El místico de Monticelo

El místico de Monticelo
“Soy un pobre diablo que busca volverse divino y descubrir a Dios en su vida. Lo estoy descubriendo”


Padre Hernando Uribe

La expresión plácida y de bondad del padre Hernando hace que algunos de sus feligreses se sientan en la presencia misma de Dios, o al menos de alguien cercano. A los 77 años, este carmelita descalzo, siempre calzado y nunca con hábito, enamorado perenne de la poesía y quien tanto por pasión como por cultivar la memoria recita a Juan de la Cruz, a Sor Juana, a Teresa de Ávila y a Meister Eckhart, por solo citar a los místicos, es categórico cuando afirma: “La peor desgracia del hombre de hoy es ser espiritual y no saberlo. Vive sentado en una montaña de oro y no sabe que lo está”. Se refiere a ese rasgo tan contemporáneo de darle prioridad a la razón frente al espíritu, al pensamiento frente al sentimiento. “Dios no pertenece a los presupuestos de la razón. La razón es cosificadora. La mentalidad racionalista ha hecho mucho daño”, manifiesta con vehemencia.

Este fundador y docente investigador del Instituto de Espiritualidad de la Universidad Pontificia Bolivariana, doctor en Filosofía de la Universidad Santo Tomás, de Roma; especializado en Psicolinguística, en el Centro Amauta, de Bogotá; en Teología mística, en el Centro Internacional Teresiano-sanjuanista, en Ávila, España; y en Cultura francesa, en La Sorbona, en París, encuentra en la música, la poesía y la literatura sus principales fuentes de acercamiento a Dios. “Lo que más disfruto es leer a los místicos y oír a Bach. Es un monstruo de lo divino”, dice.

En sus inicios en la comunidad, su nombre religioso era Rodrigo de Santa Cecilia, precisamente en honor a la patrona de los músicos, pues él era organista. Su preparación lo llevó a ser el primer provincial colombiano de los carmelitas en el país, cuando todos los provinciales habían sido españoles.
No se crea, sin embargo, que el padre Hernando es ajeno a los asuntos terrenales. Su reino es y ha sido tan de este mundo que incluso cuando estuvo al frente de una hospedería de los carmelitas en Villa de Leyva fue presidente de Cotelco Boyacá y perteneció a una asociación internacional de profesionales del turismo. Así mismo, el de ecónomo es uno de los cargos que ha ocupado en esta orden religiosa. De mentalidad abierta, ama y auspicia la educación, se apasiona con los adelantos en todos los campos, discute de temas bursátiles, no se pierde Festival de Poesía en Medellín y suele sorprender a sus contertulios con apreciaciones agudas. “Sus comentarios son ácidos, muy modernos, políticos e incluso religiosos, uno no los espera de un sacerdote de su edad. No se quedó en el pasado, no se anquilosó”, cuenta la comunicadora social Caty Schuth, quien trabaja en el Centro de Espiritualidad Monticelo.
Su cuerpo tampoco está anquilosado gracias al ejercicio que practica diariamente en una banda caminadora.

Nacido en 1934 en el municipio antioqueño de San Andrés de Cuerquia, ingresó a la orden de El Carmen a los 13 años, cuando vivía con su familia en Don Matías. Estudió el bachillerato en el seminario menor en Sonsón, donde conversaciones sobre El Quijote llenaban sus recreos. Hizo el noviciado en Villa de Leyva y de allí regresó a Sonsón a estudiar Teología y Filosofía en el seminario mayor. Posteriormente dio clases de literatura y poesía en Monticelo, estudió a los piedracelistas, profundizó en Juan Ramón Jiménez y continuó cultivando su sabiduría en distintas universidades del mundo.

Pese a que en su comunidad religiosa es todo un personaje que goza de profundo respeto y reconocimiento, la obediencia es una de sus características. Lo resalta el superior de Monticelo, el joven sacerdote Carlos Ospina, quien no deja de sorprenderse con la humildad con la que el padre Hernando, sin necesidad, le informa siempre sobre lo que va a hacer, como si su recorrido y el haber sido su superior en otra época no fueran factores que lo eximieran.
Es disciplinado. Día tras día se levanta muy temprano a meditar. Toma tinto con panela, se reúne con feligreses para tratar de sembrar en ellos la semilla de la espiritualidad, para enseñarles a descubrir la montaña de oro en la que asegura están sentados sin saberlo, y no perdona la siesta, esa costumbre carmelita arraigada en madrugones de otros tiempos, cuando era obligación reparar fuerzas con el sueño de la tarde.

Y también es un hombre austero. Su cuarto, en Monticelo, lo llenan cama, libros y un computador, pues la tecnología no lo embiste. Aunque podemos dar fe de que tampoco lo desvela porque pocas veces, por no decir nunca, contesta su teléfono móvil.