Es muy difícil convivir así

     
      Publicado en la edición 385, marzo 1 de 2009  
         
     
    Es muy difícil convivir así
     
         
     
    Cualquiera que viva con otra persona sabe que la convivencia es una tarea compleja que exige esfuerzo, dedicación, compromiso y tolerancia, para solo citar las cosas fáciles. Y también sabe cualquiera que si se arruina la convivencia, la vida se hace aún más dura y difícil que la tarea que no se pudo cumplir. Y eso en el plano individual porque si nos vamos al plano colectivo la complejidad de la relación crece en forma exponencial.
    Nada más piense en el comité de convivencia de su urbanización, en el vecino de arriba que hace bulla o en el de abajo que protesta por todo. Recuerde al que seca ropa en el balcón o al que repara el carro en el parqueadero. Hay quienes creen que en las asambleas de copropietarios hay unos derechos superiores por antigüedad o por asistencia a reuniones pasadas y otros que suponen que el edificio es solo para jóvenes solteros, o para viejitos o para niños, según sea el caso.
    Sí, la convivencia es difícil. Pero se hace mucho más difícil cuando a pesar de que existen leyes y reglamentos, desde el Estado se empuja a la ciudadanía a que haga nuevos pactos y firme compromisos en los que probablemente deba renunciar a las garantías y a los derechos que le concede la ley.
    Pasa con los mencionados comités de convivencia, usualmente promotores de la conciliación a toda costa, mucho más allá, no digamos de lo legal, si no de lo razonable, cuando, por ejemplo, quieren que las partes enfrentadas arreglen por la buenas sin verificar si las quejas del uno son ciertas o se trata simplemente del perecoso que hay en todas partes, o de si las disculpas del otro están fundamentadas o son las de un conchudo al que le importan un pito sus vecinos. Y pasa cuando la Alcaldía de Medellín quiere que los comerciantes de la noche y los habitantes de los barrios donde funcionan estos negocios arreglen sus diferencias mediante pactos de convivencia a todas luces innecesarios si todos cumplen el pacto de convivencia principal, es decir la legislación vigente.
    No se entiende cómo ahora, de buenas a primeras, esto de los pactos y la conciliación se volvió una excusa para obligar a tolerar lo intolerable, para renunciar a algunos derechos a cambio de una supuesta tranquilidad. Parece como la encarnación del refrán de que es mejor un mal arreglo que un buen pleito, un mecanismo perverso que desfavorece al ofendido.
    Está fuera de discusión que la conciliación, el acuerdo, el pacto, son buenos como mecanismos para la solución de conflictos, pero la Alcaldía y los comités de convivencia deben entender que el incumplimiento de la ley o el reglamento de propiedad horizontal están en el origen del conflicto que quieren conciliar y que ese problema se arregla acatando aquellos y no firmando nuevos acuerdos.