Historia de un milagro editorial

   
  
 Julio Posada, Manuel Posada y Gabriel García Márquez, en la casa del Nobel en la Ciudad Heroica. Gabo quiso que le explicaran personalmente el secreto de Vivir en El Poblado, al que consideró un milagro editorial. 
 
 
  Sin embargo, convencido de que la gran oportunidad para arrancar un negocio es justamente en momentos de crisis, Julio César empezó a pensar en la realización de un proyecto que fuera viable. “Empecé a analizar la ciudad, dividida por comunas, como desde un satélite, y traté de localizar un grupo de personas que tuviera un interés común. En el caso de los barrios, esta afinidad está dada en la convivencia, su común denominador es el lugar de habitación”.
El otro asunto era encontrar un esquema en que la financiación fuera posible, pero “muy pronto tuve claro que sólo un periódico gratuito me garantizaba su sostenibilidad en el tiempo, pues aseguraba la circulación”. Y el joven comunicador, sin nociones ni estudios gerenciales, no se equivocó, como lo demuestran los 20 años de existencia de Vivir en El Poblado, en sus inicios llamado periódico El Poblado. De los 11 mil ejemplares de las primeras ediciones del año 1, hasta los 38 mil ejemplares de hoy, el periódico no ha dejado de salir, se ha sostenido, crecido y consolidado a tal punto, que da empleo directo a 16 personas, varias de ellas con 17 años de antigüedad.

Periodismo útil
No fue fácil. Incluso, la sabiduría paterna fue implacable. “Mi papá le auguró desde el principio la suerte más negra -cuenta Julio- ¿Cómo, a competirle a El Colombiano y a El Mundo, y gratis?”. Pero su intuición le decía que había un nicho interesante. “Los medios que había en ese momento solo ofrecían información general de Bogotá y del resto del mundo, como la que hay ahora, pero información de su localidad, de su barrio, de los líderes cívicos, de lo que está ocurriendo en su entorno inmediato, de lo que pasa con sus impuestos, de lo que pasa con sus necesidades, del hueco que está exactamente al frente de su casa, de eso no había nada. Adicionalmente, en ese momento -y todavía-, los periódicos me parecían exageradamente escandalosos, con una valoración de la información que a mí no me gusta y no me parece correcta porque los periodistas no cubrían temas sino edificios; el centro de la información estaba y sigue estando en lo que pasa en el Palacio de Nariño, o en las alcaldías, concejos o gobernaciones y esa información no decantada, con algunas excepciones, a la mayoría de la gente no le afecta ni le importa”. De ahí que el contenido del periódico en ciernes fuera otra de sus preocupaciones. “Quería hacer un periódico que tuviera una información imprescindible, periodismo útil”.

Los inicios
“La primera edición salió el 8 de noviembre de 1990, pero empecé a trabajar en ella nueve meses antes”, recuerda Julio César mientras acaricia y observa con cuidado uno de los libros donde se recopilan las viejas ediciones, esas que guarda como tesoros. “En febrero del 90 empecé a pensar en el periódico, a imaginármelo, a definir público, contenidos, circulación. Renuncié a la agencia pero seguí dando clases de diseño editorial en la Facultad de Diseño de la Universidad Pontificia Bolivariana”. Entre las dificultades estaba la definición del número de ejemplares pues con los datos disponibles no era posible saber cuántas personas vivían en El Poblado. “Si lo mirábamos por números telefónicos daba una cifra, por instalaciones de acueducto daba otra, de energía otra, por alcantarillado otra. Decidí que la única manera de saber cuántas casas y edificios había era mediante un censo, y lo hicimos y lo seguimos haciendo cada año o cada año y medio. Después de sacar un promedio, decidí salir con 11.000 ejemplares que alcanzaban a cubrir el 95% de la población del barrio. Desde el inicio vendimos mucha publicidad y con el tiempo empezó a crecer el periódico porque todo el mundo quiso venirse para acá, y el Poblado se convirtió en un polo de desarrollo”.

Una empresa real
Uno de sus sueños era hacer una empresa real, “que el periódico tuviera personas que llegaran a trabajar a las 8 de la mañana y salieran por la tarde, porque el error que veía en muchas empresas de comunicadores es que eran para hacer por la noche, en el tiempo libre, y uno en el tiempo libre no puede hacer ninguna empresa porque no puede trabajar, porque está cansado. Esto es una empresa que ocupa todo el tiempo. Para mí es claro que esta empresa es parte de la vida de la gente que trabaja en ella, de su escala laboral, es parte de su sueño”.
Tal y como se lo propuso en sus inicios, a lo largo de 20 años Vivir en El Poblado ha sido testigo de la evolución del barrio, ha dado cuenta de sus personajes, líderes, sitios, actividades relevantes, ha hecho seguimiento a la transformación del Parque Lleras, a la fallida obra 500, entre muchos otros temas. “Empezamos a coger un ritmo cívico porque inmediatamente la comunidad a la que nosotros estábamos llegando reaccionó como me había imaginado, en dos áreas sensibles: en la informativa y en la comercial: la gente empezó a llamar para dar opiniones, hacer comentarios, poner quejas, pedir que lo entrevistaran, cosas fundamentales para un medio de comunicación, pero también porque quería salir en el periódico a manera de publicidad”.

La invitación del Nobel
Con los años, esta experiencia editorial fue conocida y valorada en otras latitudes. Entre los gratamente sorprendidos estuvo el Nobel de Literatura colombiano. “A García Márquez alguien le contó que en Medellín había un periódico que circulaba de manera gratuita y como no podía creer que eso existiera nos invitó a su casa en Cartagena. Quería conocer esa experiencia, quiénes eran las personas que hacían esa cosa tan extraña de la que él no tenía noticias en el mundo. Le parecía muy curioso que a alguien se le ocurriera hacer un periódico gratis para un barrio, y que además funcionara. No podía creer que se tratara de una empresa de verdad y no de una locura de bohemios”, relata Julio, quien viajó con varias personas del periódico al encuentro con el Nobel. “Su intriga era mayor por cuanto -les contó- estando en El Universal intentó hacer un periodiquito, igual que lo que estábamos haciendo nosotros. Pudo hacer ocho ejemplares nada más porque simplemente se acabó la plata, nadie le compró la pauta, hasta que el periódico desapareció para convertirse en el primer periódico metafísico del mundo”.
“En síntesis -concluye Julio- hace 20 años eché un globo y el viento lo lleva, él va, a veces se cae, a veces sube, pero sigue flotando y la candileja sigue prendida. Muchas personas miran al periódico con el placer que da mirar un globo. Como el globo, tiene el misterio de que funciona gracias a la energía que hay ahí metida, la que le da la gente que trabaja en el periódico, porque el que estén cumpliendo con su sueño es lo que genera la energía para que se mueva. Si la gente estuviera ahí como por cumplir la hora, se habría parado hace mucho rato”.