Ha muerto David Markson

   
 Por: Gustavo Arango 
 
Ocurrió hace seis meses pero sólo me enteré hace dos semanas. Varias razones explican la lentitud de la noticia. La primera es que Markson no era una celebridad. Así que la información sobre su muerte no pasó del obituario de rigor, jamás llegó a ocupar las luces fugaces de la televisión y sólo debió tener ecos aislados en el internet. Otra razón es mi distanciamiento con el mundo: no veo televisión, paso largas temporadas sin leer noticias y a las pocas personas con quienes me comunico las tiene sin cuidado el destino de David Markson.
Hace ya un poco más de dos años empecé a escribir esta columna y, en aquel tiempo, expliqué que lo hacía para combatir las novelerías del momento, para mirar a lo lejos y apreciar las joyas verdaderas que se han mantenido incólumes bajo la lluvia del tiempo. Decía con Borges que ochenta años de olvido pueden ser el equivalente de la novedad (a nuestra velocidad el plazo puede ser mucho menor) y reafirmaba que cuando quiero novedades las busco en el pasado. Pero hubo razones que no expresé en ese momento. La primera es que cada vez leo menos literatura. Me cansan las novelas que quieren hacerme creer que una situación imaginaria ocurrió de verdad, apelando al truco barato de asociarla con algún lugar o un momento histórico. La segunda es que no leo a ningún escritor que haya empezado su carrera hace menos de cincuenta años. No lo hago por soberbia, sino por el sano deseo de no estropear lo que yo mismo estoy escribiendo. Hace un tiempo traté de leer “El olvido que seremos”, de Hector Abad Faciolince, y tuve que abandonarlo en la página dos. Supe que seguir leyendo arruinaría un libro sobre mi padre que llevo varios años escribiendo. Cuando he tratado de leer a mis contemporáneos me he sentido en presencia de mis propios fantasmas y me he visto buscando lápices para corregirles frases. Por eso me siento más a gusto en el pasado. Son rarísimas las veces que me he emocionado al leer algo reciente: un cuento de Joyce Carol Oates, un poemario de Rómulo Bustos, las últimas novelas de David Markson.
Conocí a David Markson por accidente hace como ocho años. Su libro, “Vanishing Point”, estaba entre las adquisiciones recientes de una biblioteca pública. Era un libro raro. Estaba hecho de minúsculos fragmentos, casi todos con anécdotas de artistas incomprendidos o con vidas más o menos miserables. La suciedad de Balzac, la pobreza de Vermeer, el suicidio de aquel, las últimas palabras de otro más, el lugar y la hora precisos en que murió algún genio desolado. En medio de las anécdotas se destilaba muy delgada la historia de un hombre solitario llamado Autor y resultaba fácil suponer que era bastante autobiográfica. Me sedujo de inmediato el laconismo, las pequeñas filigranas del libro de Markson. El subtexto era claro: el artista auténtico tiene casi siempre una vida de oscuridad y pobreza material. Después de unos meses me encontré otro libro suyo, “Wittgenstein’s Mistress”, y de la sorpresa pasé a la admiración incondicional. Estaba en presencia de alguien que había inventado un nuevo género literario, hecho con gotas de un líquido muy fino y muy escaso.
El final de la historia es digno de Markson. Su última novela se publico en el 2007 y se llamaba justamente “La última novela” (The Last Novel). Allí, en medio de anécdotas curiosas como la del largo poema que Sócrates memorizó antes de morir o las cartas que Petrarca les escribía a los autores muertos, Markson cuenta la historia de Novelista, un hombre viejo, enfermo, solo y arruinado, cuya última esperanza consiste en poder llegar a la azotea del edificio donde vive. La novela está llena de datos precisos sobre la muerte de autores cuyo reconocimiento llegó mucho después. Era evidente que Markson sabía lo que hacía. El cuatro de junio pasado, sus hijos lo encontraron muerto en su apartamento de ermitaño en el sur de Manhattan. Nunca sabremos sus últimas palabras. Nunca conoceremos, de manera precisa, el día y la hora en que Markson se nos fue.

Oneonta, Nueva York, febrero de 2011.
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