Helí Ramírez: el testigo de Castilla

“Si no nos pensamos nosotros mismos nos piensan otros, nuestra obligación es pensarnos para que no nos manipulen como ellos crean”


Helí Ramírez. Al fondo, la que fue su casa, en la esquina de la carrera 71 A con la calle 99, en Castilla. Foto de Karin Richter, tomada el 21 de enero de 2015

Los personajes de Castilla, donde creció, alimentan los poemas y escritos de Helí Ramírez. A finales de los 70 se le empezó a conocer en la ciudad por su libro En la parte alta abajo, poemas sin ortografía y crudos como la realidad de ese barrio al que su familia llegó de Ebéjico, desplazada por la violencia, a mediados del siglo pasado.

Aunque ya no vive allí, sigue vinculado a Castilla y a su gente. Cada semana regresa a las calles tantas veces recorridas y se reúne con sus amigos, todos con un interés común: Castilla.
Es posible encontrarlo desayunando con buñuelos y perico en una de las tiendas de la llamada Zona Rosa o bulevar de la carrera 68 —alma comercial y social de Castilla—, silencioso, rumiando la vida, hilvanando poemas o conversando sobre el pasado, el presente y el futuro de la comuna 5.

Si es viernes, es factible hallarlo en una taberna de la misma vía, remojando la charla con ron, hablando de fútbol, cine, literatura, analizando con espíritu crítico los proyectos estatales que hay para la zona, o de visita en el estudio del pintor Fredy Serna. “Si no nos pensamos nosotros mismos nos piensan otros, nuestra obligación es pensarnos para que no nos manipulen como ellos crean”, apunta en alusión a las autoridades municipales. Censura la manera como la ciudad aborda el control del territorio: “La división de las comunas en barrios rompe la unidad y genera las fronteras invisibles”.

Destaca de Castilla el empuje cultural y económico, y la independencia de sus mujeres. “Es una población que no se ha dejado aplastar de la miseria. Hay una dinámica que se mueve entre la gente: los que escasamente se ganan para una aguapanela y los que obtienen millonarias ganancias, algunos con negocios ilegales”.

Entre sus libros publicados están La ausencia del descanso, En la parte alta abajo, Para morder el cielo, La noche de su desvelo, Golosina de sal, Cortinas cerradas, La luz de acá se hace en la oscuridad de aquí, y Desde al otro lado del canto.

El siguiente texto hace parte de su novela inédita Cambio de luces, buena parte de la cual se desarrolla en Castilla, y nos fue cedido amablemente por este autor antioqueño cuando le pedimos que escribiera sobre Castilla para esta publicación.


Cambio de luces

Por Helí Ramírez

“… Moisés se pasaba el día leyendo y escribiendo. Trataba de armar un libro de poemas con metra, pistolas y granadas. En la tarde salía a la cancha a mover el cuero con la gallada del barrio, se estacionaba un rato en la esquina viendo subir y bajar peladas, y conversaba con los muchachos de algunas cosas, menos de la revolución, aunque en forma general sí lanzaba sus darditos para observar la reacción de sus amigos de infancia y adolescencia con relación a la causa. Con ninguno se había sincerado en el sentido de comentar sobre sus actividades consiguiendo dinero y armas, participando en un grupo armado contra el Estado. Así su comportamiento, nadie en el barrio sabía que Moisés guardaba en una caleta hecha a punta de cincel y martillo, en un muro de contención que servía de soporte a la casa y que al mismo tiempo hacía las veces de una de las paredes de la pieza—sótano que habitaba, un revólver de su propiedad, y a veces llegaba a reunir hasta cuatro armas: dos revólveres, una pistola nueve milímetros y una escopeta que nos conseguimos en el asalto a una casafinca en el norte de la ciudad.

