El silencio de Salinger

 
Por: Gustavo Arango
Algo le falta al mundo desde que murió Salinger. Le falta el muerto, claro. A dos o tres mascotas, y a sirvientes discretos, les faltará el anciano que se iba cada día a una cabaña sin ventanas –muy cerca de la casa principal– a escribir o dormir, a pensar y callar. Pero al mundo que queda más allá de esa obstinada fortaleza en las montañas de New Hampshire le hará falta el silencio sobre todo. El mundo no es el mismo sin el silencio de Salinger.
Alguien dijo que J. D. Salinger se había hecho famoso por no querer ser famoso. Sería más preciso decir que quiso ser famoso, que empezó a conseguirlo, y que cuando pudo entender el carácter infernal de la fama decidió darle la espalda de por vida. El asunto pudo haber pasado inadvertido –hay muchos escritores que dejan de escribir o publicar– si los libros de Salinger no fueran tan importantes y si él mismo no hubiera defendido con tanta fiereza su silencio y su soledad.
Su novela, The Catcher in the Rye, es algo así como la biblia de los incomprendidos. La historia de Holden Caulfield modeló para siempre a los rebeldes sin causa en el país del sueño. Es uno de los libros más robados en las bibliotecas. El asesino de Lennon y el hombre que intentó matar a Reagan son parte de la multitud obsesionada con esa historia. En vista de que todos somos incomprendidos, El guardián entre el centeno (como la tradujo Aurora Bernárdez) es legendaria como una canción de rock. Cuando el título aparece aquí en una conversación, alguien exclama emocionado: “Es un clásico”. Y es cierto, The Catcher in the Rye es y ha sido siempre un clásico. Pero no fue el único libro importante de Salinger.
Holden Caulfield no es ni siquiera su personaje más interesante. Como cuentista, Salinger llevó el género a dimensiones nuevas. Es un maestro de los gestos, de los pequeños detalles; sus historias parecen vistas con lentes de aumento y transcurrir en cámara lenta. Su libro Nine Stories es otro clásico. Seymour Glass, el personaje que se suicida en el primer cuento, es más interesante que su propio creador. Antes de darle la espalda al mundo y a la fama, Salinger publicó un par de libros más, sobre Seymour Glass y su familia. Luego se dedicó a defender, con abogados y escopetas, cualquier intento de invadir su privacidad.
Se tejieron muchas conjeturas sobre el silencio de Salinger. Su empeño por pasar desapercibido generó una curiosidad morbosa sobre su vida personal. Hay quienes afirman que disfrazó de renuncia el hecho de haber agotado su energía creativa. Lo cierto es que Salinger permaneció casi medio siglo combatiendo el ruido de los medios, negándose a conceder entrevistas (salvo una, que les concedió a unos estudiantes de colegio), negándose a publicar, y tal vez escribiendo una obra literaria que ahora tenemos la esperanza de conocer.
Yo mismo tengo mis propias conjeturas sobre el silencio de Salinger. Sus últimos textos conocidos están permeados por un sentimiento religioso que el mundo moderno descalifica y desacredita. Es de esperar que la obra que decidió que fuera póstuma tenga una fuerte presencia de ese sentimiento religioso. Es natural que no haya querido exponerla y exponerse a las burlas, al descrédito, en un mundo envenenado por la vanidad y el materialismo. Pero ahora lo escrito es inapelable; el creador no puede ser atacado. De ese modo, eligiendo el camino de los místicos, J. D. Salinger habrá creado otro clásico. Sólo falta que alguien venga a remplazar ese silencio que era tan necesario.

Oneonta (NY), febrero de 2010.
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