Francisco Antonio Cano: doble celebración

La conmemoración nos ayuda a vislumbrar mejor nuestro lugar en la historia o, lo que es lo mismo, a cargarnos de sentido de humanidad

/ Carlos Arturo Fernández U.

Francisco Antonio Cano, quien con justicia puede ser definido como “el padre del arte en Antioquia”, nació hace 150 años en Yarumal, el 24 de noviembre de 1865, y murió el 10 de mayo de 1935, en Bogotá, fecha de la cual se celebraron exactamente 80 años el pasado domingo.

El calendario no es solamente una manera de dar cuenta del paso del tiempo sino también, y sobre todo, una forma de ubicarnos en la historia humana para enriquecer el sentido de nuestro trabajo y de nuestra vida. Es claro que el paso de los días no es indiferente y que damos un valor especial a fechas y momentos recurrentes: festividades, carnavales, cambios de año y fechas similares no aparecen solo como días de descanso sino como momentos de renovación y de nuevos comienzos. También las conmemoraciones contribuyen a cambiar nuestra vida cotidiana; al menos en principio, no debería ser lo mismo un día cualquiera que la fiesta de la madre o la celebración de la Independencia Nacional. La sociedad cambia de ritmo y rompe con lo habitual porque se trata de momentos que cargan la vida diaria de sentidos especiales.


Niña de las rosas, sin fecha. Col. particular.

También la historia del arte está llena de fechas que, por razones diversas, conviene recordar. Por ejemplo, este 2015 ha presenciado una serie importante de exposiciones en todo el mundo, y también en Colombia, para conmemorar los 125 años de la muerte de Vincent Van Gogh, ocurrida el 29 de julio de 1890. Y, por supuesto, los motivos y las circunstancias de celebración pueden ser múltiples y serán siempre valiosos si nos permiten acercarnos con renovado interés a las obras de arte como productos de la creatividad humana.

Lavanderas, 1919. Col. particular / Imágenes del libro Francisco Antonio Cano 1865-1935, Medellín, Museo de Antioquia, 2003

Francisco Antonio Cano es una de las figuras mayores, no solo de nuestra historia del arte regional y nacional, sino también de toda nuestra historia cultural y, por eso, la conjunción de los 150 años de su nacimiento y los 80 de su muerte debe ser un momento privilegiado para recordar lo que Antioquia y el país le deben.

Sin querer caer en la afirmación de que hasta la aparición de Cano no había producción artística en Antioquia, sí es necesario afirmar que con su trabajo los procesos del arte empiezan a desarrollarse en un nivel superior.

Cano es pionero en casi todos los ámbitos de la producción artística. A los 20 años de edad aparece ya como un maestro que cuenta con discípulos, entre los cuales está el pequeño Melitón Rodríguez que tiene solo 10 años. Se trata, en realidad, de una especie de escuela de arte que producirá en el curso de las décadas siguientes extraordinarios frutos en los terrenos de la pintura, la escultura, la fotografía, la arquitectura, la ilustración, el grabado.

Hacia 1890 crea una escultura en yeso titulada Dulce martirio que recoge una escena cotidiana de juego entre una madre y su pequeño. Esta obra, hace algunos años llevada al bronce por el Museo de la Universidad de Antioquia, es, en realidad, la primera escultura de tema no religioso que se realiza en la historia de Antioquia. En 1892 comienza a desarrollar una amplia serie de paisajes, que serán definitivos para la consolidación de este género de pinturas en el país, sin descuidar sus logros en los retratos que, por lo general, eran considerados en la Colombia de entonces como un tipo de pintura de mayor nobleza y calidad.

Entre 1898 y 1901 estudia en París, en un momento de profunda transformación artística global cuyos efectos se revelan en su producción posterior y hacen muy compleja la calificación de “pintor académico” que frecuentemente se le asigna.

Melitón Rodríguez. F. A. Cano. 1897

Tras su regreso a Medellín, funda con Marco Tobón Mejía, Enrique Vidal y Antonio J. Cano la revista Lectura y Arte, una de las más bellas de nuestra historia, donde aparecen, seguramente, las mejores manifestaciones del Art Nouveau en Colombia. En los 12 números aparecidos entre 1903 y 1906 Cano publica, además de ilustraciones, viñetas y grabados, textos críticos, históricos y teóricos de mucho valor. Siempre como pionero, en 1910 modeló y fundió en bronce el busto de Atanasio Girardot que se encuentra todavía en la plazuela de la Veracruz; era la primera vez que algo así se realizaba entre nosotros y que no se acudía a encargarla a un taller europeo. Ese mismo año, por propuesta de Cano, la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín crea lo que será el Instituto de Bellas Artes, la primera academia formal que existe en Antioquia. Por supuesto, Cano es su primer director y consolida su presencia como maestro de las nuevas generaciones de artistas antioqueños. Los géneros del desnudo, la pintura religiosa y los bodegones llegan a un nivel hasta entonces insospechado entre nosotros.

Poco después, en 1912, su amigo, el presidente Carlos E. Restrepo, lo nombra director de la Litografía Nacional en Bogotá. Hasta su muerte se radica en la capital. Desde 1913 se vincula como profesor a la Escuela Nacional de Bellas Artes de la cual llega a ser director. Su escultura de Rafael Núñez, en el Capitolio Nacional, modelada en Bogotá pero vaciada en bronce en París por Marco Tobón Mejía, demuestra a las claras que los artistas colombianos están en capacidad de realizar grande obras.

En síntesis, el impacto de Francisco Antonio Cano fue definitivo. Y no solo por la exclusiva producción de obras de arte sino, sobre todo, por mantener siempre la convicción de que este era un medio privilegiado para impulsar el desarrollo y el progreso cultural de la nación.

Ante la doble conmemoración de Francisco Antonio Cano que se presenta en 2015 no cabe sino, por una parte, recordar la altura de su trabajo, la firmeza de sus convicciones y el compromiso sostenido con la educación artística. Pero por otra parte, el hecho de que estemos recordando una fecha relativamente reciente como 1935 para descubrir en ella el momento de la desaparición de Cano, habla también de la vertiginosa transformación de los procesos del arte que él contribuyó a dinamizar, con su propia producción y con la actividad académica; son dinámicas nuevas que ya en ese momento se perciben en sus alumnos Pedro Nel Gómez, Eladio Vélez o Gómez Jaramillo y muy poco después en Obregón, Grau, Botero, Aníbal Gil, y muchos más, hasta llegar al presente. Quizá, el mejor homenaje que puede rendirse a cualquier padre pasa por la valoración de sus hijos.
Y la conmemoración nos ayuda a vislumbrar mejor nuestro lugar en la historia o, lo que es lo mismo, a cargarnos de sentido de humanidad.
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