Días de “abrazos”

Por Adriana Mejía
Por Adriana Mejía / Etcétera / opinion@vivirenelpoblado.com

En épocas preelectorales se lanzan a la jura, con autenticidad inexistente. Promeseros, malabaristas y “abrazadores”, vendedores del ungüento mágico que curará ciudades y departamentos.

Nada más significativo que un abrazo, por algo será que tantos estudiosos del comportamiento humano han escrito extensos tratados sobre el tema. Y tantos escritores y poetas le han dedicado montones de páginas y versos.

(Los seres humanos seríamos más empáticos -la humanidad, más compasiva- si nos abrazáramos más).

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Me encantan. Los abrazos y esta frase del naturalista norteamericano, Edward Paul Abbey: “Creo en lo que puedo tocar, besar o darle un abrazo. El resto es humo”.
Y me aterran los “abrazos”.

Entre ellos, los entrecomillados, ubico –con su permiso, sicólogos- los que, de origen, tienen menos sabor que un pollo a la poceta: los rutinarios, los protocolarios, los gelatinosos…, los políticos sobre todo.

En épocas preelectorales se lanzan a la jura, con la autenticidad inexistente de quienes solo buscan adeptos temporales. Hay que estar alerta con este tipo de recolectores de ocasión porque, una vez llenan de frutos las canastas, si te vi no me acuerdo. Y hasta una próxima oportunidad, la historia se repite, se repite, se repite.

Como si no los conociéramos… Como si no los reconociéramos…: promeseros, malabaristas y “abrazadores”. Culebreros sin culebra, vendedores del ungüento mágico que curará desamores, cólicos, ciudades, y departamentos. Aupados por la credibilidad de los espectadores de esquina, votantes potenciales en estos casos.

Se nos vino encima el tiempo de los “abrazos”; con carnaval y comparsa. Y con qué turbulencia, señores.

Que la política es dinámica, se suele decir con cierto tonito. No porque quienes lo afirmen crean que refleja la teoría disruptiva de un tal Sócrates, en el sentido de que la Política –con mayúscula- es innovadora y propende por la transformación personal de los ciudadanos. No. Es porque evitan decir que la política –con minúscula, cual es la nuestra- es oportunista, manzanilla, utilitarista, interesada, calculadora, chanchullera… Porque así son la mayoría de quienes la ejercen: politiqueros.

(Cuánto nos convendría una buena dosis de diálogos socráticos, aquí donde los foros son sainetes).

Me da pena con los dos o tres políticos que personifican honrosas excepciones, pero es que tienen unos colegas…

Los grandes filósofos deben de estar jalándose las greñas en sus tumbas, mientras aquí las multitudes tragan entero y algunos elegidos hacen de lo público, feudos privados.

ETCÉTERA: El autor de La República desconfía del sistema democrático porque, según él, da tanto poder a los ignorantes como a los sabios. Y ahonda en el dinamismo perverso del que se jactan muchos “demócratas”. Petro, por ejemplo. “abrazó” a Morris para la alcaldía de Bogotá, irrespetando a las víctimas de la violencia intrafamiliar, contradiciendo sus propias palabras de apoyo a las mismas e ignorando el compromiso público del movimiento que encabeza para visibilizarla y combatirla. ¿Dónde quedó la ética?, ¿dónde, la estética? Bajo tierra, como el metro que quiere construir. (La de cosas que te perdiste, Platón).

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