El Noé de Eduardito sigue monologando

Pero como los poetas mienten mucho según Nietszche, por aquello de su afición por el disfraz, no hay que hacerle tanto caso pues a nuestro ex-Equis y leer sin remordimientos lo que se nos venga en gana porque cómo de otra manera llenaríamos nuestras melancolías sabatinas y las depresiones aniquiladoras de los domingos.

Revolviendo mis baúles estos días me encontré con una joyita que creía extraviada para siempre, un relicario que también está cumpliendo 40 años, como el del Sgt. Pepper de los Beatles: el librito de poemas “Monólogos de Noé” del hoy todavía persistente nadaísta Eduardo Escobar, publicado en Medellín en marzo del 67. Un librito que para mí tiene un especial significado porque fue lo único que llevé para distraerme en el infame “festival de Ancón” del 71, justamente en medio de un diluvio bíblico muy acorde con el contenido de la obra y bajo una humareda diríamos justamente dantesca. Al segundo día del triste evento seudo-hippie levanté con mis amigos nuestra inundada carpa y marchamos a casa, cada uno por su lado, a oír una mejor música y leer nuestros libracos, resfriados y enfebrecidos por los miasmas pútridos del río.

Los “Monólogos de Noé” siguen todavía tecleando, leídos cuarenta años después, con una extraña y alucinante melodía que atraviesa sus 33 poemas: evidentemente son los textos de un autor en formación y en busca de un estilo, y todos están penetrados (también muy evidente) por los santísimos vapores de la hierba del desapego y el reto a estirar el sinsentido y la cinestesia al máximo: aquí Eduardito, a sus 24 ó 25 años,es una especie de Noé enfurecido y visionario en la Medellín de aquella época, a la que quisiera destruir con los rayos de su desencanto pero de la cual también fabrica afiladas pero tiernas postales: “La soledad enorme de la lluvia/ inundaba de carne de lluvia la ciudad./ Las monedas giraban en su efigie/ y nada había en su interior./ Mi cabeza se aturde/ de huesos que bajan y humean./ Los árbolesse mojan sin protestar/ y los semáforos han usado sus anteojos./ El frío ronda/ vestido misteriosamente./ Huele a gasolina./ Las calles ruedan sobre su negrura./ Y una masa gris se hace polvo/ sobre las mesas. / Llueve./ Comeremos aún carne de lluvia.”.

Debo decir, no sé si con una especie de “maldito agradecimiento” para Escobar, que este libro de sus “Monólogos” fue el primero que leí del nadaísmo y el que me infectó por aquellos días y para siempre con el virus de la escribidera, causa de mis sempiternos fracasos editoriales y de la Nada que desde entonces como un mítico diluvio ha inundado mis bolsillos.

Pero también le debo a ello, por supuesto, los tres o cuatro amigos con quienes, cada vez con menos frecuencia y bajo el delicado sonido del trueno de “Pink Floyd nos sentamos a reinventar el mundo, así como Eduardito en su primer libro había vuelto a inventar la uva.

Los prostáticos críticos colombianos que presumen de “serios” siempre han considerado el Nadaísmo como un ripio sin ningún valor literario sino meramente anecdótico. A lo sumo respetan los poemas de X-504 y se burlan cada que pueden de las presuntas santidades y misticismos en que devinieron finalmente varios de sus blasfemos fundadores. Algo habrá de ello o no lo habrá, o si no todo lo contrario, como dice el sofisma antiguo, pero como también lo afirma el otro inteligente y sí verdadero sofista Jotamario Arbeláez, “pongo mis manos sobre el fuego para dar fe de estas negaciones”.

Escobar, que desde hace algunos años terminó verdaderamente sanfranciscano (vive en San Francisco, Cundinamarca) y santateresítico en luminosa cópula con Juan de la Cruz, no deja todavía de fustigar en sus columnas el estado de nuestra época. Lo imagino atisbando desde su escotilla la llegada del Diluvio de fuego que pronto nos borrará. Supongo que vez en cuando recordará estas líneas: “El cielo es habitado por nubes/ por soles/ por aves/ por nada/ nada azul./No quiere más visitas./ No más habitantes./ Pero no puede estallar./ ¡Cielo preñado de nubes y cohetes!/ ¡Lanza tus astros a la tierra!/ ¡Destrúyenos!”. Y que por fin la Nada se haga.

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