Eros y psique

 Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa 
 
Es tiempo de rendirle tributo a un viejo amigo y enemigo. Su reputación es ambigua. Para algunos ángel, para otros demonio. En la mitología griega era llamado aquel a quien los dioses temen. Se trata del dios Eros, responsable de la atracción sexual, el amor y el sexo. En algunos mitos era hijo de Afrodita y Ares, pero según Platón fue concebido por Poros (la abundancia) y Penia (la pobreza) en el cumpleaños de Afrodita. Esto explicaba los diferentes aspectos del amor.
Eros es para Octavio Paz “ese demonio o espíritu en el que se encarna un impulso que no es ni enteramente animal ni enteramente espiritual”, que puede hacernos caer en la concupiscencia y elevarnos también a la contemplación más alta.
El erotismo ocupa un lugar ambiguo en el ser humano, siempre dispuesto a los volcanes de la pura excitación sexual, que no conoce períodos de celo y reposo como en el resto de los animales. Por un lado implica la vivencia del instinto sexual, pero la trasciende al plano del deseo, la imaginación, la libertad, la elección y la restricción, entre otras cosas. Digamos por el momento que Eros es mitad divinidad y mitad animalidad pura.
Una primera tesis que propongo es que la sexualidad ligada a la reproducción es vital, pero es la sexualidad desligada de la reproducción; la juguetona, deseante, poética, pasional e íntima sexualidad erótica, la que define lo humano.
En ella, animal, sociedad, cultura, espíritu, psiquismo, conjuran al sujeto deseante y amante. Esto supone muchas contradicciones: entre ellas, las innumerables taras producidas por ideologías que dividen mente y cuerpo, lo sagrado y lo profano, y que condenan la sacralidad del deleite de dos cuerpos en un estallido orgásmico.
Para el lúcido y polémico psiquiatra Wilhelm Reich la salud mental se puede medir por el potencial orgásmico. Esto quiere decir que un individuo psíquicamente sano disfruta del sexo sin traumas o inhibiciones, y una persona neurótica no. Digámoslo de otra forma: uno se resuelve en la cama, no es necesario el orgasmo, pero la capacidad de entrega espontánea, libre, honesta, creativa y dionisiaca a otro deseado, real o imaginario, está directamente ligada a nuestra capacidad de vivir plenamente.
Pero en nuestra estúpida sociedad patriarcal se le ha dado más importancia a los pesos y a las balas que a la lenta y plena construcción del placer y el deleite. Siempre pisamos la cabeza de la serpiente que simboliza la fuerza de la vida.
Lo peor es que el erotismo en nuestra sociedad ha perdido su capacidad subversiva, su libertad y potencia creativa, poniéndose al servicio del mercado. Este nos dice cómo desear, nos vende una pobre imagen del erotismo, muy alejada del verdadero volcán o manantial del deseo asumido en la intimidad. La pornografía, visitante silenciosa de la mayoría de los computadores, es tediosa, repetitiva, estéril. La angustia, la compulsividad y el desencuentro se posesionan del lugar que debía ocupar el peligroso y redentor Eros. Hay que dejar claro que la proliferación desbordante de la sexualidad mercantilizada no garantiza la vivencia plena del erotismo.
No es extraño que la frigidez y la eyaculación precoz sean las marcas de nuestra precaria vivencia erótica. Perseguimos las imágenes de belleza de los medios masivos, y su tonta propuesta erótica, pero a la hora de la verdad, no nos apropiamos de las artes del placer.
Hay educación sexual, pero no educación erótica. Qué gran descuido de ese arte que nos hace específicamente humanos. Cuánta salud mental habría si cultiváramos, con más cuidado y arte, nuestro erotismo; si pudiéramos vivir nuestro instinto en el plano de la creatividad, el juego y el cultivo deliberado y consciente del placer. Tal vez habría más orgasmos de verdad y menos muertos.

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