Elvira Mesa

 

Elvira Mesa

 

 
 

Una líder de El Poblado, de las de toda la vida

 
   

¿Qué se le viene a la cabeza cuando le nombran El Poblado?
De El Poblado solo queda el nombre. Nací en la Loma del Garabato, hace 79 años y el único templo religioso que existía era la Parroquia de San José en el Parque de El Poblado. En ella me casé hace más de 50 años. Mucha gente desconoce que para ir al Centro, uno debía desplazarse hasta donde está localizado Oviedo, donde era posible tomar el tranvía.Esto no es lo mismo desde que nos fueron descubriendo algunos políticos que se fueron entrando para hacernos promesas incumplidas. Estas eran lomas y alrededor de ellas estaban ubicadas fincas enormes. Se respiraba aire puro, todo era taciturno y tranquilo.Aquí estaban Campo Amalia, San Francisco, Monserrate y entre ellas, mis antepasados vivían en bohíos y chozas,claro está que a mí me tocó vivir en casas de bahareque.

 
   
 
 
   
 

¿Qué diferencia existe entre el sector actual y El Poblado de antaño?
Ahora El Poblado dejó de ser pueblo y campo para cederle terreno a la ciudad. Por eso las grandes extensiones de zonas verdes cargadas con árboles frutales se extinguieron, con el fin de construir grandes comercios y unidades residenciales. Cuando nací en esta tierrita, aquí no existía comercio, a excepción de los graneros. Para comprar telas y zapatos, mi mamá tenía que desplazarse hasta el Centro. No había mercados y uno de los programas de todo un día, era ir a mercar hasta la Plaza de Cisneros.

¿Cómo vivió su niñez por estas lomas?
Fue una época deliciosa. Me recuerdo siempre descalza, comiendo frutos silvestres sin pedirle permiso a nadie. Cogiendo zapotes, naranjas y uvas. Por ese entonces, mi papá era jardinero en Campo Amalia, propiedad de la familia Ángel, en lo que hoy es el Centro Comercial El Tesoro. Allí también cuidaba las vacas y las ordeñaba. Era normal que lo visitara en su trabajo todos los días. Me iba en un caballo sin montura para llevarle el desayuno y me encantaba verlo ordeñar las vaquitas. En la sombra de los naranjos, mi mamá me enseñó a leer, por tanto, cuando empecé a estudiar a los 6 años, en la Escuela mixta La Aguacatala, yo ya tenía esa ventaja. Era una casona enorme, de salones amplios y los baños eran una zanja. En esa escuelita cursé mi primaria y en el mismo año, me pasaron de primero a segundo, porque sabía leer de corrido. Mi papá murió cuando yo tenía 8 años, los dos hermanos mayores se casaron, entonces me trasladé con mi mamá y mi hermana, a una casa de bahareque que no tenía energía. Años después, don Lázaro Londoño, un personaje importante de Epm, le trajo el fluido eléctrico a la loma.

¿De qué manera inicia su trabajo como líder comunitaria?
Mi trabajo como líder empezó desde la escuela, porque allí fui una de las fundadoras de la Cruz Roja. Mi mamá me diseñó un uniforme blanco de enfermera. La profesora Isabel Maya nos dio un curso de enfermería y para comprar las curitas y los medicamentos, hice colectas en todas las casas de la loma. Recuerdo que en una de las fincas, donde vivía una pareja de alemanes, me dieron un billete de un peso y eso nos alcanzó para comprar todas las cosas del botiquín. Cuando una niña se aporreaba, yo siempre estaba atenta para hacerle la curación… era la enfermera feliz, dándoles jarabe a las niñas con gripa. A los 13 años, la señorita Mercedes Echavarría fundó la Residencia Social, en la calle 10, adonde asistía para recibir clases de redacción, ortografía, trabajos manuales y aprendí a poner mis primeras inyecciones. En ese lugar atendían a personas humildes a través de asesorías médicas, en las que practicaba con la jeringa. Me convertí en la enfermera de la loma, ponía las inyecciones gratis y donde me necesitaban, ahí estaba.

¿Qué pasó después?
Me casé a los 22 años. Meses después del matrimonio, un carro me atropelló, entonces me fracturé una pierna y la perdí. Por el accidente, mi trabajo como enfermera se vio entorpecido, inclusive tuve mi primer hija en muletas. Empecé a usar una prótesis que mandaron desde Estados Unidos, lo cual era una verdadera novedad. Tiempo después se creó la Junta de Acción Comunal, en Los González, integrada por personas de diferentes partes y cuyo fiscal era Samuel Loaiza, habitante del Garabato. Sin embargo, ya en los años 70, Loaiza tuvo sus diferencias y decidió montar una junta en el barrio. Ahí entré de lleno a trabajar en el aspecto de la salud, aunque no pertenecía a la Junta. Entonces nos empieza a apoyar Darío Londoño Cardona, un aspirante al Concejo de Medellín y el alcalde Bernardo Guerra que comienza a fortalecer nuestro trabajo comunitario. Luego empecé mi labor como fiscal; después propuse un reinado para recolectar fondos, también hacíamos empanadas cada 8 días. Gracias a esas actividades, construimos alcantarillados y abrimos carreteras. Sin embargo, el cuento mío era la salud y saque adelante un comité de atención médica que sigo liderando hasta el sol de hoy.

Usted aún se mantiene activa en el trabajo comunitario
Yo siempre parezco una hormiguita, me deprime estar inactiva. Todavía manejo el plan de salud en estrecha colaboración con el Simpad. Pero la cosa ya es muy diferente, la gente ya no es tan solidaria como antes y son muy perezosos para trabajar. Cuando ya se tiene agua potable, energía y buenas vías, las personas se conforman y no luchan por la comunidad. El cambio más radical se dio cuando las personas pudientes fueron vendiendo las fincas y los lotes fueron invadidos por las constructoras para construir torres residenciales. Durante muchos años hemos tratado de vincularlos a nuestros cuentos, pero todo ha sido infructuoso, ya que nunca nos responden a las invitaciones que les hacemos. Por tanto, esa la labor social está enfocada a nuestras necesidades, pero sería muy rico que todos sin importar la condición social, se vincularan al trabajo comunitario.