El maestro de Provenza

 
 
   
 
En una esquina del barrio Provenza hay un sitio que representa lo más genuino y romántico del arte, y trae a la mente esos ambientes europeos recreados por el cine y la literatura, donde un maestro, el artista, está rodeado de una docena de alumnos concentrados en dibujar a una modelo desnuda. Un ventanal permite ver la arboleda que embellece a este barrio, lleno de pequeñas tiendas de ropa de diseñadores, pastelerías de productos exquisitos y hostales frecuentados por jóvenes norteamericanos, orientales y europeos, quienes encuentran en Medellín y en Provenza el verdadero paraíso.
El maestro se pasea entre caballetes y mesones de dibujo revisando los trazos de los alumnos; entre tanto, la modelo veinteañera es también modelo de paciencia, maestra en el arte en permanecer sentada, desnuda e imperturbable la tarde entera. El ambiente lo complementa una botella de vino tinto, rodeada de galletas de avena y pastelitos dulces.
Es el Taller de Grabado La Estampa, fundado hace 25 años por los arquitectos Ricardo Peláez y Luis Fernando Mejía. Y el maestro es Óscar Jaramillo, integrante del célebre grupo de artistas denominado “los 11 antioqueños”, quien fue convencido por Ángela Restrepo, socia y alma de La Estampa, de dar clases de dibujo. “La llegada de Óscar le ha dado un nuevo aire al taller”, dice esta reconocida grabadora, quien no duda en afirmar que al arribar al cuarto de siglo, la Estampa está en su mejor época.
Sencillo y cálido, Óscar Jaramillo tiene la apariencia de un abuelo elegante y bonachón, no por sus años, pues son 61 muy vitales sostenidos por un porte imponente… Es la sabiduría y profundidad que proyecta su mirada, la del que ha vivido intensamente y conoce los abismos y honduras de la vida.

De “turista” a artista
Todavía tenía un pie en el Calasanz, de donde fue expulsado en su quinto y último año de bachillerato, cuando ya dibujaba en bares y casas de citas de Lovaina. Recuerda que “terminé el deporte y me metí de una vez a la fiesta”; fiesta bien larga, por cierto, porque Jaramillo -como le dicen sus amigos- ha sido la encarnación misma de esa legendaria mezcla de arte y bohemia. Con lo del deporte se refiere a que, quién creyera, de adolescente fue campeón de ping pong y patinaje, y sus exitosas representaciones en los intercolegiados eran lo único que interesaba de él a las directivas de los colegios donde estudió. “Yo era muy vago”; si hasta sus compañeros le decían “el turista”, y sus rezagos le quedaron porque años más tarde Fernando Cruz Kronfly hizo en su honor un epitafio: “El único mortal que en vida alcanzó el descanso eterno”.
“Yo lo único que quería era dibujar” y así lo hizo una vez desertó del bachillerato; se dio el lujo de vivir de su arte hasta hace tres años cuando voluntariamente “entré a recreo. Estaba cansado de trabajar por encargo y sin descanso durante 40 años, una presión muy maluca porque siempre le estaba debiendo algo a alguien”.
Su talento fue apreciado desde muy temprano por críticos tan implacables como Marta Traba, quien afirmó en el 77: “La aproximación de los nuevos colombianos a la condición humana se hace por vía de lo trivial: (la trivialidad de las sórdidas figuras del barrio) definidas por el feroz claroscuro de Óscar Jaramillo”. Por su parte, Darío Jaramillo Agudelo aseveró que “después de la muerte de Ricardo Rendón y Marco Tobón Mejía, no había surgido en Antioquia un artista tan talentoso como Óscar Jaramillo”. Con respecto a su obra hay consenso en que “posee un dominio absoluto de las técnicas y el oficio”.
Cuando empezó a dibujar prostitutas, malevos y personajes atormentados fue acogido en Lovaina por un grupo de escritores, entre ellos Manuel Mejía Vallejo, y la rumba fue por muchos años, al igual que el cigarrillo, la noche, el dibujo y el grabado, su estilo de vida o, mejor, su vida misma. Sus nuevos amigos valoraron de una vez sus trazos. “Cuando expuse por primera vez en la Biblioteca Pública lo asociaron con ellos y empezaron a escribir sobre mi obra”. Los tres primeros trabajos fueron a color pero no le gustaron, por eso el resto fue a blanco y negro, lápiz con trementina sobre papel, “porque yo vivía era de noche y quería una técnica que ilustrara esa atmósfera”.
Además de la crítica, a Óscar Jaramillo le favorecieron las bienales, las cuales sacaron al arte colombiano de la modorra en que estaba sumido desde los acuarelistas, casi tres décadas atrás. Era, pues, un momento propicio para el surgimiento de nuevos valores y Óscar Jaramillo estuvo entre ellos.
En el 77 complementó su formación artística con el grabador italiano Umberto Giangrandi, en Bogotá. Durante tres años no solo aprendió los grandes secretos del blanco y el negro sino que “rumbié muy rico, tuve amigos muy queridos pero como me chocaba el mundo del arte, me vine más bien de fiesta con mis amigos”.
Hoy está dedicado a la docencia, aunque, fiel a su naturaleza, aclara que es temporal. “Debo estar a punto de retirarme para volver a dibujar un rato pero no para mostrar sino por entretenerme”.

Publicado en la edición 382, enero 19 de 2009