Ellas no lucen resentidas

   
  ¿Cómo actuar correctamente? ¿Cuándo somos justos y cuándo nos excedemos?
Estas preguntas implican respuestas diversas o juicios de valor muchas veces subjetivos; internamente los copropietarios vivimos una situación difícil, una suerte de guerra civil nada agradable y muchas dudas. Finalmente, tras escuchar a la autoridad ambiental en asamblea extraordinaria, se decidió por mayoría que las garzas debían marcharse.
De afuera, quienes leyeron el artículo publicado en la edición 411 de Vivir en El Poblado, apenas logran ver que somos unos insensibles; lo cierto es que ellos no estaban allí semana a semana para ver cómo se deterioraba el lago; no alcanzaban a ver en las fotos que los árboles donde dormían las garzas estaban completamente secos y a punto de caer. Son lectores bien intencionados que desconocen las alergias sufridas por algunos habitantes del condominio y a cuyas casas no llega el hedor del lago que nosotros soportábamos.
Un amigo que ha sido bastante cercano a la situación me preguntaba: “¿No había otras alternativas?” Seguramente, pero lo que se había intentado no funcionó y las garzas se multiplicaron cada día más. Los empleados de Sierra Blanca, dedicados y trabajadores como pocos, no cesaban en su empeño de mantener el lago lo mejor posible con la presencia de las garzas, pero su capacidad de ensuciarlo y deteriorar el ambiente los superaba con creces.
En este contexto, muchos de los propietarios llegamos a un límite, por eso la decisión fue que ellas se fueran y se hizo de una forma respetuosa. Si bien el habitante citado en el artículo de Vivir en El Poblado decía que las habíamos “torturado sicológicamente”, la medida de tumbar los árboles –como mencionaba antes, ya muertos–, resultó suficiente, lo otro fueron ruidos con latas y otros objetos, acciones que desde mí perspectiva no resultan en una tortura.
Que deben reubicarse, que no es la situación ideal, obvio, pero ellas son una especie foránea que hace tres años no estaba allí, se adaptaron y se quedaron. Ya encontrarán un espacio más propicio para hacer sus nidos sin afectar el ecosistema circundante. Dudé mucho si escribía o no este artículo, porque no estoy interesada en decir la última palabra, en llevarme el punto, pero había cosas que no estaban dichas y que considero necesario ilustrar.
Las garzas se fueron, a ratos pasan de visita, sobrevuelan y se van en busca de otro lugar; ellas no lucen resentidas. El asunto ahora es cómo nosotros, los “racionales” seres humanos logramos superar este incidente. ¿Será que queremos continuar con esta guerra civil? ¿No es ya suficiente con lo que vivimos en este país?
Claudia Arias Villegas.