Relicarios para honrar a las víctimas a través del arte

Relicarios fue portada en nuestra edición anterior y lo es de nuevo en la actual. Fotos Juan David Caicedo

La nueva exposición de Erika Diettes presenta objetos de 165 dolientes del conflicto armado colombiano, que juntos son un clamor por la memoria

Por Laura Montoya Carvajal
laura.montoya@vivirenelpoblado.com.co

A la sala se entra mirando hacia abajo, luego de dar un vistazo a los módulos simétricos que cubren el suelo hasta el fondo del recinto. Cada bloque, hecho de tripolímero de caucho, requiere que el espectador se agache para detallar los objetos que están inmóviles en medio del material.

“Mi intención era representar el duelo de un país ante la violencia. Cada relicario es un universo en sí mismo”, describe Erika Diettes, la artista que creó Relicarios, exposición del Museo de Antioquia que va hasta el 16 de abril.

Los objetos que hacen parte de esta muestra fueron aportados por dolientes o familias que han sido víctimas de asesinatos, desapariciones forzadas, desplazamientos, secuestros o violencia sexual en el marco del conflicto armado colombiano. Hay 165 relicarios expuestos, y cada uno representa a un individuo con los objetos que sus familias o ellos mismos guardaban para recordar la pérdida o el dolor.

Erika Diettes. Cortesía Olga Lucía JordánErika Diettes. Cortesía Olga Lucía Jordán

Erika ya lleva años trabajando con víctimas. Después de ver el artículo periodístico Colombia busca a sus muertos donde había un inventario de prendas recogidas en fosas comunes, se decidió a recorrer algunos lugares afectados por la violencia, hablar con las comunidades y pedir prestadas prendas de personas desaparecidas para una obra. Río abajo habló de esas víctimas, y de la posibilidad de que su cementerio fueran los ríos del país. En los rostros de sus familiares, testigos de la violencia, Erika vio su siguiente trabajo: los retrató en el momento más intenso de sus narraciones y lo imprimió en telas. Esta fue Sudarios.

“Siempre he dicho que un trabajo te lleva a otro. Hay un momento en que los tres trabajos de alguna manera se cruzan. Al ver la respuesta de las comunidades me pregunté: ¿qué es lo que genera que los dolientes decidan participar de una forma tan activa?”, dice Erika.

Por eso se aventuró a experimentar, pidiendo a los familiares los objetos en donación, para convertirlos en piezas artísticas: “Entendí que hay una necesidad de honrar, de guardar y enaltecer la memoria, y hacerlo a través de una obra de arte es una idea muy entendible y asequible para todos”, explica la artista.

Erika instaló un taller en La Unión (Antioquia), donde recibió personas de Urabá, Chocó, el Oriente antioqueño, Bogotá y otras regiones. Allí escuchó también la mayoría de los testimonios. Estas entrevistas las realizó con la ayuda de la socióloga Nadis Londoño, especializada en el manejo del duelo: “Me interesa que las personas no solo entreguen los objetos sino también saber la carga emocional que traen. Las formas en las que está colocado el objeto tienen que ver con la narración: una hija me hablaba del abrazo de su padre entonces el relicario es como un abrazo, otra persona me entregó el relleno de la almohada porque ella siente que ahí está el olor del esposo”, describe ella.

Muchos donaron prendas de vestir, como un pequeño disfraz de niño pequeño, camisas, calzones o pañuelos, pero también pueden verse fotografías, relojes, estampas de santos cepillos de dientes, perfumes o cartas. “Creo que lo más maravilloso de esta obra es que el doliente decide qué historia contar. El doliente que te entrega documentos de identidad quiere que esta se conozca. Otros entregan las balas o las camisas rotas, que son objetos que genera mucho dolor tenerlos, pero que tampoco los puedes desechar, así que encuentran un resguardo para ellos”. Incluso, cuenta ella, un señor fue a la que había sido su casa a recoger un poco de tierra que quedó en el relicario representando su tierra despojada.


“Guardar por ejemplo la sangre es guardar el último fluido de la persona que murió. Un trapito con el que niño limpiaba el clarinete, la madre lo guarda porque tiene la saliva del niño. Es ese deseo de atesorar el cuerpo físico”, apunta ella.

Los objetos organizados fueron puestos en el tripolímero con la idea de “suspender ese momento en el que también emocionalmente se queda suspendido el doliente”, y puestos a una altura que exigiera inclinar la cabeza en señal de respeto, parecido a un camposanto. En la muestra hay un bloque de color negro, que contiene los residuos de todos los materiales de la exposición. “Una señora me dijo que si yo quería representar la guerra debía poner un cubo vacío, que así quedaba uno. El cubo negro no es el vacío, sino el que contiene la posibilidad de todos los que no están”.

Erika, junto a su equipo de trabajo y el Museo de Antioquia lograron reunir a todos los familiares y le entregaron una fotografía de su relicario. De su trabajo con historias de violencia, Erika explica: “Hay un momento en el que logras entender que no estás trabajando solo con el dolor y la muerte sino también con la fortaleza y la resiliencia”.