Entre las tapas de un libro quedaron el monte y el pasado

Juan Diego Mejía publica su octava novela esperando cerrar el tema de la revolución estudiantil en su obra literaria
El escritor es además el director de la Fiesta del Libro de Medellín. Foto Laura Montoya Carvajal

Por Laura Montoya Carvajal

Educado para madrugar y trabajar siempre, pero dispuesto a replantearse cada que lo sienta necesario, Juan Diego Mejía dice que no teme “tirar la estantería”. Cuando tenía 13 años lo hizo: se cayeron los libros y los juguetes, y después de levantarla otra vez, reordenó sus pertenencias en una nueva lógica. “Tirar la estantería es lo mejor del mundo, porque por más precioso que sea lo que uno tiene volver a empezar siempre es una nueva oportunidad”. De un colegio católico pasó a la Universidad Nacional, y de las matemáticas pasó a la revolución.

Cinco años en el monte le enseñaron del honor y de la lealtad, y lo hicieron pasar de ser estudiante a panadero, entrenador de fútbol, soldador, maestro, machetero, luego fue padre, y siempre a la espera del arma que lo convertiría en guerrillero. Pero las armas no llegaron.

De eso habla Soñamos que vendrían por el mar, su nueva novela. “Al volver solo quería escribir. Me quedó la obsesión de esa época tan intensa, hice unos cuentos, escribí A cierto lado de la sangre, luego El dedo índice de Mao, pero sentía que tenía una deuda. Esta novela está escrita con tranquilidad y alegría, porque entendí lo que pasó y lo que hicimos: que lo intentamos, pero no se pudo, que dejamos el alma allá… me duele mucho que hayan muerto algunos amigos en ese intento y que se quedaron enterrados en la selva”.

Por eso, desde la distancia que dan los 35 años que han pasado, la novela se le hace tranquila y sin resentimiento: “Es la historia de una generación que se desmovilizó antes de que comenzara la guerra”.

El personaje principal era estudiante de Arquitectura, pero por otra parte era actor de teatro y así se presenta. ”Pável en muy buena parte soy yo y en muy buena parte es Rodrigo Saldarriaga, el fundador del Pequeño Teatro, que fue mi gran hermano, mi gran amigo, a pesar de muchas diferencias que tuvimos en la última época de su vida”, explica el novelista, y aclara que aunque no es el centro del texto la historia habla de la actividad teatral de la ciudad en los 70, de la lucha por edificar la escena y de la cuestión de si el artista debe o no guiarse por la política.

Cuando escribió Era lunes cuando cayó del cielo en 2008, Juan Diego pensó que por fin se estaba acercando a los temas urbanos, lejos de las papayas, los guineos y los soñadores del monte. Pero lo que describe como “una sucesión de fracasos literarios” que vinieron después le mostraron que aún había algo por sacar. “Tomé unas novelas descartadas y las fui convirtiendo en cuentos. De estos tengo una colección que publicaré alguna vez, pero uno de los cuentos me parecía que era parte de esa historia que ya había tratado de contar, y decidí desarrollarlo en una nueva novela que creí que me iba a dar una distancia definitiva de la época. El cuento está en uno de los capítulos”.

El escritor mira una de las copias del libro, y dice que le alegra verlo como un producto terminado. Su escritura le tomó 11 meses. “Espero que el tema se corte aquí”.

En el momento Juan Diego dice que ve una nueva estantería cayendo, y que le interesa hablar de la ciudad de ahora, que le atrapa la capacidad de los jóvenes para moverse entre distintas posibilidades de vida y su curiosidad sin límites. Trabajar lo enorgullece, y le gusta que le permite, cuando quiere, escribir ficciones.