe a algo, pero que no es lo mismo.
De pan hay innumerables clases, de arepas –que yo sepa- solo hay tres variedades básicas: las de maíz blanco delgadas o gruesas, las de maíz pelado y las de chócolo. Para mi gusto particular, ningún pan por bueno y sofisticado que sea reemplaza las arepas; pero si se vive en México o Centroamérica las tortillas son un sustituto que le permiten al paisa sobrevivir sin muchas complicaciones.
Después del primer viaje de regreso a la tierrita, se encuentra una solución para la ausencia del sabor amado: en el viaje de regreso al nuevo hogar, transportar dentro de las valijas arepas congeladas, las que una vez llegado al lugar de residencia son trasladadas al congelador hogareño para ser consumidas luego, avariciosamente, a lo largo de varios días, semanas o meses, dependiendo de los deseos personales y ansiedades de cada uno.
Si en el sitio o país en el que uno vive hay mercados especializados en productos de Latinoamérica, será posible encontrar la famosa “harina pan” de los venezolanos o la menos famosa harina de maíz precocida vernácula. Este par de productos permiten hacer algo parecido a las arepas verdaderas, que son aquellas que se hacían antaño, época en que el maíz se cocinaba por la tarde, se dejaba enfriar durante la noche y se molía en la mañana; se amasaba bien temprano para a continuación formar las arepas, que luego se cocinaban en las parrillas para que estuvieran listas al filo de las siete de la mañana, para servirlas como acompañamiento al chocolate o café del desayuno de los miembros de la casa, antes que salieran para el trabajo, la escuela, el colegio o la universidad.
En Buenos Aires, donde vivo, no hay esos mercados ni se consigue la “harina pan” ni la harina precocida de maíz; así entonces, la cosa es más tesa ya que hay que depender de aquellos terceros que cuando nos visitan estén dispuestos a traer en sus maletas arepas congeladas o harina de maíz precocida.
En mi desespero por encontrar una solución, ensayé a hacer arepas a base de polenta -tradicional o instantánea- pero no son lo mismo y en realidad confieso que como sustituto son bastante deficientes.

Los años pasaron, yo seguía soñando con una manera de hacer las arepas fácilmente, pensaba como solución en importar un molino “Corona” –que la verdad es que no sé si se siguen fabricando– y que compraría en mi próxima visita a Medellín, sin importarme su volumen y peso en estos tiempos en los que cada vez hay más restricciones respecto a equipajes permitidos, objetos prohibidos y kilos que se pueden transportar libremente en los viajes aéreos.
Pero hace poco compré un asistente de cocina –food procesor que les dicen por los Estados Unidos-, que se ha convertido en mi “mano derecha” para aquellas actividades relacionadas con picar carne, hacer tajadas o rebanadas de verduras y vegetales, rallar queso, amén de otras labores que desarrolla el susodicho asistente y que prolijamente están detalladas en las instrucciones para su uso; pero un día se me prendió la luz y me dije: si el asistente pica carne, ¿será que es capaz de “moler” maíz cocido para después convertirlo en masa?
Entre pensarlo y ensayarlo hubo dos pasos: comprar el maíz y cocerlo. Ensayé con el maíz cocido, al que puse en el recipiente acompañado del disco de acero para picar, después de darle varios impulsos cortos empecé a observar cómo la masa se empezaba a formar, luego dándole impulsos con el selector de trabajo continuo, el maíz se termino de moler y se empezó a amasar, hasta formar una bola, verifiqué la consistencia y dije: “eureka” esta masa es comparable a la de las arepas que hacían en la casa de mis padres en Medellín, utilizando el antiguo molino “Corona”.
Después de tener la masa, fue fácil armar y hacer las arepas, ¡las que ahora nunca me faltan a la hora del desayuno!
Buenos Aires, enero de 2010.
buenamesa@vivirenelpoblado.com