Están pasando cosas

Volteando el paradigma hacer–tener–ser, que por generaciones hemos aceptado como verdad revelada, por el de ser–hacer–tener

/ Etcétera. Adriana Mejía

Sí. En Medellín están pasando cosas. Otras cosas, digo. Buenas cosas que las fatigas del diario nos impiden identificar.

Son tantas las horas desgastadas en los tacos de todas las horas y tantas las historias –tan cercanas que hasta queman– de los atracos en los tales tacos y en los semáforos y en los antejardines y a la salida de los bancos, y tanto el descuido en sitios emblemáticos –la Plazoleta Botero es ejemplo vergonzoso–, en el centro, en las zonas verdes de la mayoría de los barrios y en varios de los parques que con bombos y platillos han entregado a la comunidad las autoridades de turno, y tantos los intereses politiqueros que se mueven soterrados, de la misma manera que se moverán los carros bajo el nivel del Río…

Son tantas esas horas desgastadas, repito, que el tiempo y las ganas de escudriñar más allá de la conocida superficie urbana que descresta en los concursos y desalienta en la convivencia diaria, se agotan. Lo que vivimos –padecemos– desde que nos levantamos  hasta que nos acostamos es lo que tenemos, pensamos. Y a dormir, que mañana es otro día de lucha por la supervivencia.

Pero están pasando cosas, conviene que respiremos hondo y hagamos el intento de encontrarlas. En universidades, empresas, instituciones, fundaciones, organizaciones, comunidades… A veces con sólidos respaldos económicos y profesionales, a veces con “las uñas” y la sola fuerza de la voluntad, hay grupos de personas –más de los que creemos– comprometidos con la causa de hacer de Medellín una ciudad no sólo innovadora –que también– sino una ciudad respetuosa y respetable. Grata para la vida. Para la de uno y la de los demás.

En este mes de mayo, para no ir más lejos, hemos tenido dos muestras visibles de que querer es poder y de que si bien hay espacio para las denuncias, también lo hay para las propuestas. (Hay que apuntarle a que las segundas desplacen las primeras).

Una de ellas, Mayo por la Vida. Tres años está cumpliendo esta iniciativa ciudadana que, en buena hora, fue apoyada por la Secretaría de Cultura Ciudadana y por la Vicealcaldía más larga de cuantas existen (Educación, Cultura, Participación, Recreación y Deportes). Y como el nombre lo indica, su objetivo principal es celebrar la vida, mediante jornadas académicas, encuentros de reflexión y diálogo, programas culturales y eventos lúdicos llenos de simbolismos. Una tarea solidaria y desinteresada de un puñado de sembradores de reconciliación y resiliencia que cada vez encuentra mayores territorios para esparcir las semillas de la no violencia. (Que los siga cumpliendo hasta el año tres mil).

Y la otra, el Congreso Internacional Otromundo. Hace dos años la Colegiatura Colombiana se arriesgó a organizar la primera versión de esta apuesta por la transformación de la ciudad y del país, convocando a expertos nacionales e internacionales que quisieran compartir con ciudadanos de diversas procedencias, experiencias de vida y trabajo que demuestran, más allá de la teoría, que es posible hacer las cosas de otra manera. Volteando el paradigma hacer–tener–ser, que por generaciones hemos aceptado como verdad revelada, por el de ser–hacer–tener. Y demostrando que en materia de ser humano, el orden de los factores sí altera el producto. Sobre todo cuando conceptos diferentes a lo que es “obtener éxito y reconocimiento”, saltan al escenario. (Al escenario mundial y, gracias a la vocación y a la conciencia humanista de este centro educativo, al escenario local). Abundancia, creatividad, felicidad…, ya no son sólo palabras. No porque lo diga yo, valiente gracia. Lo dicen, practican y repiten personas que, desde distintos frentes, están generando cambios globales. (Que se puede, se puede; me refiero a quitarnos la venda del “todo por la plata” de los ojos).

Etcétera: En Medellín están pasando cosas, son guiños a la esperanza.
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