Existen para que las obras nos puedan hablar

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Existen para que las obras nos puedan hablar
La función de los curadores es también la de curar o sanar las relaciones tantas veces perdidas entre el público y las obras de arte


/ Carlos Arturo Fernández U.

Los curadores son, quizá, las figuras que, para la mayoría de las personas, resultan más extrañas dentro del mundo del arte. Hace apenas unos años no sabíamos de ellos, casi no se mencionaban o tenían un significado muy limitado; ahora, de repente, cobran una presencia fundamental. Todo parecería indicar que son otro de esos “inventos y extrañezas” que se achacan con frecuencia al arte actual…

Pero el asunto no es tan nuevo ni tan extraño, aunque es cierto que en la actualidad tiene una importancia que antes no veíamos.

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Un buen consejo, útil cuando nos enfrentamos a un concepto o a una palabra de los que no conocemos bien el significado, es acudir al diccionario (y es muy fácil hacerlo por internet). Allí se nos dice, en primer lugar, que curador es una persona que cuida algo; es decir, se trata de un “cuidador”. Y se agrega, entre otras cosas, que es también alguien que cura, que sana. Pero no aparece una acepción particular que se refiera a los “curadores de arte”; por tanto, puede afirmarse que el sentido de esta expresión se deriva de los significados originales de las palabras.

La aplicación tradicional de la idea de un “curador de arte” tenía que ver con la conservación y cuidado de las obras, generalmente dentro de un museo; sin embargo, esa función, que tiene un sentido muy técnico y concreto (cómo mantener una pintura para que esté en perfecto estado, cómo recuperarla si se daña, etcétera), la cumplen hoy los departamentos de conservación y restauración. Es decir, en esta dirección no encontramos pistas sobre el papel actual de los curadores.

Pero hay un trabajo aún más antiguo que el de los restauradores y que sí nos ofrece pistas para el presente. Antes de los museos de arte, que son una idea del siglo 18, existían muchas personas, sobre todo nobles, que poseían obras de arte en conjuntos bastante desordenados, que no correspondían a criterios de calidad, muchas veces mezcladas con objetos simplemente curiosos o costosos. Entonces, en el mismo siglo 18 se extendió entre esos ricos coleccionistas la idea de que dichos conjuntos se debían organizar, y se encargaba de ello a un experto que pudiera distinguir unos objetos de otros, que comprendiera lo que representaban las obras de arte y supiera organizarlas para destacar su sentido. Esos expertos fueron los antecesores del curador actual aunque, por supuesto, este se mueve hoy en un contexto diferente.

En efecto, los curadores se llaman así porque, en cierto sentido, cuidan de las obras de arte: las estudian, las escogen, las ordenan y exhiben de una manera particular con el fin de que esas obras nos puedan hablar y nos entreguen al menos una parte de su significado. Lo que hacen normalmente es plantearse un problema que tiene que ver con la vida del arte y de la sociedad, y discutir sobre él con base en la selección y presentación de trabajos artísticos.

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Pero entonces también es claro que los curadores cuidan del público, de los espectadores de las obras de arte: al fin de cuentas, todo lo que hacen debe servir para que nosotros comprendamos algo que ellos nos quieren comunicar con aquellas obras escogidas y ordenadas. Y como en el arte los significados y contenidos pueden ser múltiples, la del curador es siempre una mirada especial, que insiste en unos valores particulares pero que no pretende agotar las obras.

Y, en este sentido, la función de los curadores es también la de curar o sanar las relaciones tantas veces perdidas entre el público y las obras de arte; unas relaciones que son fundamentales, porque si el arte no establece alguna forma de contacto con el público (enfrentamiento, análisis, debate, aplauso o rechazado, valoración de alguna manera) pierde su justificación y desaparece de la vida social.

En síntesis, este de los curadores es un asunto viejo y nuevo a la vez que, en última instancia, se refiere siempre a la posibilidad de aproximarnos al mundo del arte.

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