Desde niño, Moisés aprendió a no comunicar sus actividades a nadie, ni siquiera a los de su casa, quienes a pesar de todo sospechaban de sus movimientos, lo uno, porque su mamá en el poco tiempo que estuvo como dirigente sindical nos conoció a algunos, y lo otro, por los canazos que vivió en su juventud.

A los días de la visita de Marcia y cansado de estar encerrado en su pieza y de dar vueltas alrededor del barrio sin bajar al Centro, a Moisés le dio por bajar al sindicato a ver si se encontraba con Jotai, o con Eucario o con Cristian. Y sí, al llegar a la sede sindical con el primero que se encontró fue con Eucario que salía a hacer una vuelta. Se saludaron y Eucario le dijo que si no tenía nada para hacer que lo acompañara a visitar a un amigo con un pie fracturado al caerle encima unos bultos de cemento; necesitaba unas muletas y él iba a llevárselas.

En las horas de la tarde salía a la cancha a mover el cuero con la gallada del barrio, se estacionaba un rato en la esquina viendo subir y bajar peladas, y conversaba con los muchachos de algunas cosas, menos de la revolución

Como nada tenía pendiente, Moisés decidió acompañar a Eucario, y conversando sobre sus respectivas familias se subieron a la camioneta y salieron de la ciudad para un barrio en formación arriba de la América. Moisés preguntó a Eucario por el resto de compañeros y este respondió que hacía unos días no se veían.

—¿Ni con Jotai?

—A Jotai no lo veo desde aquella riunión en la heladería en Boston. Puede ser questé en alguna finca de algún familiar o amigo; vos sabés quel es de familia acomodada, y aprovecharía estos días de receso en las cosas pa’ dase un descanso que bien merecido lo tiene y reponga fuerzas físicas y mentales. Ese compañero es la putería. Es de una capacidá invidiable.

Moisés recordó la visita de Marcia contándole sobre la ausencia de Jotai sin darle una explicación, y eso le pareció extraño. Pensó contarle a Eucario lo de la visita de Marcia, pero pensó que podría ser que Eucario no quería hacer comentarios sobre la tarea que en ese momento estaría realizando Jotai, y se quedó callado, viendo casas con árboles de raíz fea al frente, aceras y vehículos por donde iban pasando. Eucario también guardó silencio.

Otra de las costumbres de Moisés era no indagar sobre lo que no querían darle a conocer sus compañeros, y esperaba de nosotros la misma actitud con él. Nos habíamos acostumbrado a decirnos las cosas necesarias, como medida de seguridad, dado que todas las actividades que realizábamos implicaban riesgo a corto, mediano y largo plazo, y así nos protegíamos los unos a los otros. Si eso era entre nosotros mismos, ya se imaginarán nuestra comunicación con los extraños. Con ellos sí que menos hablábamos de nuestras cosas. Moisés tenía muy asimilada esa norma, y por eso cuando estábamos en entrenamiento, por ejemplo, y Cristian o Eucario llamaban a algún compañero para conversar aparte del grupo, era de los poquitos que no se indisponía, no se sentía excluido, ni tomaba esa actitud, esa conducta, como de desconfianza.

A la hora y diez minutos de recorrido llegaron a la casa en la que entregarían las muletas. Moisés se imaginó que las recibiría un compañero de uno de los grupos de la ciudad, o como mínimo un simpatizante de La Organización. Al frenar el carro frente a una casita mitad en material y mitad con pedazos de madera y latas, en una callecita estrecha por la que con dificultad podía transitar un vehículo, sintió alegría al ver que le prestarían un servicio a alguien de su misma condición social. Qué romántico estaba el viejo Moisés en ese entonces.

Al bajar del carro observó que en la puerta de la casa, una puerta de madera casi podrida como la de su pieza, jugaban tres niños sin camisa y una niñita con una faldita rota por el lado del muslo derecho, de pelito largo pero amarilloso de la desnutrición.

