El recolector de las letras que ruedan por el suelo

Carlos Mario Múnera es coleccionista de cartas hace 12 años. Tiene más de 300, publicó un libro y hoy prepara un nuevo proyecto

< Carlos Mario Múnera. Fotos Sébastien Herbiet

Por Laura Montoya Carvajal
laura.montoya@vivirenelpoblado.com.co

“Eres todo para mí por encima de todas las cosas te amo (sic)”. Eso escribió Jorge en un telegrama para Sandra en 2004. Y ahí queda la historia. Lo único que puede agregarse es que luego, de los papeles de un reciclador, doblada en seis, fue recogida por Carlos Mario Múnera.

Carlos dice que por algo fue botada esta carta. ¿Habrá hecho algo mal Jorge? ¿Terminó la relación? ¿Se fue a la basura por error? Claro que ha encontrado otras rasgadas hasta en 80 partes, los pedazos volando a lo largo de un andén y en las alcantarillas, o arrugadas, rodando por las esquinas, que no dan lugar a dudar que fueron dejadas a su suerte en la calle.

De pequeño, Carlos salía con su abuela en Manrique, que recogía y guardaba cachivaches en tarros de metal pensando que luego podría necesitarlos. Ella le transmitió este cariño por los objetos y él también comenzó a guardar clips, juguetes, coleccionó libros. Hoy son pocas las cosas que guarda, porque ya ha se ha “regulado” y ha dejado ir muchas de cajas y juguetes.

Sin embargo, en 2004, cuando vivía en Cabañitas (Bello), camino a la estación del metro comenzó a encontrarse cartas en el suelo, pequeñas notas de novios que leía, pero luego botaba. Después de la tercera, decidió comenzar a guardarlas. 

“Se volvió una colección de la que no me quiero deshacer. Me ha dado mucha felicidad y me devuelve cosas agradables”, explica Carlos, quien es comunicador y diseñador. Las cartas las clasifica en amor, desamor, declaración, oración y otras categorías, porque incluso se ha encontrado partes de diarios descartadas o chats estudiantiles en una única hoja.


Su afición lo hizo buscar formas de reparar y conservar las cartas, que encontraba casi siempre en días de lluvia (“¿Será que se despierta la nostalgia de leer cartas?” se pregunta el coleccionista) y en lugares de tránsito hacia el metro, como puentes o calles cercanas. A veces incluso acudía varios días al mismo lugar, buscando pedazos faltantes de una carta rasgada. Con lupa, pinzas y colbón las junta, aunque casi siempre le queda faltando alguna pieza.

“Wilson, la nostalgia se está apoderando de mí, pero tu ausencia me duele. Háblame, para saber a qué me atengo. Doris”. Su colección tiene tanto de amor y bellos sentimientos como de desamor e insultos. Carlos recuerda que en 2005 una estudiante suya le llevó una copia de un manuscrito que insultaba a una mujer por “lesbiana, asquerosa y solapada” que había encontrado pegada a un poste en Prado Centro. En la nota, se anexaba la dirección y el teléfono de la mujer. Un año después el comunicador, haciendo compras para su matrimonio en la calle 30, encontró una nueva fotocopia pegada de un poste, con iguales improperios y el detalle de cómo la mujer se “aprovechaba de la buena voluntad” de los hombres en las heladerías.

Casi todas son manuscritos, pero están también el telegrama y una excusa a máquina de escribir para una estudiante que llegó tarde al colegio. En un diario de varias páginas de cuaderno una niña de 13 años cuenta por capítulos cómo entregó su virginidad a un novio que después la dejó por otra niña. La pequeña titulaba “Mi transcurso” o “La traición” estos apartes desechados.


En 2011 Carlos decidió editar algunas de las más de 300 cartas que guarda en el libro El coleccionista de cartas de la Editorial UPB, donde cuenta cómo las encontró y también habla de su percepción de la ciudad. “Desde que lo publiqué no me había vuelto a encontrar cartas”, dice él. Hace mes y medio comenzó un proyecto también basado en lo epistolar: a partir de una carta real de quien conoce el remitente, busca construir la historia de este escritor, que se dirige en la carta a su padre. “Lo gracioso es que inmediatamente comienzo este proyecto me encuentro una carta de una niña que le escribe a su papá”, dice el recopilador.

Para Carlos, “estas epístolas de la gente común y corriente son muy valiosas”. Por esto ha querido exponerlas, y mostrarlas a educadores, psicólogos, grafólogos y otros profesionales, y también convertirlas en un producto audiovisual. Por ahora se dedica a su esposa y su hijo de 7 años, a realizar un programa en Televid y a su nuevo proyecto. Y 12 años después, los ojos buscando en el suelo pedazos de papel que puedan contener una nueva historia.