El maestro de escuela

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
En otro tiempo los maestros de escuela fueron de lo más apreciado, y a su alcance se servían las dignidades y reconocimientos más apetecidos por los hombres: José Manuel Marroquín, autor de los pedagógicos y jocosos versos, fue Presidente de la República de Colombia, mientras que Gabriela Mistral, con todo y que se le escaparon algunas puyas contra Dios, fue coronada con el Premio Nobel de Literatura en 1945. Hoy, sin embargo, el de maestro es un oficio devaluado y en el que vale la pena ocuparse solo para no salir a manejar taxi.
Se dirá que la holgazanería de algunos profesores —o la inocultable ignorancia de otros— es la responsable del decaído prestigio, pero la acusación resultaría tan injusta como aquella que condena como borrachos a todos los zapateros o frívolos a todos los médicos solo por las atrevidas actuaciones de algunos, acaso una minoría. Los yerros de la condición humana no son marca exclusiva de ningún oficio o profesión, y los estereotipos lo único que revelan es la ramplona visión de mundo de quien los emplea. De modo que, así parezca que se juega a ser abogado del Diablo, conviene poner los puntos sobre las íes en este asunto de la malquerencia profesoril.
A veces se duerme con el enemigo, y en el caso que revisamos ello es indiscutible: el maestro trabaja con quien más lo rebaja. Por un lado, sus patronos: para muchas directivas escolares —a la cabeza las que se alimentan del erario público, incluyendo las arrogantes secretarías—, los maestros son poco más que alumnos grandotes, tan irresponsables y testarudos que hay que tratarlos a los latigazos; claro, dichos golpes no son ya mandobles dados con cuero curtido: se propinan con la misma rabia, pero equivalen a regaños destemplados, amenazas y chantajes administrativos, permisos negados, derechos confiscados, garantías laborales de chiste, traslados inconsultos y otros refinamientos perversos. A quien no pertenezca al flagelado gremio le es casi imposible imaginar el sueldo miserable que recibe un maestro de escuela en el siglo 21, así como la faceta terrible de su labor cotidiana: tareas inacabables que no se ejecutarían ni en cien años, fangales de formatos por llenar y zafarranchos en el aula protagonizados por alumnos dignos del manicomio.
Enseguida aparecen en nuestro decorado del horror, precisamente, los estudiantes. Protegidos por una legislación educativa romántica y alcahueta, los engendros esos se saben a salvo, casi, de expulsiones y años perdidos, y de ahí la arrogancia con que a diario desafían a sus desdichados orientadores. Hoy en día suena a broma hablar de la “autoridad” del maestro, a quien no está de moda obedecer ni hay por qué; muchas veces, incluso, los padres de familia enseñan a sus hijos cómo se pasa por encima de un profesor, y se han visto los casos extremos en que el poder estudiantil —y no me refiero a mayo de 68— se ha manifestado a través de las armas. Pareciera como si algunas familias asumieran que el año ganado de sus hijos —o, cuando estos se han acumulado, el flamante diploma— es un derecho fundamental en el que nadie puede interponerse, y menos un pobre diablo con los bolsillos rotos pretextando lecciones no aprendidas o fraudes perpetrados. En fin, la tercera piedra ya ha sido arrojada contra el otro reo de este juicio: la general comunidad de padres, siempre a la defensiva (“¡Mi hijo no es así!”) y empeñada en alimentar, con pocos argumentos y sin remordimiento, la idea de que los maestros son zánganos de primera categoría.
Quienes se sientan amoscados con esta columna dirán que me ata algún vínculo personal con alguna de esas ovejas inmoladas, y alegarán parcialidad de mi parte. Jamás hubo sospecha tan acertada: duermo con una maestra, y ya son muchas las noches de insomnio que he pasado escuchando sus pesadillas.

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