Entrando a la sala Moisés vio un catre medio oxidado, una mesa desangarillada que de primer vistazo se veía que utilizaban para comer y planchar al mismo tiempo, rodeada de cuatro taburetes con el cuero del asiento roto; a quien se sentara en ellos le quedarían las nalgas en el aire, y así lo comprobó al ser invitado a sentarse y porque los taburetes de su casa eran igualiticos. En una pared colgaba un cuadro del Corazón de Jesús amarillo de la antigüedad, parecía que hubiera sido recogido en el basurero del río, y en la pared del frente del Corazón de Jesús un cuadro pequeño de San Judas Tadeo con una veladora prendida. En otra pared, una foto de Nacional, el equipo preferido de uno de los hijos mayores, y en otra pared otra foto pero del Medellín, equipo predilecto de otro de los hijos. En otra foto Ramón Hoyos y en otra Cochise. Se veía que las fotos de los futbolistas y de los ciclistas habían sido recortadas de un periódico y pegadas con colbón o cualquier otro pegante sobre un pedazo de cartón.

Enseguida de la sala, una pieza en donde dormían todos los hombres de la casa: siete, desde los menores hasta los mayores, en dos catres anchos muy viejos, y en varios tendidos de cartón, periódicos y colchas de retazos en el piso. Al frente, la pieza de las mujeres: cinco, con un catre igual a los anteriores, y en el suelo los mismos cambuches. Enseguida de la pieza de las muchachas, la cocina, levantada con madera vieja, madera que al igual que el cuadro del Corazón de Jesús parecía recogida en el basurero del río. Después de la cocina, una tira de solar en el que si hubieran tenido capacidad de construir habrían podido levantar unas tres alcobas más, y habría quedado espacio para un patio amplio para los hijos jugar sin necesidad de salir a la calle y para colgar cuerdas y poner a secar la ropa. La cama de los cuchos estaba en la sala.

En el solar un sembrado de cebolla, tomate, tres maticas de maíz y un árbol mediano de naranjas, tan desnutrido como los hijos. Moisés vio la letrina rodeada de moscos, al lado dos vacinillas untadas de mierda, y un desagüe de aguas negras común a tres casas vecinas hacia abajo, desagüe en el cual se veían los zancudos durmiendo como pachás esperando la noche para salir a besar con fiebre a los moradores de la zona.

Cuando Moisés y Eucario entraron a la sala, el señor estaba en la letrina. Su mujer lo llamó desde la cocina y le dijo que no se demorara que había llegado Eucario con las muletas y un amigo a visitarlo. Don Luis, que así se llamaba, salió de la letrina apoyado en un garrote, a punto de caer a cada paso que daba. Tenía unos cuarenta y punta de años, pero revelaba más de sesenta, con bigote estilo brocha, bien cortado, y su rostro todo denotaba un cansancio de la vida y un hastío, que Moisés pensó que tuvo que haber sufrido mucho en la vida para haberle quedado ese rostro tan trágico, y mientras estrechaba su mano al ser presentados por Eucario, pensó que cuando fueran de regreso al Centro averiguaría a Eucario sobre la vida de don Luis.

—Aquí le traje lo que le prometí hombre Luis. No se las doy yo, se las damos varios compañeros pa’ que usté se mueva con más comodidá.

La mirada fría de don Luis se iluminó por un instante mirando las muletas y mirando a Eucario. Moisés volvió a pensar que ese hombre, a pesar de sus sufrimientos, todavía tenía en su alma capacidad para disfrutar y agradecer un gesto de amistad y solidaridad, lo que quería decir que don Luis aún estaba vivo. Pensó también que todos los cuchos de su medio social eran como don Luis: amargados, tristes, duros, con el alma apagada, y no obstante con capacidad de asombro y con reservas espirituales para disfrutar los poquitos momentos de satisfacción que por ratos la vida les deparaba con pequeños regalitos.

