¿Hay vida interior?

 
Por: Jose Gabriel Baena
De esa semana surgió un cuadernito de 18 páginas ilustradas por Verónica Velásquez de Pascual, el cual conservo entre mis tesoros de baúl pirata.
El álbum, que hoy entra en pública subasta, ejemplar único, contiene entre sus 500 versos sacrosantos, como decía Guillermo Valencia el parnasiano- “el verso es vaso santo, poned en él tan solo un pensamiento puro”, frases escuchadas al azar en la playa, como le decía por ejemplo una mujer a otra, semidesnudas y en chanclas: “Una nunca sabe lo que puede pasar”. ¡Yo me arrodillo ante esta filosofía femenina! Ellas, que nunca piensan sino que solo recuerdan… Pero la otra frase culminante del cuadernito es una que acuñé fumándome un pielroja: “Amor, no hay vida interior”.
Este verso inmortal me ha enviado al infierno tres veces, y tres veces me han devuelto de por allá. Diré algo obligatorio: en Medellín solo hay tres siquiatras inteligentes, dos de ellos mujeres, los tres de la escuela simbolista de Jung, y conversando con una de ellas, mi amiga principal y Capricornio, (diciembre 26), me decía, “Mirá, querido: ¿cómo podemos vivir sin adictivos?” Ella fuma seguidito y fue Maga en la Atlántida. En nuestra última conversación, hablando de todo, y de que por ejemplo mi horoscopista hace siete años me decía que yo había sido de los discípulos de la cuadrilla subversiva de San Francisco de Asís -creo que es verdad- me afirmaba, “Jóse, sí HAY ALMA, o lo que tú llamas la vida interior. Y el segundo cuerpo que me dices que sentiste en el crematorium, no está dentro sino afuera. Pero hasta el quinto cuerpo son todos como auras, cada vez más delicadas. Hacé de cuenta que somos -nuestros cuerpos estéreos o etéreos- como un pastel de hojaldre, cada vez más delgaditos, hasta desvanecernos finalmente en la residencias de descanso cósmicas. Y si te han devuelto tres veces es porque todavía tienes algo que hacer aquí. Solo tú sabrás lo que te falta”.
Yo le decía, “Doctora, pero si ya tuve siete hijos con siete mujeres distintas, he escrito siete novelas y sembrado siete mil árboles, qué más puedo o debo hacer en este mundo?” Ella me respondía: “Busca en el fondo de tu corazón peludo, tus sueños están todos en otras ciudades, y hallarás El Propósito”.
Desconcertado, entonces “salí al galope por en medio de la autopista solitaria cuyo vasto horizonte ensombrecía la noche”. Y lloré y lloré, hasta que llegó en el duermevela nebuloso que precede al sueño, esta vez fue un sueño en Chicago con muchas olas en el lago Michigan, mi amiga la actriz y cantante Murasaki Shikibu, quien escribió hace mil años “La novela de Gengi”, cosas tan extravagantes que sueña uno, llegó, dije, del palacio donde actúa en el Teatro NO y juega el GO, esa especie de ajedrez más abstracto que el persa, y le dije: “Señora de las Fuentes de los Jardines de las Flores Verdes y de la Casita de Té de la Luna de Agosto: -Amor, sí hay vida interior”. Y ella sonrió con su risa de cerezos de mayo, y se desvaneció. Y después el sueño orgánico me venció, hasta el sol de hoy. (NOTA BENE: Este es un relato ficticio, donde ninguno de los actores ha sido objeto de maltrato, según certificado de la Asociación Colombiana Protectora de Personajes. Puede obtenerse en Dolby Stereo de Alta Definición, y en DVD Blu-Ray. A partir de esta columna todas las que sigan deben considerarse capítulos desordenados de una novela, como dicen los ingleses “in progress”, que se titulará, por el momento, “¡Malditas montañas!”).

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