Funesta hamburguesa a 22 mil pies de altura

 

 
  

Funesta hamburguesa a
22 mil pies de altura

Soy amante apasionada de esta receta

 

En días pasados fui invitada a un congreso gastronómico en Cali, razón por la cual debía reclamar mi pasaje en el aeropuerto con hora y media de anticipación para salir a las 11:50 a.m. y llegar a la Sultana en horas propias para almorzar ¡Juachis! Nos montaron al avión sin mayor explicación a las 3:50 p.m. Al momento de abordar (5 horas de espera) nos entregaron una bolsa herméticamente cerrada la cual contenía una hamburguesa y una gaseosa. No es mi talante hacer descripciones escatológicas, pero jamás en mi vida había olfateado una cabina de avión con tan contundente olor a comida. Y la razón era sencilla, pues ante semejante espera, los 125 pasajeros nos encontrábamos transidos del hambre y por lo tanto una vez nos acomodamos, las bolsas en cuestión se abrieron al unísono y los vapores de papas fritas, carnes cocinadas y panes generaron una atmósfera que literalmente daba tajada… más parecía un baño de colegio que un avión de aerolínea de primera. No soy especialista en catering aéreo pero sin lugar a dudas el desconocimiento de la empresa en estos asuntos es absoluto y sobre todo cuando llevan más de 3 años de haber suprimido cualquier refrigerio sólido en los vuelos domésticos. El ideal hubiese sido un plato de la bien llamada Cocina Fría, es decir una ensalada con jamón o algo semejante; sin embargo, como se trata de un asunto de racionalización de costos, la empresa aérea, que a la vez es propietaria de la cadena de hamburguesas que opera en el aeropuerto, resolvió el asunto a su manera y nos envió convencida de su gentileza cual pasajeros de flota intermunicipal.

 
   
  
   
 

Soy amante apasionada de esta receta gringa, pero soy también sumamente exigente en su preparación; en otras palabras, solo me gustan las hamburguesas hechas en casa con carne de calidad y al carbón y, sin entrar en más detalles, detesto las hamburguesas de cadena. Da rabia que habiendo pagado un pasaje que frisa casi el medio millón de pesos, se nos despache con un bocado de 5.000 pesos. Y da más rabia aun que por el afán y la improvisación de la aerolínea, más de un pasajero haya tenido que tragarse su hamburguesa sin la gaseosa de su gusto, con un refresco cualquiera al clima y además con ausencia total de las dos salsas básicas que tradicionalmente acompañan tan versátil receta: ketchup y mostaza. Afortunadamente no fui víctima de este ardid de cortesía, pues como veterana que soy en los avatares de esperar aviones retrasados, desde el primer anuncio del retardo de mi vuelo me dirigí al bar y me zampé un ecuanil doble con tónica y limón (léase ginebra) acompañado de delicioso maní salado. Como la espera fue de más de 200 minutos mis 4 ginebras me dieron la osadía de rechazar tan grotesca bolsita de comida y a la vez me permitieron ser testigo mudo de un espectáculo en el cual hombres y mujeres de edades y condiciones diferentes, hacían todo tipo de caras de insatisfacción y malestar al encontrarse engañados por una propuesta que les otorgó más sinsabores que satisfacciones. Hace más o menos 4 años escribí en esta misma columna una crónica titulada “La comida de avión ¿buena o maluca?” y palabra más, palabra menos concluí: la cocina de avión no es maluca, es espantosa. Hoy estoy refiriéndome a una hamburguesa que no probé a 22 mil pies de altura; pero que estoy segura se trataba de una opción para mitigar el hambre completamente funesta.