Giuliani pasó por aquí

Si la gente no se siente segura en las calles, de nada valen los grandes discursos

/ Etcétera. Adriana Mejía

Hi, Mr. Giuliani. Let me tell you a story about the insecurity of my special city. Así bien pudo haber saludado una de mis amigas más cercanas a Rudolph Giuliani, exalcalde de Nueva York, si hubiera tenido oportunidad de darle la mano durante su reciente visita a Medellín. (Y si hubiera aprovechado mejor el departamento de idiomas de la universidad). Pero como no la tuvo -y el héroe de la Gran Manzana después del atentado de las Torres Gemelas pasó por aquí, invitado por autoridades nacionales y locales, con el fin de dar la largada al Plan Piloto de Ataque a Puntos Calientes del Crimen-, aprovecho este espacio para resumir el episodio del que fue protagonista involuntaria. (En español, lengua en la que el ilustre visitante se defiende bien).

Pocos días antes de que el señor Giuliani se chantara la gorra de los Yankees que le regalaron en nombre de la ciudadanía –eso fue el pasado 27 de marzo si no estoy mal– y envuelto en aplausos y escoltas se parara en la deteriorada Plaza Botero a felicitar a los anfitriones (el presidente de la República, el alcalde de Medellín, el ministro de Defensa y el general Palomino) “por el tremendo comienzo del plan piloto, un trabajo conjunto para continuar reduciendo las cifras de criminalidad que tiene la ciudad”, a mi amiga negada para el inglés casi la matan –verán que no es exageración– en un sector muy concurrido de la ciudad, entre semana y a plena luz.

Sucedió en inmediaciones del barrio Guayabal, en horas del mediodía; mi amiga y colega, acompañada de un empleado de su confianza, entró a sacar una plata a una oficina de banco –del más paisa de los bancos– para realizar la transacción con la seguridad que no proporcionan los cajeros electrónicos. Por fortuna la cola estaba muy corta, hizo la gestión sin problemas y rápidamente volvió a salir. No había llegado a la esquina cuando la cerraron dos motos y mientras uno de los asaltantes quebraba su ventanilla de un golpe seco, otro le puso, qué le puso, le clavó en la mejilla el revólver –la seña le duró varios días–, al tiempo que todos, en medio de palabrotas, le pedían la plata que acababa de sacar.

Ella intentó en vano encontrar el sobre que había guardado debajo del asiento. Y de pronto, aterrorizada como estaba –recuerda–, no sabe por qué extraña razón creyó percibir un leve sonido que le devolvió la lucidez por una fracción de segundo. Se puso las manos en la cabeza y se agachó, igual su acompañante. En ese momento sonó el disparo, la bala pasó rozándole el pelo y le atravesó el brazo al pasajero, causándole una herida que, por fortuna, no fue de gravedad. (El leve sonido fue el del seguro del arma al accionarse, le explicaron en la Sijin después).

Los de las motos, con todo y parrilleros, arrancaron haciendo piques y lo de siempre: nadie vio ni oyó. Y aunque hubieran visto y oído, ¿qué hubieran podido hacer frente a unos asesinos armados hasta los dientes para quienes la vida ajena vale menos que cualquier baratija de “agáchese”? Después, las denuncias, las sospechas, las cámaras de seguridad del banco, la investigación exhaustiva –una aguja en el pajar de la delincuencia callejera que nos asecha–, la paranoia, la desconfianza en las cifras oficiales que descrestaron a Giuliani, la incredulidad frente a las promesas y el optimismo escandinavo de los responsables de la seguridad ciudadana, el desafecto por la ciudad… Esto último, lo más triste.

Etcétera: No obstante tanto lindo-tú-linda-tu-fiesta, alguien sensato debió tener acceso al fanático de los Yankees para informarle de la realidad que, en medio de tanta belleza, nos agobia a los transeúntes del diario. Escuché, de fuente fidedigna, la versión de lo que el míster les comentó al ministro Pinzón y al director de la Policía, en su regreso a Bogotá: si la gente no se siente segura en las calles, de nada valen los grandes discursos. La existencia de los llamados “rompevidrios” le mermó decibeles a la carcajada de RG.
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