Pensó también que todos los cuchos de su medio social eran como don Luis: amargados, tristes, duros, con el alma apagada, y no obstante con capacidad de asombro y con reservas espirituales

Por lo que hablaban mientras la señora preparaba la aguapanela con limón en la cocina, Moisés se enteró de que eran íntimos amigos; juntos trabajaron por los lados de Porce y juntos se aguantaron capataces crueles. Les tocó compartir un pedazo de panela y una botella de agua. También captó que robaron material que empleaban en sus labores para venderlo luego en la ciudad y aumentar el salario. Hablaron de la vida y de la muerte de algunos de sus amigos, y cuando la señora de don Luis entró a la sala con las tres tazas de aguapanela con limón echando humo, don Luis, como todos los maridos de su generación en nuestro medio, regañó a su mujer porque la aguapanela estaba muy caliente, y le dijo a Eucario que en su casa todas las cosas las hacían al revés.

Al rato de estar hablando ellos dos, don Luis encaró a Moisés y le preguntó que desde cuando estaba trabajando con Eucario, y Moisés le contestó que no trabajaban juntos sino que eran vecinos. Don Luis entonces dijo que él y Eucario tenían muy buena amistad desde hacía muchos años, que juntos habían sufrido mucho y también se habían divertido de lo lindo bebiendo con las putas de una cantina en Porcesito y que a Eucario lo consideraba como un hermano.
Eucario miró su reloj, dijo que se tenía que ir porque tenía un compromiso ineludible, se levantó de su taburete, acompañado en sus movimientos de retirada por Moisés, se despidió con un abrazo de su amigo diciéndole que cuando se le ocurriera alguna cosa lo llamara al sindicato, y antes de salir a la calle enrolló dos billeticos y se los entregó.

Para saber algo más sobre don Luis, Moisés le tiró el dardito a Eucario en el carro, de regreso al Centro, diciéndole que su amigo estaba muy mal de salud.

—De salú y de plata –dijo Eucario—. Están casi aguantando hambre. Si no fuera por la ayudita que les hago ya se hubieran muerto dihambre.

Enseguida le contó a Moisés que a casi toda la familia de don Luis la asesinaron en “La Violencia”, y él, para salvarse, se tiró al monte en donde se enroló en una banda de hombres que se dedicaron a conservar la vida robando ganado, asaltando fincas y alejando a la muerte a balazo limpio. La mayoría de la gente de la banda murió, solo quedaron don Luis y un tío de Eucario que murió en el asilo. Luego don Luis apareció en la ciudad y buscó a Eucario, que cuando eso camellaba en la plaza de Cisneros.

Después, como ya se dijo, a Eucario le resultó camello manejando una volqueta de la ciudad hacia los pueblos del departamento y de los pueblos del departamento a la ciudad; habló con quien figuraba como su patrón, un ingeniero de la Bolivariana muy buena persona, y aprovechando que todavía le quedaba un poquito de fuerzas enganchó a don Luis como palero. Ahí Eucario comenzó a hablarle de la lucha revolucionaria, y don Luis, enseñado a los fierros y a la vida en destierro, aceptó los planteamientos pero sin vincularse de lleno por falta de fuerza física y mental para el combate; se volvió un colaborador más que un simple simpatizante, guardando material de guerra y permitiendo que en su casa se alojara por uno o dos, o varios días, según el caso, algún compañero que resultaba herido y a donde con toda confianza un médico simpatizante o colaborador podía ir a atenderlo; o en su casa se hospedaba el compañero que iba teniendo problemas de seguridad mientras lo sacaban de la ciudad.

También le contó Eucario a Moisés que las muletas fueron compradas con dinero del último banco que atracaron, y Moisés, que en esa época era un romántico empedernido de la revolución, un hombre entregado en cuerpo y alma a la causa, casi se orina de la felicidad por haberse jugado la vida para con ese dinero impulsar la revolución y ayudar a gente como don Luis…”.