¿Envidia de la mala?

No conozco al primer lector envidioso. Descubrir lo que están leyendo los demás no da tristeza ni pesar. Si mucho, un leve cosquilleo en el esternón al darnos cuenta de que el tiempo no alcanza y constatar que tenemos un rimero de libros aún por leer
/ Esteban Carlos Mejía
El catecismo del padre Astete, Gaspar Astete, reliquia de principios y mediados del siglo 20, advertía, no sin cierto candor, que “contra envidia, caridad”. Caridad, o sea, amor. Más difícil no se puede, digo yo. Porque la envidia parece una calamidad ecuménica. Todos conocemos escribidores que hijueputean y zapatean por el fallo de un premio literario; candidatos derrotados que se rasgan las vestiduras ante el número de votos del candidato vencedor; doncellas y exdoncellas que se desvelan por culpa de la juventud, belleza o garbo de alguna vecina; empresarios que se atragantan de cólera al chequear los estados financieros de sus competidores…

Ahora bien, ¿lectores envidiosos? No conozco al primero. Por fortuna. Descubrir lo que están leyendo los demás, que yo sepa, no da tristeza ni pesar. Si mucho, un leve cosquilleo en el esternón al darnos cuenta de que el tiempo no alcanza y constatar que en la mesita de noche, en el escritorio o en nuestra biblioteca tenemos un rimero de libros aún por leer. ¡Bienaventurados los lectores que leen por amor! ¡Bienaventurados por su gozo y por su dicha! Contra la envidia, ¿lectura?

* Día tras día. ¿Y la efeméride literaria de esta semana? El 25 de enero de 1874 nacía en París, el cuarto hijo del consejero jurídico de la embajada británica y de su esposa tuberculosa, un bebecito al que le clavaron el pomposo nombre de William Somerset y que con el paso de los años se convertiría en el escritor mejor pagado de su época, Somerset Maugham.

Gracias al tecnicismo de haber nacido en la embajada británica, Maugham no fue súbdito francés. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó como conductor de ambulancias. Al final del conflicto, se vinculó al servicio secreto británico. Sus días como espía en Rusia inspiraron algunos de sus cuentos. Escribió con ambición y sagacidad. También con sobresaliente destreza para explorar, diseccionar, anestesiar y hasta mutilar el alma de la gente. Una obra quizás excesiva en la que “realidad y ficción están tan mezcladas que, echando una ojeada en ella, difícilmente se puede distinguir la una de la otra”, según señaló él mismo alguna vez.

A despecho de Servidumbre humana (Of Human Bondage), su novela más famosa, el libro de Maugham que a mí más me gusta se llama Diez novelas y sus autores (Ten novels and Their Authors), casi un manual de preceptiva literaria para escritores, expertos o novicios. Leer a Maugham no cansa: estimula.

* * Body copy. “¿Y cuáles eran los pecados imperdonables de Rafael Uribe Uribe como senador de la República? No haber asistido a la sesión en que se discutiría la consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús; haber abandonado el recinto del Senado cuando se debatió si el país debía sumarse a los festejos del mundo católico, que celebraba el quincuagésimo aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción. Por eso lo había odiado a muerte este país de fanáticos: por no modelar las leyes colombianas con la arcilla de sus supersticiones, por no encomendar el futuro incierto de la patria a las magias lejanas de una teología descompuesta”.
Juan Gabriel Vásquez. La forma de las ruinas. Noviembre de 2015.

* * * Vademécum. ¿Caridad? “Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno.” ¿Ecuménica? “Universal, que se extiende a todo el orbe”.
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