En la calle 10, de puertas para dentro

Hoy, sobre la calle 10, entre el Éxito y el Parque de El Poblado, quedan cinco familias, tres de ellas de las más antiguas de la zona

“Cierras la puerta en la noche y no sientes nada, no se oyen los carros”, asegura Piedad

Por Catalina Peláez

Caminando por el costado sur de la calle 10, desde el Éxito hasta el Parque de El Poblado, nadie se imaginaría que hoy, en medio de semejante barullo, viven cinco familias en cinco casas que, a través de sus espacios cuentan una parte de la larga historia de El Poblado.

Nora Jaramillo
“Con la llegada del Éxito y el metro, El Poblado cambió cien por ciento”
Un viernes en la tarde, bastante bochornoso por cierto, visité la casa de Nora Jaramillo Restrepo. Al llegar, me recibieron ella y los campanazos de un reloj de pared de 1962 que me confirmaron que estábamos cumpliendo con la hora acordada para la cita: las tres de la tarde. “Vivimos en esta casa desde 1960, a mí me trajeron aquí de 12 años, entonces ya podés hacer la cuenta de cuántos tengo”, dice Nora, sonriendo. Recuerda, además, de manera vívida, que su papá, su mamá y sus tres hermanos menores se pasaron a esa casa el 27 de octubre de 1960, un miércoles, “al otro día mi hermano cumplía 10 años, nunca se me va a olvidar”, dice. “Hoy, aunque ya no están papá y mamá, sigue siendo la casa de abuelos”, expresa Nora, quien se reconoce a sí misma como la abuela, la tía, la hermana y “la todo”. Aunque a la casa llegaron en 1960, la historia familiar en esa vivienda se remonta a 1935, cuando su abuelo paterno la construyó para vivir ahí, hasta 1956 año en el que murió. En adelante, la casa estuvo alquilada hasta que su papá, Franciso Eladio Jaramillo decidió volver a ella y hasta el día de hoy la familia la conserva. Ahora, en la casa vive Nora y, algunos días, su hermano menor Sergio; sus otros dos hermanos se casaron y viven con sus familias en otras casas. “En El Poblado están sucediendo muchas cosas y, yo te digo, el progreso es muy bonito pero no nos metamos mentiras, con la llegada del Éxito y el metro, El Poblado cambió cien por ciento”, asegura Nora, quien agrega que sobre esa calle también vive otra de las familias más antiguas de la cuadra, los Posada Zea, a quienes no fue posible entrevistar.


Casa de Nora Jaramillo. Al fondo, reloj de pared de 1962

Corredor principal de la casa de Nora Jaramillo
“No nos vamos de acá porque uno siempre quiere lo suyo”
Algunos negocios más arriba de la casa de Nora, porque sobre la calle 10 ya no se cuentan viviendas sino locales, está la casa de la familia Uribe Echeverri. “Nosotros somos nueve hijos; mi papá y mi mamá ya fallecieron. Prácticamente todos nacimos aquí, excepto el mayor que nació en una casa de la calle 9. Somos cinco mujeres y cuatro hombres… todos estamos vivos, y aunque mis papás no estén, esta es la casa de los abuelos”, cuenta Susana Uribe Echeverri, quien junto a tres de sus hermanas conservan la casa que, según dice, puede tener más de 72 años y que fue levantada por su papá, un maestro de construcción. Haciendo la interminable lista de las familias que en otra época habitaron sobre la calle 10, los Saldarriaga, los Restrepo, los Penagos, los Orozco, los Montoya, etcétera, llega a la mente de Susana el recuerdo de la casa de don Víctor Restrepo: “El tradicional don Víctor, de El Poblado. Él traía los cuadernos de la Bedout, y todos tenían que ver con ese señor porque era el que nos surtía los útiles para la escuela”.
El apego de esta familia por su casa aflora en cada palabra utilizada para referirse a ella. “No nos vamos de acá porque uno siempre quiere lo suyo. Nosotros adoramos la casa. La pintamos, la cuidamos y tratamos de conservarla porque hasta el momento no se nos ha ocurrido pensar que la vamos a vender”, afirma Susana.


Casa de Nora Jaramillo

Como en otra dimensión
Desde 1993, Alberto Hugo Restrepo Saldarriaga vive con su hijo Santiago en otra de las viejas casonas de la calle 10. La puerta de entrada a la casa, pintada de blanco inmaculado, no dice nada, pero al cruzarla, recorrer unos cuantos metros y traspasar un segundo portal de entrada, se pasa a otra dimensión. El calor, el ruido, el polvo, los olores, la multitud y el desorden de la concurrida calle quedan atrás. Adentro, los sentidos se despiertan de tal manera que caminar por la casa se vuelve una experiencia absolutamente sensorial. Cuenta Alberto que cuando fue a comprar la casa, esta estaba casi en ruinas, hoy es difícil creerlo. “Antes de que yo comprara la casa, ya llevaba desocupada seis años; a mí me decían que el dueño no la vendía y que ni se me ocurriera ofrecer por ella”. Al final logró convencerlo y hoy no solo disfruta de la casa a la que le construyó un segundo piso, sino también de un gran estudio y un patio, su lugar favorito. “En este momento está florecida la orquídea y estas son yucas, que traje de una finca… ¡mire! ¡acá tengo nabos gigantes! Si no les cambio el agua se me van a podrir. Cuanta semilla vea por ahí me la traigo. Ahora que estuve en Europa me traje unas semillas de baobab y de secuoya, esta semana preparé el semillero porque estamos en menguante”, cuenta Alberto mientras recorre el jardín.


Alberto Hugo Restrepo


Estudio y oficina de Alberto Hugo Restrepo, situado junto al patio trasero


Estudio y oficina de Alberto Hugo Restrepo, situado junto al patio trasero


Casa de Alberto Hugo Restrepo. Al fondo, portal de entrada


Puerta de entrada al estudio de Alberto Hugo Restrepo

La casa de la esquina
En toda la esquina de la calle 10 con la carrera 43 C vive Piedad Helena Sosa López, en una antigua casa que también funciona como hotel, solo para colombianos. “Yo no recibo sino colombianos que trabajen o estudien, tengo dos muchachos estudiantes que son residentes del hotel, no me gusta hospedar a extranjeros porque vienen más que todo a tirar vicio al Parque Lleras y son muy complicados. Además, yo no sé inglés ni lo voy a aprender”. Piedad llegó a vivir a la casa en 1989, cuando junto a su esposo la compró. Tardó un año antes de que pudiera ser habitada porque, según dice, la casa estaba “caída”. Hoy, cada espacio de la casa, que con esmero ha cuidado Piedad, cuenta una historia de más de 60 años, y aunque siente que la 10 ya no es lo mismo ni para los pajaritos, asegura que de su casa no se va.


Corredor principal de la casa de Piedad Sosa


Ventana con vista al patio de la casa de Piedad Sosa


Cuenta Piedad Sosa que muchas de las antigüedades de su casa pertenecieron a sus abuelos


Sasa de Piedad Sosa


Sasa de Piedad Sosa