¡Claro que era costumbrista!

 Por: Juan Carlos Orrego
La culpa del equívoco quizá la tenga el mismo Carrasquilla, quien en una famosa nota autobiográfica declaró que su “Frutos de mi tierra” era la primera novela colombiana “tomada directamente del natural”, vanidosa pretensión que lo obligó a usar un argumento tendencioso: el de que la temprana “Manuela” de Eugenio Díaz no había sido una novela sino apenas “un estudio de costumbres” (como quien dice: de eso tan raro yo no sé nada). Sin embargo, las páginas del antioqueño dejan ver lo mismo que las del cundinamarqués: los personajes abandonados una y otra vez a la vera del camino argumental, mientras el escritor se deleita componiendo postales de la vida de provincia. Uno de los mejores ejemplos de eso lo ofrece la novela “Grandeza”, en la que, durante cerca de diez páginas, las aventuras de los personajes quedan suspendidas mientras se relata cómo se pasea en las mangas de Bello. Otros indicios incontrovertibles del costumbrismo carrasquillano -ilustrado solo a vuelo de pájaro, considerando las limitaciones de esta columna- son las descripciones de las patasolas y patetarros de la mitología local, presentes en “La Marquesa de Yolombó” y citadas hasta el cansancio por todos los folcloristas colombianos; o el extenso zurcido de estampas campesinas en que se disuelve el argumento de los últimos libros del maestro, “Por cumbres y cañadas” y “Del monte a la ciudad”.
De lo que se trata, entonces, no es de negar la entraña costumbrista de Carrasquilla sino de reivindicar esa modalidad de la escritura. La costumbre, concreción cotidiana de los estilos y lógicas de la cultura, no tendría por qué ser el objeto más banal de la plasmación literaria, e incluso estaría llamada a ser la esencia de un oficio encumbrado si se tienen en cuenta las palabras de la antropóloga Ruth Benedict, quien alguna vez definió su disciplina como la “ciencia de la costumbre”. Quienes instalaron el costumbrismo en Colombia -José María Vergara y Vergara, Emiro Kastos, etc.- llevaron por primera vez al papel los modos característicos de la vida campesina y urbana, de los misterios agrícolas y religiosos, del vestuario, el habla, los ademanes y, en fin, todo aquello de que se componen los Homo sapiens colombianos. A Carrasquilla le correspondería especializar la mirada y combinarla con otras gracias literarias, pero todo dentro de la misma obsesión de dibujar hasta los más imperceptibles movimientos de la cultura local.
Tengo para mí que el costumbrismo de Carrasquilla se ha negado por ignorancia o por esnobismo. Lo primero, porque se ha creído que la descripción de los gestos ordinarios no es un ejercicio ni difícil ni útil; porque se piensa que poseer una cualidad artística significa no tener otras; o porque se habla del santodomingueño sin haberlo leído. Lo segundo porque, con engreimiento futurista y cosmopolita, se quiere ver al afamado escritor lejos del siglo 19 en el cual nació y de los costumbristas hispánicos que leyó con tanto ahínco. Todavía gana a muchos ese frívolo delirio de lo francés y anglófilo, capricho intelectual que va de la mano con un odio injustificado contra la literatura española, los posgrados en las universidades locales y el tinto hecho en aguapanela; fatua costumbre que pide a gritos quién la pinte con tinta y la desmenuce.

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