El mundo en una mano

 Por: Gustavo Arango 
 
Inmediatamente después el narrador agrega: “Quinientas millas al norte, nuestro héroe…” Encuentro en ese par de líneas una síntesis brillante de la inconstancia humana y la frase vuelve para recordarme que no hay que tomar en serio los propósitos firmes que la gente expresa con palabras. Hago esta reflexión sobre la inconstancia porque en estos días he vuelto a comerme mis palabras. He empezado a renunciar a la idea de que me atrincheraría firme y anacrónico con los libros de papel.
No había tenido un interés particular en los aparatos que, en los últimos años, se han ofrecido como alternativas frente al libro tradicional. Apasionado por los libros, especialmente si son viejos y tienen la belleza de una pulida filigrana, no se me ocurrió considerar que los libros de papel se irían quedando al margen, como las viejas máquinas de escribir, después de una vida relativamente efímera de seis siglos. Pero un regalo de Navidad, dirigido al centro de mis intereses, puso en mis manos un libro electrónico. Ahora mis ideas sobre el asunto son diferentes.
Tengo la sensación de que todavía no se ha encontrado el formato y las funciones ideales para los libros electrónicos. A pesar de que los libros electrónicos pueden almacenar bibliotecas enteras, no están todavía preparados para que los lectores entusiastas hagan suyo lo que leen con subrayados y notas. Todavía resulta engorroso moverse entre las páginas, cosa bastante sencilla cuando uno hojea un libro de papel, y si hay notas de pie de página se forma un lío fenomenal. Pero, con todo y eso, estas versiones tempranas son arrogantes y enternecen. Saben que han llegado para quedarse (o al menos para abrirle el camino a libros electrónicos más sofisticados). Parecen reírse de los que se resisten. Saben que tarde o temprano todos tendrán que plegarse y que los libros de papel serán adornos, rarezas y, con el paso de los años, solo una cosa del pasado.
He ocupado las últimas semanas jugando con mi nuevo fetiche y, entre muchas otras cosas, he notado que mi volumen de lecturas ha aumentado. Tal vez estoy gomoso con la novedad, pero lo cierto es que el libro electrónico tiene montones de ventajas. Cuando uno estrena el equipo, le venden la idea de que tiene que correr a comprar libros electrónicos, el último best-seller, y hacer de su aparatico un sediento devorador de libros (para los que compran libros que no leen, el invento salva bosques enteros). Pero es posible moverse por la periferia del consumo y aprovechar ventajas excepcionales. Como el “lector” recibe archivos de pdf, uno puede encontrar gratis en internet prácticamente cualquier libro que tenga más de ochenta años de antigüedad y, si es necesario, cambiar su formato. Con los tesoros de ochenta años para atrás, la vida no va a alcanzarnos.
La conclusión que deja todo este asunto es bastante simple. Todo intento por aferrarse a un formato específico de lectura, olvida lo esencial de la escritura, que es la preservación y transmisión del conocimiento y el pensamiento. En el caso de la literatura, se trata de una conversación entre espíritus, y el medio que se utilice carece de importancia. Es seguro que los románticos seguiremos conservando bibliotecas con “joyitas literarias” y dedicaremos noches de fiesta a la lectura de libros de papel. Pero el libro electrónico llegó para quedarse y poco a poco empieza a revelar sus innegables ventajas. Para sólo mencionar una más: son ligeros y se sostienen fácilmente con una mano, lo que resulta maravilloso cuando se leen clásicos eróticos como Mi Secret Life.

Oneonta (Nueva York), enero de 2010.
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