El pensador

     
     
     
    El pensador
     
     
    Con toda claridad, Nadín Ospina hace referencia a otra obra, también titulada “El pensador”, que el francés Auguste Rodin, quizá el más grande escultor desde Miguel Ángel, realizara a finales del siglo 19
     
       
     
     
       
     
    Por Carlos Arturo Fernández U.
     
     
    Al menos desde mediados del siglo 19, los artistas comenzaron a dejar atrás una visión tradicional del arte, que había puesto toda su búsqueda en el desarrollo perfecto de la técnica para lograr la creación de objetos bellos. Desde entonces, inmerso en la vida moderna, el arte ha multiplicado sus perspectivas, invitándonos a pensar sobre la realidad, la cultura y el arte mismo.
    En esa dirección, Nadín Ospina (Bogotá, 1960) entiende el arte contemporáneo como un proceso incesante de reflexión, cuyo valor fundamental estriba en la capacidad de abrir siempre camino a nuevas ideas.
    “El pensador” es una escultura en bronce pintado, de dos metros de altura, 90 centímetros de ancho y 504 kilogramos de peso, que Nadín Ospina instaló en 2009 en el espacio público de la sede de Bancolombia en el sector de Industriales, en Medellín. Sobre un alto pedestal, como si se tratara de una escultura clásica, Supermán aparece profundamente sumido en sus pensamientos.
    Con toda claridad, Nadín Ospina hace referencia a otra obra, también titulada “El pensador”, que el francés Auguste Rodin, quizá el más grande escultor desde Miguel Ángel, realizara a finales del siglo 19. El de Rodin es un personaje hercúleo, desnudo, que hace patente la situación del hombre moderno: fuerte y poderoso, como una encarnación del mito del superhombre, dominador de la naturaleza gracias a los desarrollos de la ciencia y de la técnica, pero, al mismo tiempo, intensamente reflexivo y problemático.
    Con humor e ironía, “El pensador” de Nadín Ospina activa un proceso de pensamiento similar, con la carga simbólica del que es, quizá, el más famoso superhéroe de la cultura popular. Porque, más allá de su potencia fascinante, Supermán es la imagen misma del desamparo, la soledad, el desarraigo, la desubicación, la fragmentación de la personalidad, los límites de la comunicación, a la vez ultramoderno y de fuerzas primitivas, poderoso y terriblemente débil, quizá sin futuro. Y también es posible entrar en el debate de la ideología imperialista que revelan sus aventuras, que ya no son historias sino meras historietas, con toda la carga peyorativa que arrastra esa palabra. Pero, más allá de ello, Supermán encarna muchas de las paradojas del hombre contemporáneo, que tampoco parece disfrutar ya de una dignidad histórica. Y, por eso, este Supermán piensa, quizá dolorosamente; y esa actitud deja abierta la obra a otras posibilidades de interpretación.
    Pero también como escultura “El pensador” de Nadín Ospina funciona a partir de paradojas que multiplican los caminos para acercarse a ella. Aunque es realizada en bronce, con la técnica tradicional de la cera perdida, ese material, uno de los más nobles y exquisitos de la historia del arte y depositario de ideas de eternidad, se cubre y oculta bajo una capa de pintura, con los colores estridentes del ícono popular de las tiras cómicas. Y el de las historietas se trepa en un pedestal, como si fuera un personaje clásico y asume su pose (por eso, aquí el pedestal no es anacrónico sino parte esencial de la obra).
    El arte contemporáneo centra su validez en la fuerza para abrir espacios de pensamiento. Y “El pensador” de Nadín Ospina lo logra, con humor e ironía, pero también con conocimiento histórico y rigor conceptual.