El punto de quiebre

 

Entre los libros más vendidos en Estados Unidos en los últimos 2 ó 3 años figura uno no muy grueso llamado “The Tipping Point”, que podríamos traducir como “El Punto de Quiebre”. Escrito por Malcolm Gladwell, centra su argumentación en que en muchas ocasiones de la administración pública, los negocios y la simple vida diaria, es posible lograr cambios radicales en situaciones aparentemente insolubles con un esfuerzo relativamente bajo.

 
   
 

Menciona Gladwell entre otros el caso, que ya es clásico en la literatura de administración, de cómo a comienzos de los 90, y gracias a la original gestión de un nuevo director de policía, se logró revertir la tendencia negativa de muchos años en la seguridad de la ciudad de Nueva York. Sin necesidad de aumentar la fuerza de policía, sin necesidad de grandes inversiones en tecnología o infraestructura, hasta convertirse en la ciudad grande con los mejores índices de seguridad de Estados Unidos.

Fueron dos las claves: Primero, en lugar de diseminar los policías por toda la ciudad, como hacían antes, los concentraron en pocos puntos críticos con alta incidencia de delitos y -sobre todo- de muy alta visibilidad por parte de la población. En especial en estaciones subterráneas del metro. Y segundo, a cada oficial a cargo de un grupo de agentes le fue asignado un sector pequeño, bien delimitado, y se le ordenó presentar todas las semanas un breve informe sobre la zona ante todos sus superiores y -ojo a esto- ante sus colegas.
Estos sencillos cambios administrativos llevaron a que cada oficial se esforzara de manera muchísimo más profunda por mejorar el desempeño de su zona. Todo por no quedar mal ante sus pares (¡uno de los motivadores más fuertes!). Pronto se llegó al “tipping point”, o sea aquel punto en el que con un pasito más se le da vuelco a la situación y ya no hay quién detenga el mejoramiento.

Tanto los mismos agentes como el público en general se dieron cuenta de que sí se podía y la percepción de ambos empezó a cambiar. Percibieron que el problema era solucionable y que ellos podían aportar, hasta llegar al extremo de que justamente aquello que era la mayor vergüenza, se convirtió en uno de sus mayores orgullos.
En Medellín tenemos diversos ejemplos a los que podría aplicarse esta teoría, algunos de los cuales evaluaremos en futuras columnas. Y no hay que limitarse a casos ya tan discutidos como la inseguridad en las calles, el incumplimiento de normas de tránsito, o el ya tradicional irrespeto a (y de) los peatones. También podríamos mencionar situaciones menos dramáticas, pero que reflejan el espíritu de una ciudad, como la gastronomía.

Con algo de esfuerzo y mucho de inspiración, liderazgo y convicción, Medellín podría pasar de ser una de las más atrasadas en términos de gastronomía, a ser la líder nacional del tema, y que sea, en un día no lejano, valorada por la amplia variedad, constante originalidad y altísima calidad de sus restaurantes. En especial los de El Poblado.

franco.jc@une.net.co