El mínimo esfuerzo

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Por algún tiempo pensé que las turbulencias de nuestra ciudad —la crudelísima violencia barrial que algunos llaman “seguridad democrática”— debían mucho a las series televisivas que, de un tiempo para acá, se han empeñado en hacer una apología de la vida criminal. Pero ya no estoy tan seguro: me parece que la plaga que nos azota tiene su explicación profunda en otro lado, por más que, claro, los héroes mafiosos de la pantalla chica no dejen de ser un aderezo especial. Hay que decirlo sin rodeos: lo que nos pierde es el triunfo e idealización del mínimo esfuerzo.
Hace algunas semanas, un primito mío —cuya bonhomía se ve probada en el apodo de “Marianito”, recuerdo del dulce curita de Angostura— fue asaltado por una pandilla de malandrines cuando iba del colegio a la casa, en pleno medio día. Según él mismo lo contó, un puñado de caras patibularias lo cercó y, tras de ser señalado con una pistola, amenazado con la voladura de su cabeza y escupido con mil insultos, le fueron arrebatados el morral, el infaltable celular y una magra billetera en que, supongo, el único botín probable sería la foto de alguna novia de doce años. Sin duda se trata del atraco menos gallardo y original de que se tenga noticia en nuestra villa de mestizos: por completo ajeno a la dura épica de las miniseries mencionadas un párrafo arriba, lo único que este lance deja ver es el afán grosero con que algunos buscan llenar sus bolsillos. ¡Dios guarde a los cerebros que con su solo ingenio robaron, hace más de quince años, el famoso banco de Valledupar!
Lo peor es que no se trata solo de la actuación facilona y deslucida de los piratas contemporáneos —a la que habría que sumar el fresco caso del niño de diez años amordazado hasta la asfixia— sino de una actitud generalizada en diversidad de contextos y bajo incontables modalidades. Pienso, por ejemplo, en los jóvenes patanes que se entregan a la total holganza en sus colegios, sabedores de que una legislación ingenua y moralista los acolita; en las decenas de trabajos que mis alumnos universitarios han robado —y que robarán— de Internet solo por tener más horas libres para la cerveza, el facebook o los juegos de rol; y, en fin, en la actitud institucionalizada de colarse en la fila, arte practicado con total impudicia por todos los que se tienen como “muy vivos” y que muy pronto se exigirá como un derecho constitucional. Al lector le bastará medio minuto para encontrar en su conciencia uno o muchos pecados del mismo color.
Puesto a hacer arqueología de la fatal inclinación hacia el mínimo esfuerzo, mis pesquisas me llevan hacia los tiempos de la Conquista. Los españoles, maltratados en sus excursiones dementes y ávidos de oro, se plegaron a la estrategia de obtener el mayor botín al menor costo: comida, mujeres y riquezas indias debían pasar a sus manos con el menor gasto de pólvora. Balboa, por ejemplo, sometió a Panquiaco apenas con los ladridos de su furibundo perro Leoncico, y con parecida marrullería se obró aquí y allá. Desde entonces, en nuestras tierras se formalizó la práctica del despojo, el zarpazo y el oportunismo desairado, entre otras cosas fomentada por una tradición oral alcahueta que condena a los que “dan papaya” y condecora a los que la aprovechan.
Es obvio que esta columna no será leída por los facinerosos que acorralaron a mi primo, y no tanto porque hasta su guarida no llegue uno de los cuarenta mil ejemplares de esta edición: no la leerán, sobre todo, por su renuencia a entregarse a algo que no sea la inmediata satisfacción de sus apetitos, que, se sabe, no incluyen la cargosa tarea de leer. Una lástima, qué duda cabe: como van las cosas, casi desea uno perder la monedera con algún Lazarillo de Tormes o uno de los buenos ladrones de las Mil y una noches.

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