Hopper

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Ivo Kranzfelder es el autor de este magnífico estudio biográfico y documental sobre las obras de un hombre reservado y silencioso que “nunca fue proclive a manifestarse detalladamente sobre sí mismo, sobre su pintura o sobre su arte… muchas aseveraciones en torno a su vida sonmeras presunciones. No obstante existen algunos datos reales”.

Un hombre del común, nacido a orillas del Hudson River (N.Y.), siempre “quiso ser artista y sus padres no se opusieron a ello. Simplemente le aconsejaron estudiar artes gráficas o ilustración, ya que les parecía que así podía asegurar su existencia material”… Después de su formación académica en Nueva York viaja a Europa, donde no lo impresiona la pintura de moda mas sí los grandes de antes: Turner, Rembrandt, Hals. De otros dos viajes posteriores no se conocen sus opiniones. Nunca más volvió a salir de América. Se casó en 1924 con la artista Josephine Nivison, con la que vivió toda la vida.

De 1907 datan las primeras pinturas de Hopper donde en grandes espacios desolados se pasea su mirada: paisajes, carreteras, sombríos caserones en el campo, o donde aparecen figuras marginales conversando en cafecitos al lado de bulevares imaginarios. Hopper empieza a ganar distinciones y consideración hacia los 20’s y unos diez años más tarde es el dueño único de ese estilo misterioso que lo consagra entre los más interesantes artistas del siglo 20.

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Hopper movió su arte entre tres dimensiones principales de la tan nombrada “realidad”: el paisaje natural y crudo; lo que podríamos llamar “el paisaje amoblado”, ya en el campo, ya en la ciudad, y, finalmente, sus abrumadoras pinturas metafísicas donde el alma humana, aprisionada en el maldito cuerpo, mira sin esperanza alguna hacia la nada o espera nada en escuetos escenarios.

Difícil es hallar gran número de obras de este artista reunidas en un solo museo o galería en Norteamérica o Europa que pueda visitar un turista accidental. Pero en este libro espléndido puede el observador apreciar, así sea transmigrados al papel, estos milagros del arte y de la luz: pueblos vacíos, panoramas inmensos y otoñales donde aparece una casita en primer plano, tranvías al anochecer, ríos bajo la luna, puentes, escaleras, portones, trenes fantasmas, estaciones de gasolina abandonadas, faros, fábricas.

Pero lo más trivializado por los “mass media”, sus pinturas de hombres y mujeres solos, al borde de la epifanía o la tragedia, son quizá los acontecimientos pictóricos hopperianos donde más debemos detenernos con respeto: el artista conoce el alma humana como si ella le hubiera sido revelada en algún sueño, pero sin duda ello nace de la contemplación diurna perpetua, amorosa y asombrada de nuestra enigmática especie. Su mujer aparece en numerosos cuadros, pero en la gran mayoría de ellos lo que vemos es esa esencia oscura de “lo femenino mítico” que los sujetos masculinos nunca podremos develar: mujeres ante el tocador, sentadas ante la ventana en horas del día indefinibles, iluminadas por soles muy fríos, ya desnudas, ya tocadas con trajecitos de entrecasa, leyendo, viajando, siempre solas en inmensos vagones imposibles, en la playa, en el vestíbulo de algún teatro, esperando, siempre esperando… Muy pocas veces aparecen más de dos o tres personas en las pinturas, quizás una pareja en silencio o algún tropel de abrigados hombrecillos bajo el viento del otoño. En una de sus últimas pinturas, “Dos comediantes” (1965), aparecen Hopper y su esposa como mimos ataviados de un blanco espectral, en un escenario oscuro de teatro, despidiéndose “de un público imaginario, mostrando una vez más cómo hay que entender su arte: como un montaje en el escenario de la pintura”, apunta Kranzfelder. “Hopper quería pintar la luz pero lo que propiamente pintó es la iluminación…” Algunos han querido ver en sus obras una calma desesperada en la búsqueda de lo religioso, de un sentido sobrenatural de nuestra ínfima existencia insectaria. Y Hopper afirma: “Muchas cosas en el arte son expresión del subconsciente, me parece a veces como si todas las cualidades importantes surgieran inconscientemente y que pocas son las cosas que logra el intelecto consciente. Pero son problemas que tendrá que develar la psicología.”

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