El libro de las mutaciones

   
 Por: Gustavo Arango 
 
Primero sale un siete. Línea entera.
He perdido la cuenta de las veces que he ascendido la escalera del I Ching para observar desde arriba el paisaje de mis días, para tratar de entender los derroteros más complejos de la vida. El oráculo chino, el milenario libro de los cambios, fue uno de los dos libros mágicos con que mi padre me equipó desde muy niño. El otro se llama Calila y Dimna.
El segundo lanzamiento de monedas suma ocho. Línea dividida.
Yo tenía como diez o doce años y entendí sin problema la breve explicación del vendedor de fantasías. Recuerdo su voz serena, mis ojos recorriendo los detalles del dragón que ilustraba la carátula del libro. Desde entonces he tratado de saber qué fue aquello que entendí, cómo pudo ser posible que en mi mente casi nueva se instalaran sin problema los conceptos intrincados de aquel libro inagotable. Ahora que quisiera transmitirlos me doy cuenta de la magia del instante en que mi padre me trajo ese regalo.
Otro siete. Línea entera. El trigrama lo conozco informalmente como el sánduche: las líneas enteras son los panes; la línea dividida, el queso y el tomate.
El oráculo chino se inspira en los ritmos de la naturaleza, en sus ciclos y mutaciones. Sus respuestas enigmáticas están llenas de cielos y montañas, de truenos y de ríos, de lagos y cosechas. Su mensaje remoto insiste en recordarnos, como el Eclesiastés, que no hay nada nuevo bajo el sol, que las nubes oscuras de ahora son las mismas que agobiaron a los seres que pasaron por la vida hace milenios, que la luz se abrirá paso en las tinieblas, que después de la siembra y de la espera vendrá luego un tiempo de cosecha.
La cuarta línea es otro siete. Ya casi está completo el hexagrama. Al llegar a la cima nos espera una respuesta.
Pero la mudanza de la naturaleza sólo es la superficie del I Ching. La montaña que se eleva hasta el cielo o el trueno que cae en la tierra son sólo metáforas, detrás de esos paisajes de acuarela respira agazapado un misterio todavía más complejo: la idea de que todo el universo es un solo mecanismo que está interconectado, la convicción de sabios muy remotos de que el simple aleteo de la mariposa también juega un papel en los terribles vendavales.

La quinta es otro siete. Esta lectura del oráculo abunda en líneas yang: el sol, la fuerza activa, el principio masculino. Salvo la segunda línea, hasta ahora las demás han sido enteras. No ha habido líneas mutantes.
La idea de que todos somos parte de un mismo mecanismo, la convicción de que nada es gratuito y que todo obedece a los complejos mecanismos de la causalidad, explica que la forma como caen las monedas sea reflejo del momento que vivimos. Los lados de las monedas con los ideogramas chinos valen por dos. Los lados con trigramas valen tres. Hay cuatro opciones posibles: seis, línea partida mutante; siete, línea entera; ocho, línea dividida; nueve, línea entera mutante. De allí salen ocho trigramas, sesenta y cuatro hexagramas: las sesenta y cuatro situaciones que sintetizan la vida.
Ocho, línea dividida. Ya está listo el hexagrama donde el fuego arde en un lago. Tiempo de renovación, de intensa transformación. Un yo auténtico, distinto, se levanta entre las ruinas. La mujer de manos suaves abre surcos en la tierra que reciben las semillas arrojadas por el hombre de rodillas.

Oneonta, Nueva York. Abril de 2011.
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