Grafitti a la lata

Más allá de las consignas ideológicas, hoy el grafitti expresa una miscelánea de temas; critica a la sociedad de consumo, expone la cultura popular, ironiza a la publicidad, crea mamarrachos espontáneos, recicla estereotipos televisivos y captura seres de videojuegos para que vivan en las paredes de nuestra dimensión. Todo vale, siempre que raye con el orden convencional.

“La ciudad raya, raya la ciudad”, parece ser la consigna de este movimiento, y que las paredes hablen, su ideal.

Los padres de la insurrección criolla

En Colombia hay rastros de grafitti desde los movimientos revolucionarios de los años 70 como las estrategias publicitarias del M-19 y el Moir, caracterizados por la combinación de símbolos y consignas de tipo político.

Para otros el graffiti en Medellín proviene de los raperos. El hip-hop graffiti, influenciado por los guetos norteamericanos desde los años 80, plantea otro estilo conocido como el Bubble (burbuja). Hijo del cómic, con formas redondeadas, brillantes y fluorescentes que busca marcar un territorio e identificar grupos.

Y están los grafitti comerciales o de propaganda. En Medellín un claro ejemplo son los avisos del Mago Fernandini, que con la técnica de plantillas o stencil, hizo aparecer grafitti en toda la ciudad como por arte de magia.

Por sus facilidades, el stencil se granjeó la popularidad para hacer plantillas y moldes en la pintura de buses, señales de tránsito y hasta en las carteleras del colegio. Hoy retoma íconos populares y los interviene para darles una connotación social y política.

Subvertir lo subversivo

Con el fuerte movimiento de graffiti en ciudades como Cali, Bogotá y Medellín se aprecian muchas tendencias dirigidas a darle un nuevo aire a esta expresión.

El artista Juan Fernando Vélez confiesa que su propuesta se encamina a utilizar el Tag (firma) del grafitti pero no como marca de un territorio o grupos como lo hace el hip hop, sino como medio para expresar mensajes positivos y sensaciones más allá de la protesta, de lo reaccionario que caracteriza al grafitti.

Para Juan Carlos Arango, conocido por su marca Mala Leche, “como ya todo está inventado, mi propuesta es pintar sobre lo pintado, crear un palimsesto con formas espontáneas, descomplicadas, que se alejan de las técnicas artísticas y la ortodoxia de lo académico”.

El colectivo Ninja Pingüino, un grupo de agitación visual interviene la calle por épocas como si se tratara de la presentación de colecciones de diseño, a las cuales les han dado el nombre de ofensivas. Con la ayuda del computador utilizan seres de videojuegos o personajes de televisión para subvertir los mensajes de crítica y rechazo al orden social del mismo graffiti.

El grafitti también es patrimonio cultural

Muchos grafitteros plantean que su objetivo es cambiar la fachada de la ciudad y generar una imagen que impacte, que haga pensar, que rompa el “ordenamiento” social. Y hay otros que buscan dinamizar el arte, sacarlo de la galería a la calle y convertirlo en algo más urbano, más accesible, más público.

En lo que coinciden es que se deben establecer muros oficiales para el desarrollo de este arte. “Así el grafitti tendrá su espacio para no afectar el bien privado o público, pero ello no implica que se eternice, porque el arte urbano es efímero, y está hecho para que el otro lo intervenga, lo cambie, lo tache, lo borre y se reinvente”, explica Juan Alberto Gaviria, curador de la galería de arte del Centro Colombo Americano.

Contraindicaciones

Según el Código de Convivencia Ciudadana el grafitti es una actividad ilegal por cuanto afecta el espacio público y privado. Así que píenselo bien antes de rayar una pared porque la ley es muy clara.

Según el artículo 189: “Quien destruya o deteriore bienes de uso público será sancionado con multa de 1 a 5 salarios mínimos mensuales, sin perjuicio de la reparación del daño y de las acciones penales correspondientes”.

Conste que se lo advertimos.

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