El gobierno de las pasiones

 
 
El gobierno de las pasiones
 
   
 
Por: Leticia Bernal
Todavía no era llegado el tiempo en que la ciencia y la ideología se opondrían como la verdad a la mentira, lo real a la ilusión. Era el siglo 17, siglo de crisis: la guerra, el hambre, la enfermedad, los cambios climáticos, la depresión económica, todo, alteraba profundamente la percepción que el hombre tenía de sí mismo, de sus relaciones con los otros y de la naturaleza; era un siglo de transición en el que nuevas fuerzas cargadas de futuro se enfrentaban y aun se confundían con aquellas que, aunque extenuadas, reclamaban todavía para sí el cuerpo que durante tanto tiempo habían habitado. Era uno de aquellos siglos en los que “la sociedad lucha consigo misma”2; era la antesala de la modernidad.
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Y era también el siglo en el que se expandió y consolidó un nuevo paradigma cognoscitivo, conocido en la historia de las ideas como “la revolución científica”. Paradigma que guiará, durante casi tres centurias, las formas como el hombre aprehende y experimenta la naturaleza, es decir “las cosas del mundo” que, desde entonces, dejaron de ser la escritura de Dios, para transformarse en “signos entre los signos” cognoscibles en virtud de ciertas relaciones matemáticas que les dan tanto su razón de ser (fundamento), como su existencia (su movimiento en el tiempo y en el espacio, y lo que este movimiento produce). Es el tiempo de la física matemática (ya concluido a favor del paradigma biológico), en el que el ser se hace distinción y la verdad se hace claridad. Dicho de otra manera: el mundo es, antes que nada, un “ser para el conocimiento”; y lo es porque, al mismo tiempo, se ha descubierto que la facultad que todo hombre posee para pensar es, por esencia, matemática. Así, el entendimiento del hombre se acuerda con la constitución del universo, de modo tal que todo lo que concibe clara y distintamente existe tal y como lo piensa. Esta unidad del ser y del pensar es la ciencia que desde sus primeros pasos conoció el poder que tal unidad desataba: “[…] cuando hube adquirido algunas nociones generales de física, y cuando al ponerlas a prueba […] me di cuenta hasta donde pueden conducirnos […]. Porque estas nociones nos permiten comprender que es posible la adquisición de conocimientos muy útiles para la vida. : conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos, y de todos los cuerpos que nos rodean […] podremos emplearlos en todos los usos que de ellos derivan y, así, hacernos dueños y poseedores de la naturaleza. Cosa deseable no sólo para la invención de infinidad de artificios, que permitirán disfrutar, sin pena, de los frutos de la tierra y de todas las comodidades que en ella se encuentran, sino también, […], para la conservación de la salud […], pues incluso el espíritu depende de tal manera del temperamento y de la disposición de los órganos corporales, que es en la medicina donde se deben buscar los medios para hacer a los hombres más sabios y más hábiles”3. ¡Son tantas las ilusiones que entonces despierta la ciencia!
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Pues bien: de esta comprensión científica del mundo no escapa el hombre. Puede conocérsele y obrar sobre él, como lo dice la última frase del texto citado, tanto en su cuerpo –pues, desde este punto de vista, es un ser de la naturaleza como cualquier otro–, como en su espíritu. Pero éste, habitante de la materia, es decir, de lo que esta en continua transformación, está hecho, en primera instancia, de pasiones: “[…] todos los hombres nacen ignorantes de todas las cosas y, antes de que puedan conocer la verdadera regla de vida y adquirir la virtud, ha pasado la mayor parte de su vida […]; sin embargo, deben vivir entretanto y conservarse en la medida de sus capacidades, es decir, por el sólo poder del apetito […]”4. Apetito paradójico, pues cumple tres funciones al parecer incompatibles entre sí: 1. sirve –como lo dice la cita– para la conservación del individuo sin consideración alguna hacia el semejante; 2. consecuencia del anterior, se opone a la vida en sociedad: “[…] tres [son las] causas principales de riña en la naturaleza del hombre. Primera, competición; segunda, inseguridad; tercera, gloria. La primera hace que los hombres invadan por ganancia; la segunda, por seguridad; la tercera, por reputación. Los primeros usan de la violencia para hacerse dueños de las personas, esposas, hijos y ganado de otros hombres; los segundos para defenderse; los terceros, por pequeñeces, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta […]”5; 3. y sin que por esto exista contradicción, es la causa de la vida en sociedad, y esto porque la misma ley que arrastra al hombre a luchar con su semejante, lo lleva a descubrir las ventajas de la asociación para alcanzar el fin que se propone: la conservación de la vida6.
“Estado” llama entonces el siglo 17 ese ente capaz de garantizar la seguridad de los hombres (que no se maten unos a otros) y de procurarles algún tipo de bienestar. Y en él delegan el oficio de gobernar las pasiones para hacer del hombre un ciudadano7. Y para gobernarlas se necesita, pero no es suficiente, la represión8; debe también crear mecanismos que fortalezcan el alma de sus asociados. La política es la puesta en marcha de estos mecanismos y la ciencia su mejor aliado: “[las pasiones] deben deducirse de la naturaleza humana […] con la misma libertad de espíritu que habitualmente se tiene en las investigaciones matemáticas; […] las afecciones humanas, tales como el amor, el odio, la cólera, la envidia, el orgullo, la piedad […] son propiedades de la naturaleza humana [y] cualquiera que sea el desagrado que nos causen […] son necesarias al tener causas determinadas que nos permiten aplicarnos a su conocimiento […]”9. Y lo que es válido para el hombre, lo es también para el estado: en la lucha por conservarse produce todas aquellas ideas que, útiles a sus fines, son, por eso, verdaderas y, así, el mejor (que equivale a el más poderoso) estado es aquel capaz de producir en las almas de sus asociados todas aquellas ideas (ideología) que redunden en su propio bienestar: “Todo aquello que el sujeto hace conforme a los mandatos del soberano, no importa si lo hace bajo el imperio del amor o por miedo a la represión, […] o por cualquiera otra razón, lo hace en virtud del derecho de aquel que ejerce el poder en el estado […]. De lo cual se deduce que tiene un mayor poder, quien reine sobre las almas de sus sujetos; [porque] en cierto sentido, las almas están bajo el poder del soberano, quien tiene los medios de hacer que la mayor parte de los hombres crea, ame, odie, lo que él quiera. Y si estos sentimientos no son efectos directos de su mandato […] derivan a menudo de la autoridad de su poder y de su dirección […]; es por lo que, sin que entre en contradicción con el entendimiento, podemos concebir que los hombres no tengan otras creencias, amores, odios, desprecios, o cualquier otro sentimiento capaces de conducirlos, que en virtud del derecho del soberano”10.
Comienzan los tiempos del “interés nacional”, de la patria, de la razón de estado, del capital y la industria; los tiempos de la razón ilustrada y el liberalismo. Y se anuncia el tiempo de la técnica, de difícil aprehensión pues de él somos contemporáneos.