En surcos de dolores

 
Por: Juan Carlos Orrego
Con la idea de reivindicarlo en el corazón de cada ciudadano, a algún propagandista palaciego de quinta categoría se le ocurrió que su ejecución debía ser obligatoria en ciertas circunstancias, y hoy en día se lo escucha abriéndose paso entre la densa transpiración de las estaciones del metro o tras el ronco compás de un motor de bus, una que otra vez sepultado por los gañidos del vendedor de confites de turno. De tan vulgarizado, el canto patriótico no parece ya “La trompa victoriosa / Que en Ayacucho truena” ni el “gran clamor” de la Independencia, sino lo que fue en el día de su concepción: una simple poesía de Rafael Núñez.
La entonación del himno en los estadios ilustra buena parte de su actual degradación, y ello con el agravante de que en nuestro ejecutivo Atanasio Girardot apenas se recitan, como apresurados requisitos, los coros de las insignes odas de Colombia y Antioquia. Que sea un patético remedo de costumbre mundialista -donde, al fin y al cabo, son las naciones las que contienden- es la única explicación para la ejecución de la canción patria en el ordinario contexto de un partido de fútbol -piénsese, por ejemplo, en el “derby” Boyacá Chicó Vs. Seguros La Equidad-, más ligado a los eructos de los hinchas borrachos y a triquiñuelas de apostadores que a algún sublime valor nacional. Nunca he entendido la necesidad de cantar el himno como antesala a un cotejo futbolero, habida cuenta de que no es obligatorio entonarlo en el entierro de reputados patriotas ni reproducirlo, en casa, días como el 20 de julio o el 7 de agosto. Acaso los disturbios que tienen lugar en los estadios se juzgan con especial “admiración o espanto” -mucho más que los ocurridos en la calle o en los remotos campos que la violencia ha asolado desde hace más de medio siglo- en virtud de que significan una profanación a la previa bendición del himno.
Lo que le hace falta a la entonación del himno nacional es ganar en solemnidad, pero los actuales aspavientos de farándula apenas han banalizado lo que antes fue una vibrante ceremonia patriótica, en virtud de lo cual, sin que quepa duda, en nuestros días “empieza a presentirse / de la epopeya el fin”. Con seguridad, buena parte de la ciudadanía joven ha almacenado en su cabeza las marciales notas como si se tratara de la pegajosa canción de una propaganda de Coca-Cola o un tono de moda para teléfono celular; a un lado ha quedado el terror místico con que años atrás se escuchaban los acordes compuestos por Oreste Sindici, de los que se tenía noticia apenas en los actos cívicos de colegio o en las -por entonces poco frecuentes- alocuciones presidenciales. Quizá pueda decirse que, al contrario de lo que ahora se piensa y hace, lo que necesitaba nuestro himno era ser menos divulgado, para que la restricción le devolviera su perdido carácter de hostia selecta y sacrosanta. Y que no se alegue que la demente repetición de las estrofas permite entender gradualmente la letra de la emotiva canción, pues la escabrosa retórica del poeta de “El Cabrero” es, sin importar cuántas veces se la escuche, impenetrable: decenas de generaciones colombianas se han tragado sin masticar aquello de las “termópilas brotando”.
Lo tergiversan las barras bravas, se escucha en un Circular Coonatra y hace las veces de intermezzo entre dos vallenatos: en definitiva, el himno nacional se marchita “en surcos de dolores”.

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