¿Dónde es por allá?

     
    ¿Dónde es por allá?
     
     A finales del mes pasado hubo una marcha en Medellín para protestar por el asesinato de más de 2.000 jóvenes desde 2009. El asesinato de un joven músico de la comuna 13 fue el motivo principal para esta convocatoria. La semana pasada hubo una marcha similar, para pedir el respeto de la vida y el cese de la violencia, en San Antonio de Prado. Habitantes de ese corregimiento y de Itagüí y La Estrella también participaron en la marcha, en reconocimiento de que las bandas de delincuentes, la violencia y las balas, no distinguen las fronteras administrativas y atacan en cualquier lugar.
    No obstante, a pesar de que por todas partes en este estrecho valle que compartimos 3 millones de personas, los asesinatos, los robos y la inseguridad son el pan de cada día, en El Poblado seguimos viviendo como si eso no fuera con nosotros. Es más fácil oír hablar de lo que sucede en Libia o en Japón, que encontrar personas de verdad preocupadas y comprometidas con la solución de la problemática de violencia que tenemos. Parecería que lo que sucede en San Antonio de Prado, en la comuna 13, en el barrio Jesús Nazareno (3 ejemplos al azar entre muchos para escoger) sucediera tan lejos de nosotros como está la planta nuclear de Fukushima. Parados frente a la ventana de cualquiera de los cientos de edificios que hay en nuestra comuna, todo eso de lo que no nos queremos enterar parece que sucede muy lejos de aquí, en un genérico “por allá”.
    Y ahí es donde radica uno de nuestros más grandes problemas; esa violencia, aunque nos neguemos a aceptarlo, le sucede a personas como nosotros, cercanas a nosotros, ciudadanos comunes y corrientes, como nosotros. No reconocerlo así está en el centro de las razones por las que, como comunidad, no hacemos casi nada para enfrentar este problema. Esa es nuestra falta, y las consecuencias las vivimos todos los días de muchas maneras.
    Una sola de esas consecuencias es que vivimos encerrados, siempre refugiados detrás de rejas y vigilantes. Residencias, oficinas, colegios, universidades, centros comerciales -los sitios en los que como comunidad pasamos casi todo nuestro tiempo- están todos detrás de cercas, alambrados, rejas y hombres armados. Nos hemos acostumbrado a llamar a eso vida.
    No reconocer que nosotros somos tan susceptibles de sufrir el horror de la violencia como las víctimas que anotan en las estadísticas (4 ó 5 asesinatos diarios este año, en promedio) nos ha cegado y separado del resto de la ciudad. Pero esa separación, solo sucede en nuestra mente. Quizás porque aprendimos a vivir tras las rejas, El Poblado es una de las comunas de la ciudad en la que menos gente ha sido asesinada este año: 8 personas frente a las 73 de San Javier. Pero esas rejas que aparentemente nos protegen no son la solución. Son una señal de nuestra debilidad y falta de solidaridad: nosotros tenemos cómo protegernos, los demás no. Más temprano que tarde tendremos que aceptar que “por allá” no existe, que todo eso es aquí.