Fantasía sobre la gitana dormida

     
     
     
    Fantasía sobre la gitana dormida
     
     
    La de Álvaro Barrios se define como una fantasía, lo que significa que con base en una imaginación se crea otra, de una manera que busca algo así como elevar al cuadrado su poder de sugerencia
     
     
     
     
     
     
     
     
    Por Carlos Arturo Fernández U.
     
     Hasta el siglo 19 predominó la idea de que el objetivo de la pintura y de la escultura era la imitación de la realidad, tal como se nos presenta por medio de la directa observación visual. Lo que se lograba con esa imitación era, por supuesto, motivo de profundas divergencias; Platón había afirmado que estas artes se detienen en la imitación de las apariencias y, por eso, no pueden pretender ningún acercamiento a la verdad, mientras que, por el contrario, Leonardo sostuvo que la pintura era la más completa de las ciencias. De todas maneras, el vínculo entre arte e imitación de lo real parecía indisoluble.
    Sin embargo, ahora sabemos que la realidad va más allá de lo visible. En efecto, después del Impresionismo, es decir, desde finales del 19, el arte se ve envuelto en la multiplicación vertiginosa de sus posibilidades, empujado por fuerzas tan diversas como el debate filosófico, el desarrollo de la fotografía, los avances de la física, la tecnología, la poesía simbolista o la aparición del psicoanálisis. Frente a una realidad que se multiplica y desdibuja sus evidencias, también el arte debe emprender nuevos caminos. Y uno de los más ricos será la exaltación de la imaginación que no pocas veces permite a los artistas del presente descubrir el poder creativo de los artistas del pasado y entrar en diálogo con ellos. Es un camino muchas veces recorrido por Álvaro Barrios (Cartagena, 1945).
    “Fantasía sobre la gitana dormida”, de 1976, en la colección del MAMM, es una pintura realizada en acrílico sobre lienzo, de 94 por 149 centímetros, que no está pensada desde el punto de vista de quien intentara, por ejemplo, representar una escena más o menos extraña en el marco de un paisaje. En efecto, el punto de partida es otra pintura, “La gitana dormida”, que el francés Henri Rousseau, comúnmente llamado “El Aduanero” (1844-1910), realizó en 1897. Tampoco la obra de Rousseau se presentaba como una escena cotidiana: en medio de una noche iluminada por la luna llena, en un paisaje desértico junto a un río, duerme una mujer con un bastón en la mano y una mandolina a su lado, mientras un león se aproxima a ella, casi hasta tocarla, pero sin asomo de violencia, casi como si el animal pensativo la acompañara. En realidad, lo que pinta Rousseau no es tanto la gitana que duerme sino su mundo onírico, libre de la lógica habitual.
    Y, a partir de la gitana del Aduanero, la de Álvaro Barrios se define como una fantasía, lo que significa que con base en una imaginación se crea otra, de una manera que busca algo así como elevar al cuadrado su poder de sugerencia. Barrios toma de Rousseau la estructura general del cuadro y de sus elementos, lo mismo que su clima onírico; pero esquematiza la figura del león y cambia la tosca gitana por una delicada jovencita vestida de rosa, que duerme entre flores mientras el animal parece besarla en el rostro; y esa unión de la belleza y la animalidad se confirma con un halo luminoso que rodea las dos cabezas y que al mismo tiempo se relaciona con una pirámide de luz que rompe la oscuridad del horizonte nocturno.
    Si la pintura siguiera siendo pura imitación de las apariencias de la realidad, nada de todo este clima de poesía, de imaginación y de sueño sería posible. Lo que ahora busca el artista es la exploración de territorios que no se limitan a los esquemas racionales sino que se abren hacia la incerteza, la sugerencia y las posibilidades de la creatividad, que son caminos que también en muchos otros campos, desde la ciencia hasta la política o la espiritualidad, quiere recorrer el hombre contemporáneo.