¿Libertad para el desorden?

 
Por: Juan Carlos Orrego
En las últimas semanas, la Cámara de Representantes ha venido discutiendo el antojo de un parlamentario costeño de reformar el escudo de Colombia. Argumentando la obsolescencia de la tercera franja, en la que se representa un istmo que parece ser el perdido Panamá, el patricio de marras ha sugerido pasar el borrador y dibujar el croquis de las disputadas San Andrés y Providencia, y tal idea ha llevado a los más entusiastas -o a quienes ven las turísticas islas como un símbolo restringido- a proponer, amén de otros retoques, la inclusión de un mapa completo del territorio nacional. Compleja especulación, en la que las reflexiones más razonables han tenido que batirse contra las sandeces más febriles.
Nuestro escudo, con su cóndor, granada, gorro frigio y barcos a la aventura, nació de una ley sancionada por Francisco de Paula Santander el 9 de mayo de 1834, esto es, casi 70 años antes de que el Tío Sam arrebatara a Panamá aprovechando la cruenta distracción colombiana de la Guerra de los Mil Días. En esa pretendida falta de actualidad de los monigotes heráldicos han apoyado los reformistas su solicitud, y ella les ha valido un categórico regaño de los añejos académicos de la historia nacional, convencidos éstos de que la función del escudo es representar la historia con todo y sus botines extraviados, sin perder de vista el hecho de que, hasta la fecha, nuestro país sigue bañándose en los dos océanos del dibujo.
Les sobra razón a los defensores del tradicional escudo, pues, si de actualidad se tratara, los cuernos de la abundancia no tendrían razón de ser, y acaso el gorro frigio debiera reemplazarse por la cachucha camuflada de alguna de las tres fuerzas armadas que recorren el país. ¿Y el cóndor? ¿Después de su inminente extinción será reemplazado por un gavilán? Décadas atrás, un fino humorista de la vida nacional solucionó la urgencia de actualización diseñando un escudo coronado por un gallinazo negrísimo y hambriento. El ocioso Daniel Samper Pizano también ha disparado sus burlas anotando, respecto al lema que el ave enseña entre sus patas, que “la libertad de que gozamos es relativa; y lo del orden parece un chiste”, y apenas aprueba la aparición del gorro frigio: “homenaje imperecedero a todos los que en este país viven de gorra”. Bien se ve que la vida de una nación es tan cambiante como la faz del mar, y por eso es vano pretender que un escudo la refleje con la fidelidad de un documental científico.
Pero lo más patético del asunto ha sido la regocijada chabacanería con que la idea ha sido recibida en los círculos más frívolos. Politiqueros de provincia antojados de inmortalidad, publicistas bogotanos imberbes y patriotas ecologistas han asumido el asunto como si se tratara de un concurso escolar de dibujo: este sugiere el sombrero vueltiao en la franja del gorro frigio, aquel monta el volcán Puracé, el de más allá derrama el salto del Tequendama, otro siembra palmas de cera y orquídeas bajo el cóndor, y seguramente alguien se desveló anoche trazando un bosquejo que incluye la piedra de El Peñol, los zapatos viejos del Tuerto López y un ejemplar abierto de “Los sueños de Luciano Pulgar”. ¡Como si el escudo fuera el escaparate de una tienda de artesanías para turistas!
No tiene sentido razonar tanto el fenómeno de la identidad. Si es esto o aquello lo que nos hace sentir colombianos, poco importa qué sea en sí mismo con tal de que cumpla con la función de alentar el sentimiento de pertenencia a una sociedad y de arraigo a un suelo. Es inútil, pues, fatigarse ahora cambiando un símbolo por otro; además, los barcos que zarparon rumbo a Panamá ya han ido demasiado lejos en 174 años, y ni siquiera la nave más veloz y sofisticada de nuestros días podrá darles alcance.

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