El populismo

 
 
El populismo
 
   
 Por: Luis Guillermo Patiño Aristizábal 
 
La discusión contemporánea en torno al término populismo no arroja unos resultados únicos ni mucho menos una concepción universal sobre el mismo. Por el contrario, su poca consistencia teórica y la carencia de una línea académica e ideológica -representada por un autor, obra o acontecimiento- que permita determinar su génesis y ascendencia, ha posibilitado que este término presente múltiples caras e interpretaciones, y haya sido recurrentemente empleado para designar en diversas partes del planeta a movimientos sociales, liderazgos y estilos que poseen ciertos líderes y organizaciones de diversa índole que defienden el concepto de “Voluntad popular”, y estiman primordial el contacto directo con un líder carismático que encarne las aspiraciones del pueblo. Esta dificultad para nominar el término populismo obstaculiza su caracterización dentro de la teoría política.
A pesar de la inconsistencia de la ideología populista y siguiendo a Peter Wiles podemos señalar algunos rasgos que se le imputan y que ha posibilitado a personajes y movimientos de todo tipo en diversos contextos históricos, políticos y sociales materializar sus propósitos a través de un estilo y discurso político (el populista)2:
– Un programa de acción política que surge para combatir el statu quo, preservado por una élite que detenta el poder político y/o económico, y que atenta contra los intereses de la mayoría de la población rural o urbana. El populismo se opone con fuerza al orden establecido, aparece cuando un grupo numeroso, al tomar conciencia de su situación, se siente alienado, explotado o rechazado por los centros y grupos que detentan el poder.
– Los líderes que adoptan un discurso populista establecen una relación directa y personalista con sus seguidores, en la que no existe la mediación institucional para tal relación; se hace presente un contacto místico con las masas, mediado únicamente por el liderazgo y el carisma del líder.
– Los movimientos populistas exigen la intervención activa del Estado en los asuntos económicos, militares y en las políticas sociales y de bienestar que deben adoptarse en la nación. Exigen la presencia de la ayuda estatal para atemperar el sufrimiento como consecuencia de la pobreza o la guerra de las clases menos favorecidas.
– Los movimientos o asociaciones populistas son de corta vida, porque no se estructuran como partidos auténticos y estables, teniendo pocas posibilidades de perdurar y constituirse en agentes promotores de las transformaciones sociales de largo alcance.
– El discurso populista, no tiene raíces profundas, no se establece a partir de una teoría o ideología bien fundamentada, se instaura sobre una retórica y una demagogia construida a toda prisa sobre los tiempos difíciles.Los populismos en Latinoamérica han tenido desde los años 30 como centros primordiales a las ciudades, donde los procesos de industrialización y modernización posibilitaron su consolidación. Este populismo estuvo marcado por contradicciones. Primero, no tuvo éxito en mantener un equilibrio de forma permanente; se constituyó en un mecanismo manipulativo para controlar poblaciones marginales que deseaban incorporarse a la vida urbana y no modificó estructuralmente el statu quo. Segundo, a pesar de sus limitantes, no podemos desconocer que el populismo de esta época obtuvo algunos logros: estimular el sentido de inclusión en las sociedades, posibilitando la incorporación a la ciudad y al mismo sistema político a las clases populares que permanecían marginadas y con mínimas oportunidades de participar en asuntos de interés nacional. Entre los representantes del populismo de primera generación de los años 30 al 50 tenemos a Juan Domingo Perón (Argentina), Getulio Vargas (Brasil), Lázaro Cárdenas (México), Víctor Raúl Haya de la Torre (Perú), Rómulo Betancourt (Venezuela) o Jorge Eliécer Gaitán (Colombia). Después de este largo período, dice Marco Palacios: surge una segunda generación populista en los años setenta y comienzos de los ochenta, en la que figuran militares golpistas y reformistas como Juan Velasco Alvarado y Omar Torrijos; los políticos profesionales del estado PRI, como Luis Echeverría y José López Portillo; o como el primer Carlos Andrés Pérez y, un poco tardíamente Alan García.El “largo periodo del populismo” en la región parecía terminar, porque el fracaso de líderes y gobiernos de corte populista para consolidar las reformas que habían planteado, hicieron colapsar este tipo de proyectos. A pesar del contexto hostil para los populismos tradicionales, surge una nueva oleada populista llamada de “Tercera Generación” o “Neopopulista”, que logra adaptase por su discurso, estilo y estrategias al contexto de la globalización. Los nuevos populistas como Menem, Fujimori, Salinas de Gortari y Collor de Melo, desmantelaron las estructuras de poder instauradas durante el proceso de industrialización y del Estado del bienestar latinoamericano, pero a demás se convirtieron en los estandartes de la apertura económica en sus países, permitiendo el ingreso de capital extranjero y de la liberación de mercados. Dentro del neopopulismo el líder representa la voluntad del pueblo, su poder sobrepasa muchos de los mecanismos y procedimientos de la democracia liberal, su contacto directo con las masas, le posibilita obtener un apoyo mayoritario de la población, que acepta entregar o delegar el poder a estos líderes de corte autoritario, quienes dicen encarnar y personificar las aspiraciones populares. Además, gracias a la utilización desmedida de los medios masivos de comunicación, logran fortalecer su imagen y representar al mismo tiempo la autoridad y el orden, llegando incluso a simbolizar la voluntad popular. Asimismo, se quieren presentar como los únicos con capacidades extraordinarias para resolver las graves problemáticas que padecen sus sociedades, y mediante el señalamiento de un “enemigo” responsable de los problemas sociales, adoptan políticas pragmáticas para derrotarlo, y de esta forma vuelva el “orden” y el bienestar a la población.Para finalizar, Podemos establecer que el populismo y su variante el neopopulismo, de alguna manera, son incongruentes con la democracia representativa porque reproducen elementos negativos del caudillismo y del clientelismo de otrora, dando prioridad a la voluntad indiscutible y autoritaria del líder por encima de las instituciones republicanas. De allí, la aparente dificultad que tienen los populismos para adaptarse al engranaje institucional de la democracia, propiciando modalidades de dominación política, que O’Donnell denominó “democracias delegatarias”.