Florecer después de muerto

 
 
   
 
Por solicitud suya, las cenizas del guionista, realizador y director de cine chileno Dunav Kuzmanich, fallecido en la primera semana de agosto, fueron enterradas bajo un guayacán amarillo en una finca cercana a la capital antioqueña. No es el único ni el último porque el deseo de florecer después de morir es una tendencia que ha cogido fuerza, sobre todo en el último año, en Medellín. Así como se afianzó la cremación, al punto de que hoy es la ciudad de América Latina con mayor número de cremaciones, cada vez es más común asistir a ceremonias fúnebres muy íntimas en las cuales el rito es abrir un pequeño hueco en la tierra, esparcir las cenizas del familiar o amigo y encima sembrar un árbol, con el ánimo de que florezca y recuerde siempre de una manera grata al ser ido. Así lo percibe Claudia, quien en mayo enterró las cenizas de su mamá bajo un árbol de magnolio. Todos los días al despertarse, lo primero que ve desde su cama, a través de la ventana de su cuarto, es ese árbol de flores blancas que de otra manera para ella no tendría mayor significado. “Siento que me acompaña, que qué rico que está ahí y no en un osario” y agrega que el hecho de tener las cenizas en el jardín de la casa “atenúa el dolor, la sensación de soledad y el vacío de la muerte. Cada vez que riego el magnolio me acuerdo de ella”.

Seguir vivo es un alivio
Para la médica sintergética Luz Ángela Carvajal, quien trabaja con enfermos de cáncer, “es un símbolo maravilloso, es una manera de rendir culto a la vida y a su florecimiento”. En su concepto, el incremento de esta práctica denota un cambio colectivo en la manera de asumir la muerte, es tomar conciencia de que la vida no se extingue jamás, que la energía ni se crea ni se destruye sino que se transforma, en este caso en vida vegetal.
Estadísticas no hay, pues como dice Margarita Mejía, administradora de Exequiales El Tabor -adscrita a la Arquidiócesis de Medellín- “es muy difícil, por no decir imposible, seguir el rastro de los muertos una vez salen de los hornos crematorios”, pero se aventura a calcular que el 10% de las personas que se creman hoy en Medellín tiene un destino diferente al de las criptas y los osarios, como lo manda la Santa Madre Iglesia. Lo cierto es que, según cifras de la Arquidiócesis, de las 16.644 personas registradas como fallecidas el año pasado en Medellín, 12.848 fueron a los hornos crematorios, es decir, el 77.19%, un 30% más que hace cuatro años. Y si nos atenemos a los cálculos de Margarita, las cenizas de 1.248 ciudadanos fallecidos el año pasado en Medellín resultaron en un río, en el mar y, sobre todo, bajo un árbol florecido pues esas cenizas son ricas en minerales como nitrógeno, fósforo, potasio, boro, azufre y cinc, por tanto, son un excelente abono, como lo afirma el ingeniero agrónomo Gabriel Jaramillo, del Vivero El Tesoro.
En los viveros sí que han percibido el aumento de esta tendencia; sin proponérselo, se han convertido en asesores para estos asuntos, ante el incremento de las solicitudes. Es el caso de Gabriel Henao, del Vivero Los Pinos, en Llanogrande, quien ya es diestro para recomendar las plantas apropiadas. “Los magnolios son los preferidos por ser tan duraderos; es un árbol muy bonito, da muy buen follaje y echa muy buena flor”, y agrega que “también recomiendo los cítricos y los árboles nativos como tulipán, guayacán y carbonero, por resistentes y por sus flores”.

Entre lo práctico y lo romántico
La nueva costumbre es una muestra más de que Medellín dejó hace muchos años de ser esa sociedad conservadora y apegada, al pie de la letra, a sus costumbres religiosas. Algunos, como Margarita Mejía, de Exequiales el Tabor, piensan que es otro síntoma del sentido práctico de los paisas, e incluso, de su sentido del ahorro pues resulta mucho más económico cremar a alguien y enterrarlo en un jardín que comprar un ataúd y adquirir una cripta, una bóveda o un terreno en un parque cementerio e inhumarlo. Y es que en Medellín la cremación más cara vale $550.000 (hay desde $160.000) mientras un lote en custodia vale $2.515.000 mil pesos y el ataúd $1.255.000. Cuando hay cremación, solo hay que comprar un cofre para las cenizas, el cual cuesta $196.000, y si se llevan para un jardín no hay que pagar osario, cuyo costo llega a los $2.500.000.
Pero, sin duda, esta es una decisión que trasciende lo económico. Es la esperanza de que la vida continúa pues, como dice la médica Luz Ángela Carvajal, “sentir que ese ser que se ama sigue vivo es un alivio”