Fin, finitud y finalidad

   
 Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa 
 
Yo le garantizo a cada uno de mis lectores que en algún momento se va a morir. Ninguna de sus relaciones será eterna y algún día su cuerpo y su historia quedarán dispersas como lágrimas entre la lluvia. Para algunos será muy temprano, para otros demasiado tarde. Algunos la encontrarán en el jabón que yace inerte en el piso de la ducha, otros en un dulce sueño al que llegan de forma inocente. Es un hecho absolutamente garantizado.
Pero no se desanime, lector. Mi propuesta no es que usted se sienta condenado a muerte, sino que se sienta bendito con la vida transitoria que tiene. Parafrasearé amañadamente estas sabias frases de la película “El Club de la Pelea”: “ Tu tienes que saber, no temer, que algún día vas a morir. Hasta que no lo sepas eres un inútil”.
“Saber, no temer”; este pequeño quiebre semántico tiene una valiosa clave. Y es que no basta con el pensamiento sombrío, rechazado y temeroso de que algún día vamos a morir. Es necesario dar un paso más allá y entender amorosa y dignamente que el fin existe y que nuestra vida es transitoria. No se trata de bajar la cabeza como lo hace el patético nihilista; se trata de retornar a la tierra y su grandeza transitoria.
A mi modo de ver, el infierno debería ser el lugar a donde van las almas de los mediocres, no de los malos. Y no hay más mediocridad que la honda inconsciencia de las personas que se creen eternas, que se saben con “mucho tiempo” y que traicionan lo único vivo: el instante. Casarse con el futuro equivale a suicidarse al presente. Esa es una de las marcas de la mediocridad: tener una eternidad por delante. Entonces propongo como primera medida empezar a aceptar nuestro fin.
Solo esta aceptación puede abrirnos el misterio de nuestra propia finitud. Es esa doble condición de anhelar eternidad mientras nos paramos en la finitud. Es esa capacidad de otorgarle cuidado y grandeza a aquellas cosas que nacen y mueren y honrarlas en su transitoriedad, incluso con mayor entrega y terquedad que si fueran eternas. Todo lo existente nace, se envejece y muere: el cuerpo, las relaciones, los proyectos, los imperios y las naciones.
Solo comprender dicha finitud nos permitirá remontarnos sobre el “demonio” que nos amarra entre el temor y la expectativa, entre la aversión y la compulsión. Dicha certeza nos hace humildes y esto nos permite abrirnos a la caída constante de las estrechas y elaboradas torres que construimos para encerrarnos en nuestra extenuante carrera de huir y perseguir espejismos.
Quien tiene claro el asunto del fin y de la finitud comienza a habitar un nuevo lugar más propio, donde el alma y el cuerpo pueden moverse con la levedad de quien tiene un derecho. Mortales, finitos, desnudos en la inmensidad del tiempo que devora y para y destruye, estamos listos para mirar adentro y buscar nuestra profunda finalidad. Libres de fantasmas y mandatos ajenos, libres de normas sociales y de vanidades estúpidas, libres de la eternidad, podemos preguntarnos: ¿Para qué vivo?
Yo considero, en todo caso, que somos menores de edad hasta que no tenemos una finalidad para vivir, o para morir, profunda y sentida, arraigada en la carne de nuestro corazón.

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