El niño que ha crecido mucho

Javier Naranjo sostiene que la poesía sucede. A él, le llegó de dos lugares: de dentro de sí mismo, y de las palabras de los niños

Por Laura Montoya Carvajal

Cuando Javier Naranjo era profesor de granja, fotografía y creación literaria en el colegio El Triángulo de Llanogrande, buscaba ideas para enseñarles a los niños. Esto fue a mediados de los 80, y una ocurrencia de entonces fue la que guió parte de su trabajo futuro. Para el día de los niños, les pidió a sus estudiantes que le definieran la palabra ‘niño’.

“Tiene huesos, tiene ojos, tiene nariz, tiene boca, camina y come y no toma ron y se acuesta más temprano”, observó Ana, de 6 años. “Es juguete de hombres”, dijo Carolina, de 7 años.

Sorprendido, leyó en su casa las respuestas de los pequeños. Le divertían, pero a la vez le abrieron la mirada a otra percepción del universo, que en palabras de Carlos, de 12 años, es la casa de las estrellas.

Llevó más términos para definir a sus clases. Con los años, las hojas se acumulaban. “Lo que dicen es un carrusel de emociones. Pasas de la sombra a la risa, luego a la desnudez de tu propia condición de adulto”.

Con una beca de Colcultura, pudo recopilar las letras de niños de dos escuelas veredales de Llanogrande, y también desde su trabajo como director de la casa de la cultura de Carmen de Viboral, donde estuvo 9 años.

Sus definiciones se fueron volviendo un diccionario: El Espectador y la Revista Prometeo publicaron algunas palabras. Finalmente, en 1999 salió la primera de cinco ediciones (una de ellas en portugués) del libro Casa de las estrellas.

Hoy, 30 años después, el gestor cultural aun se muestra incrédulo con el éxito de las definiciones. “Creo que, tal vez, estamos cansados de las mentiras y queríamos oír otras cosas, es decir, la sabiduría de los niños que es refrescante, poética y reveladora”.

Y es que la idea de adulto parece contradecir al propio Javier. Andrés Felipe, de 8 años, opina que un adulto es una “persona que en toda cosa que hable, primero ella”. Al poeta, contrario a esto, le incomoda hablar de sí mismo, y prefiere detallar su entorno: su casa de madera en el Carmen de Viboral donde vive con su esposa Orlanda y tiene tres gatas, una huerta de hortalizas y muchos objetos coloridos.


Javier, quien es agrónomo de profesión, parece encajar mejor con “niño que ha crecido mucho”, definición que dio Camilo, de 8 años. En sus talleres se sienta en el suelo con el grupo, “a la altura de su agudeza”. Ellos, tímidos, preguntan por cómo deben hacer la tarea, pero él les cuenta que quiere leerlos. En general los sorprende, pero también logra, con su facilidad para expresarse y el genuino interés por los escritos, una empatía fuerte.

Estos ejercicios en general incluyen la lectura de un cuento infantil, luego una conversación y después, con papel y lápices, la escritura.

“Los niños también expresan su dolor. A veces uno se ríe de lo que lee con una espina clavada en la risa, porque evidencian un mundo aplastado o su voz desdeñada”. El poeta sostiene que los niños son minimizados y silenciados por los adultos.

El año pasado, el Banco de la República junto al Laboratorio del Espíritu, una corporación rural de la que hizo parte Javier, decidieron que los niños sí tenían algo que aportar. Javier viajó por 22 ciudades de Colombia, explorando la visión de 900 niños sobre la paz.

“Pude ver las situaciones que viven, y puedo decir que la violencia intrafamiliar es la primera manifestación de guerra para muchos”. El libro Los niños piensan la paz, lanzado en septiembre pasado, recogió las ideas sobre el amor, los actores armados, la familia y el conflicto en la vida de los pequeños.

Además de definir palabras, respondieron qué les daba miedo y alegría y su primer recuerdo de paz y de guerra. Ninguno recurrió a la ficción cuando contaban sus historias. En general, en sus relatos estaban sus familia y conocidos, y las sensaciones de culpa, tristeza o cariño.

La guerra, para Esteban, de 8 años, es que a su mamá y a él les robaron una vaca. Luisa, de 10 años, escribió: “Mi primer recuerdo de guerra fue cuando pelearon mi papá y mi mamá, pensé que se iban a separar y me sentí mal”. Está la familia, pero también los conflictos callejeros, la guerrilla y las bandas delincuenciales del barrio.
El promotor de lectura piensa que los niños no deben verse como dulces, sino al contrario, que hablan con desparpajo y rudeza.

“Los libros no eluden nada de eso. Lo políticamente incorrecto está ahí, las palabras prohibidas y que no son dulces. Los niños son todo eso”.

Esto se ve en lo que les dirían a los negociadores de La Habana estos pequeños. Emanuel, de Manizales, sugirió “que leyeran para que conocieran más palabras”, y Luis, de Quibdó, que “dejen la paz quieta”. También Lina, de Ipiales, reflexiona “que traten de tener paz en su corazón porque tienen derechos”.

Javier, propio del campo, hoy trabaja como independiente. Dice que hace rato le perdió la resistencia a la ciudad, y trabaja junto a su esposa en el proyecto Celebrar la vida, donde hablan con niños de lo maravilloso de la existencia. También tiene un libro casi terminado y un trabajo con adultos en progreso, a los que le pide cartas dirigidas a quien les enseñó a leer.